La clínica de las esposas Capítulo 24
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Capítulo 24

La paciente de apoyo, devolverá en el comedor lo que le fue confiado.

Estábamos las cinco en el rincón, sin auxiliar. Berta ocupaba su medio sofá y no había dicho nada desde el desayuno. Lidia tenía las piernas recogidas en el sillón. En el desayuno no me había dado ni los buenos días. Neli estaba en el brazo, con los ojos a medio abrir.

Lo del juez lo sabían desde la noche anterior. Lo conté en ese mismo rincón, en cuatro frases, y Berta puso la quinta: una semana más.

—Entera —dijo Marga.

Leyó el primer apartado.

—«Exposición a conflicto interpersonal en espacio común».

Esa pasó deprisa. La siguiente la leyó a su paso.

—«La paciente de apoyo, devolverá en el comedor lo que le fue confiado».

Llevaba la coma de siempre, entre el sujeto y el verbo. Marga no la leyó: las comas no se oyen. Yo no miraba el papel. Me lo sabía. Miraba a Lidia. Lidia miraba la jarra del agua.

—«Elevación del tono». —Marga dejó un hueco—. «Aproximación física». —Otro—. «Contacto».

Leídos así no eran una lista. Eran tres escalones.

—«Heteroagresividad hacia compañera en espacio común, precisando intervención del personal».

—¿Hetero qué? —dijo Neli.

—Agresividad hacia otra persona —dije—. «Hetero» es «otro». Lo que una se hace a sí misma lleva el prefijo contrario.

Nadie preguntó cuál. Yo se lo había oído el día anterior a un juez.

Marga leyó el final sin cambiar la voz.

—«Resultado esperado: la paciente agrede a una compañera en el comedor».

Era la línea que yo tenía en la mano. Las cinco la conocíamos desde el patio del día 2. Aquella tarde Berta le puso nombre y Lidia dijo que en el comedor se sentaría en la otra punta. Desde el día 4 la tenía a mi derecha.

Marga no dobló la hoja.

—Dos cosas —dijo—. Ayer se cumplió el primer apartado. Juez, abogada, informe. Los otros tres, no. Y el sujeto de la segunda frase de hoy no es «la paciente». Es «la paciente de apoyo».

No añadió nada. La cuenta la hice yo. Lo que ponían ellos se cumplía siempre: diez minutos de llamada, una silla en otra mesa, un juez en la planta. Lo único que había fallado en seis días era lo que me tocaba a mí. Y la hoja de ese día ya no empezaba por mí. Empezaba por lo que iba a hacer otra.

—Pues yo tengo una semana más para ver cómo acaba —dijo Berta—. Que me hagan fija. Con la antigüedad que llevo...

Se paró a mitad.

—Ese ya lo he hecho.

—El día 5, por la noche —dijo Marga—. Dijiste que era malo.

—Y no ha mejorado.

No hizo otro. Llevaba la rebeca limpia del día anterior y cara de haber dormido poco. No hablaba más deprisa ni más alto que siempre. Hablaba cansada.

—La cuenta te la hice yo —dijo Lidia—. Antes de que te sentaras delante de ese juez. Un alta en una mesa y tu nombre en una sala. Te dije en qué montón iba a acabar tu papel.

—Me lo dijiste.

—No lo digo por hacer sangre. Lo digo porque salió.

—Salió. Y la pagué igual, que eso también lo dije. —Berta se miró las zapatillas—. No me la cobres tú otra vez.

—Yo no cobro. Cobra la de abajo.

—La de abajo no dijo ni «alta». Dijo «lo tuyo». «Lo tuyo lo vemos la semana que viene». —Lo dijo bajo, como lo decía la directora—. Lo mío.

Yo estaba en mi mitad del sofá, a un palmo. Esa semana la había empezado yo, con un nombre en un bloc. No tenía con qué pagarla. Tampoco iba a intentarlo con palabras: a Berta las gracias le sentaban peor que un mote.

—Berta —dije.

—Siete días tiene una semana, ya sé contar. —No me miró—. Venga. A lo de hoy, que a la una y media se come.

Lo traía decidido desde la cama. El día 4 no se lo pregunté porque preguntárselo era decirle lo que pensaba y quedarme igual.

Ese día ya no tenía otra mañana para callármelo.

Y quería hacerlo allí, con tres delante: lo que contestara quedaba oído.

Tenía su precio. Preguntarlo era decir delante de ellas que había algo que devolver.

—Lidia.

Levantó los ojos de la jarra.

—¿Eres tú la paciente de apoyo?

Tardó un segundo de más. Miró a Berta, a Marga y a Neli, como miraba siempre antes de contestar, por ver quién se había movido. No se había movido nadie.

—¿Y tú qué ganas sabiéndolo?

—Saber quién se sienta a mi derecha.

—A tu derecha me siento yo. Me sentaba en esa punta antes de que tú llegaras a esta planta. A la que movieron fue a ti.

Era verdad. Lo había visto yo el día 4, con mi bandeja ya puesta entre dos sillas ocupadas.

—No ha dicho que no —dijo Marga.

—Ni que sí —dijo Lidia.

—El día 3 dije yo que aquí de eso no había —dijo Berta—. Auxiliares, enfermeras y nosotras.

—Y nosotras —dijo Lidia.

El día 3 lo había dicho ella con otras palabras: una paciente, o sea, una de la planta.

—¿Vas a decir algo en la comida? —dijo Berta.

—Yo no prometo lo que no sé si voy a poder pagar. —Lidia bajó las piernas del sillón—. Pero ya que preguntamos, pregunto yo. El día 3, aquí, con sus hojas en esa mesa, le pregunté a esta qué le iba a confiar ella a nadie. ¿Qué contestó?

—«Nada» —dijo Marga.

—Nada. Y la hoja de hoy dice «lo que le fue confiado». Si no hay nada, no hay nada que devolver y comemos todas en paz. Que lo aclare ella.

Me miraron las tres. Neli había abierto los ojos del todo.

—¿Tú le has contado algo a esta? —dijo Berta.

—Sí.

—¿Cuándo?

—La madrugada del día 4. En el baño de la planta.

—Dijiste «nada» la noche del día 3 —dijo Marga—. La madrugada del día 4 es esa misma noche.

—Es la misma noche —dije.

Berta soltó el aire por la nariz.

—¿Y qué fue?

No me salió. Tenía a Lidia a un metro, con lo mío dentro, y la puerta de la sala no se cerraba.

—Eso, que lo diga ella —dijo Lidia—. Yo aquí no lo he dicho. Y las palabras las puso ella. Ninguna es mía.

Se levantó la primera.

—Y a mí todavía me debe una —dijo en la puerta, sin mirar a ninguna.

Se fue pasillo adelante. No dijo adónde.

Marga dobló mi hoja por sus dobleces y me la devolvió. Me quedé con las dos, la entera y el pie suelto. Busqué el verbo como lo busco en una frase que no acaba de cerrar.

«Devolverá».

Se devuelve lo que una tiene y la otra no ha recuperado.

Un libro. Un yogur. Una frase dicha una sola vez, a oscuras, a una sola persona.

Si yo la decía antes, de día y con mis palabras, a la una y media en ese comedor no quedaba nada que devolver.

Lidia podía repetirla entera. Ya no sería una devolución. Sería una cosa sabida.

Podía ser Lidia. Podía ser que Lidia quisiera que yo lo creyera. En los dos casos, lo que volvía ese día era mi frase.

Lo que podía hacerme saltar no era la frase. Era oírla delante de ellas sin haberla dicho yo.

Eso tenía arreglo.

No lo conté allí. Lo intenté. Abrí la boca y no había nada detrás. Por el pasillo pasó un carro y miré la puerta.

—Necesito que oigáis una cosa —dije—. Las tres. Antes de comer.

—¿Y por qué no ahora? —dijo Berta.

—Porque ahora no me sale.

—A las once y media nos bajan al patio —dijo Neli.

—En el patio.

—Has dicho «antes de comer» —dijo Marga—. Queda dicho.

Eran las dos palabras que le puso a Berta la noche del día 5, y Berta había declarado.

Me metí los dos papeles debajo del jersey. Me molestaba la tele sin voz, el zumbido del fluorescente, el carro que volvía. Sabía de qué era. Cuatro noches a trozos.

Berta seguía mirando la puerta por donde había salido Lidia.

—Esa no ha dicho que no.

—No —dijo Marga—. Eso ya lo he dicho yo.

Tenía hasta las once y media para encontrar la primera frase.