Capítulo 25
Exposición a conflicto interpersonal en espacio común.
La auxiliar nos contó en la puerta con el bolígrafo y apuntó trece.
Lidia no había bajado.
—¿Y la otra? —dijo Berta.
—No la he visto desde la sala —dijo Neli.
Nadie sabía más. Me senté.
Lo traía ordenado. Cinco frases, como las que llevé el día anterior para un juez: lo que hice, quién estaba, lo que recuerdo, lo que no y la última. Las había repasado en la cama, con la novela abierta delante. Tenía la primera en la boca.
No la dije.
En el banco de al lado había una mujer con las manos en los bolsillos, mirando la tapia. Estaba a tres metros. Cuando se levantó, la auxiliar echó a andar por la grava, despacio, pasó por delante de nosotras y volvió a su puerta. Tampoco entonces.
Berta llenó el hueco. Fue diciendo quién faltaba en el patio y por qué: una tenía analítica, otra visita, a otra le tocaba ducha. Hablaba para que yo no tuviera que hablar todavía. Marga tenía el libro cerrado en las rodillas. Neli se miraba las uñas.
Lo intenté otra vez a las doce y pico. Dije «a ver» y me extrañó en mi boca. Yo no digo «a ver». Marga volvió la cabeza y esperó el resto. No hubo resto. Tenía la boca seca y el sol en la nuca, y las cinco frases se me habían quedado en tres.
—Has dicho «antes de comer» —dijo Marga.
—Ya lo sé.
—Ya huele a comida —dijo Neli—. Han subido los carros.
En ese banco había pagado yo el día 2. Berta no fiaba: primero se enseñaba y luego se preguntaba. Enseñé un pie de hoja con una línea y me dejaron preguntar. Ese día venía a pagar con lo que la línea no decía.
La auxiliar pasó otra vez.
—¿Qué hora es? —le pregunté.
—La una y cinco. Enseguida subimos.
Enseguida.
—Lo que le conté a Lidia —dije.
Berta dejó a medias a la de la analítica.
No me preguntaron. Empecé por lo que ya le había oído un juez, con las mismas frases y en su orden: las pastillas, que fueron muchas, que fue tres semanas antes de entrar y que mi hija estaba en casa.
Lo dije mirando la grava. Eso sabía decirlo.
Lo había dicho tres veces en una semana y a la cuarta salía solo.
—Eso lo tiene cualquiera que haya abierto mi carpeta —dije—. Lo que viene ahora solo lo tiene Lidia.
La siguiente me costó.
—Mi hija estaba en la puerta del baño. De pie. De eso me acuerdo. Y de mi voz. Le grité que se fuera.
Nadie se movió en el banco. Había dicho «mi hija». Con ellas siempre había dicho Nora.
—De lo de antes del grito no me acuerdo. No sé qué vio. No sé qué hice yo. Tengo la puerta y tengo el grito. Lo demás no lo tengo.
Nora. Seis años. En la puerta. Lo tenía ordenado y ahí se me desordenó. Tragué y fui a la última.
—Y esto es lo que le di. Con estas palabras, sin una más. Me da miedo quedarme sola con mi hija.
Era la segunda vez que la oía fuera de mi cabeza. La primera fue a oscuras, contra un secador de manos, y me dieron un mensaje a cambio. Esta era de día y no me daban nada. De noche había sonado a secreto. Al sol sonaba a dato, más pequeña y peor.
—Se lo dije la madrugada del día 4. Ella mandó un mensaje al padre de la niña desde su móvil, para saber cómo estaba. Ese fue el trato: mi frase por un mensaje.
—¿Y contestó? —dijo Berta.
—Por la noche. Que Nora no había querido desayunar.
Neli levantó la cabeza al oír «desayunar» y la volvió a bajar.
—La hoja de hoy dice que me lo devuelven en el comedor. Prefiero que lo tengáis antes. Y que lo tengáis de mí.
Neli fue la primera, y no dijo nada.
Me había estado mirando las manos, como me miraba el plato. Dejó de mirarlas. Se miró las suyas y luego la grava entre sus zapatillas, igual que el primer día en ese banco, cuando todavía no le había oído la voz. Era la que me preguntó qué desayunaba Nora. No me preguntó nada.
—Miedo —dijo Marga.
Lo dijo sola, sin frase alrededor, como se lee la palabra de la que cuelga una cláusula.
—Miedo.
—Y «sola». ¿«Sola» quiere decir sin nadie más en la casa?
—Sin nadie más.
—Miedo. Sola. Con tu hija. —Movió la cabeza una vez—. No has dicho que le hicieras nada.
—No.
—Entonces no está dicho.
Marga solo ponía lo que se había dicho. Me había repetido la palabra tal como salió, delante de dos más, y con eso la dejó guardada en algún sitio que no era yo.
Berta se había echado atrás, con los brazos cruzados. Yo esperaba el mote. Tenía a mano una niña, unas pastillas y un baño. No tocó ninguno de los tres.
—A mí lo que me da miedo es quedarme sola con la directora —dijo—. Que te habla así de bajito, te toca el brazo y sales con una semana más. Y eso no hay hoja que lo apunte.
Marga no se rio. Neli siguió con la vista en el suelo. A mí se me movió algo en la cara que no llegó a nada. Berta lo vio quedarse corto.
—Era para salir del paso.
Me había tapado con lo que tenía. Se lo noté y no se lo dije.
Nadie hizo la otra pregunta. Lidia la había hecho en el baño, enseguida: si le hice algo a la niña.
Ellas no. Berta, porque los hijos de las demás eran cosa de cada una.
Marga, porque yo no lo había dicho. De Neli no lo supe.
Me di cuenta de que la estaba esperando, y de que casi prefería que alguien la hiciera.
Volví a la hoja. Lo dije en voz alta, con su verbo.
—La hoja dice «lo que le fue confiado». Confiado es lo que tiene una sola.
—Ya no lo tiene una sola —dijo Marga—. Lo tenemos cuatro. Tres te lo hemos oído a ti.
Cuatro. Una hora antes la tenía una, y yo había creído que lo malo era eso.
—Pues a ver qué devuelve la otra —dijo Berta—, si esto ya está repartido.
Yo pensaba lo mismo. Lo que podía hacerme saltar era la vergüenza de oírlo delante de ellas, y esa acababa de pasarla, entera, en un banco. A Lidia no le quedaba nada mío que ellas no supieran. La hoja había fallado el día anterior. Podía fallar otra vez.
Me temblaban las manos. Las metí debajo de los muslos. Notaba alivio y no me fiaba de él: el día 3, antes de la llamada, también lo llevaba todo previsto.
Neli seguía sin mirarme. Se había corrido en el banco un palmo hacia Marga. No supe si lo hizo aposta. Lo medí igual.
Marga abrió su libro y lo volvió a cerrar. Dentro llevaba sus ocho hojas. No habló de ellas y yo no se lo pedí.
—¡Vamos subiendo, que está la comida! —dijo la auxiliar desde la puerta.
Nos contó otra vez al entrar. Trece. Neli pasó delante de mí y no me esperó en la escalera.
En el banco me había callado lo demás. Lo de las baldosas, lo que había debajo de mi colchón y lo que le mentí a Lidia en una cena no venían a aquello. Lo último era contar que había puesto a prueba a cuatro personas, y esa prueba no se la había contado a nadie.
Subí pensando en las salidas. Podía pedir otra mesa: me dirían que era una indicación de mi pauta, y alguien apuntaría que la discutía. Podía no ir a comer: eso tenía nombre desde el día 4, y era rechazar la ingesta.
Quedaba una. Entrar, sentarme en mi sitio, a la izquierda de Lidia, y no hacer con las manos nada que no fuera comer. Primero, segundo y postre. El postre, casi siempre, era un yogur. A Lidia le había pagado dos. Me puse esa tarea y ninguna más: llegar sentada al yogur.
En el rellano Berta se puso a mi lado.
—Yo estoy en la del fondo —dijo—. Por si miras.
—No voy a mirar.
—Mejor.
Llevaba las manos a los lados, a la vista, todavía flojas. Entré.