La clínica de las esposas Capítulo 23
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Capítulo 23

Referencias a anotaciones previas.

En la comida me guardé el papel con mi nombre.

Era el único papel en blanco que tenía. El relato se lo había llevado la abogada. En las hojas no podía escribir: me lo había pedido ella.

En la habitación lo escribí por detrás, con la novela abierta encima y el bolígrafo del capuchón mordido.

Escribí pequeño, sin tachar. Cabían tres líneas.

Puse una sola cosa: que esa mañana, delante de un juez, se había dicho que una mujer había entrado en la catorce y que un celador la había llamado Rut.

Por delante llevaba mi nombre. No hacía falta firmar.

Se lo debía. Ese nombre lo había puesto yo en una hoja de bloc, con mi letra.

Tenía un papel y un bolígrafo, y Nora llevaba dos días esperando una carta. Le había escrito a una mujer que no conocía. Lo supe mientras lo hacía y lo hice igual.

A las cinco menos cuarto vino una auxiliar. Tenía que bajar a firmar. Cogí la novela, para ir después a la biblioteca.

Administración era una mesa en la planta de abajo, con una mujer y un impreso del centro. Decía que yo había sido informada de que el ingreso seguía por decisión judicial. Lo leí entero antes de coger el bolígrafo de la mesa. Ponía «informada». No ponía «conforme».

—Es para dejar escrito que se te ha dicho —dijo la mujer.

Firmé. No me llevé ningún papel. Del auto no me habló nadie.

A la vuelta pasamos por delante de la sala de visitas. La puerta estaba cerrada.

Dentro leía Marga.

No se entendían las frases. Se oía la voz, pareja y seguida, de quien sabe por dónde va. Así leía mis hojas en la sala común: sin entonar, para que las palabras llegaran solas. Se oyó a un hombre, dos palabras. A otro. Y otra vez Marga, desde donde lo había dejado.

El día anterior yo había pasado por su hoja del día 6 sin pararme. Traía una visita de los hermanos y un borrador.

La auxiliar no aflojó el paso y yo tampoco.

Arriba, Berta estaba en la ventana del pasillo, la que daba a la salida. Llevaba allí desde la comida, con la rebeca de la mañana.

—Voy a dejar una nota en el atlas —le dije.

No se volvió.

—A las cuatro ha salido una. Con una caja de cartón en los brazos y un señor de traje al lado. Han cruzado el aparcamiento.

—¿Era ella?

—No le he visto la cara. La he visto desde aquí arriba, de espaldas. No sé si era.

—¿La llevaban?

—No la tocaba. Iba al lado. Le ha abierto la puerta de un coche.

—¿Ha vuelto a entrar?

—No. El coche se ha ido.

Me acerqué al cristal. Se veía el aparcamiento y un trozo de calle. No había nadie.

Siguió mirando abajo. Tenía las dos manos en el alféizar. De su semana no habló. Yo buscaba qué decirle.

—Si era —dijo—, a por tu papel no va a ir nadie.

—Voy igual.

—Pues ve.

La biblioteca estaba en la planta. Fui sola, como el día 2. En la puerta seguía el cartel de los veinte minutos. Al lado, en otra hoja, estaba el horario: de diez a doce y de cuatro y media a seis y media.

La auxiliar apuntó mi nombre y la hora. Las 17:02.

—¿Devuelves ese?

—Sí.

—¿Te ha gustado?

—No lo he acabado.

Lo puso en el carro de las devoluciones sin quitarme la vista. El día 2 me había mirado como a una nueva. Ese día me miraba como a la del juez.

Miré el carro al pasar. En ese carro habían aparecido las hojas de Marga. Había seis o siete libros, de canto. Ninguno abultaba.

En la mesa del centro había una paciente con una revista.

—¿Te ayudo a buscar? —dijo la auxiliar.

—No. Vengo a mirar un mapa.

Fui a la balda de consulta. El atlas estaba donde lo había dejado, tumbado, el de arriba. Lo llevé a la mesa con las dos manos y lo abrí por un mapa, de cara a ella. Los de consulta no salían de la sala, pero se podían mirar.

Pasé hojas. Provincias. Una leyenda con carreteras que ya no se llamaban así.

Por la mitad se abrió solo, como la otra vez.

No había papeles.

Había una tarjeta de plástico, del tamaño de un carné, boca arriba. Una foto. Conocía la cara. La había visto una vez, con la luz de una farola, mirando mi colchón.

Puse la mano encima. Me temblaba. Cerré el atlas sobre los dedos y, al sacarlos, la tarjeta subió con ellos por dentro de la manga. No me toqué el jersey.

El papel con mi nombre seguía en el bolsillo. No lo dejé. Si Berta tenía razón, allí solo iba a encontrarlo quien no debía.

Devolví el atlas a su balda. Fui a la pared de las novelas y saqué una sin mirar, para irme con algo en las manos.

—Las cinco y catorce —dijo la auxiliar—. Hoy has tardado poco.

—Ya lo he mirado.

Copió el título.

Cerré la puerta de la catorce y me quedé de espaldas a ella.

Era una credencial, con los cantos gastados.

La foto era de la mujer de la primera noche, con el pelo suelto y mejor luz.

Al lado ponía «Rut» y dos apellidos. Debajo, el nombre de una empresa y, en letra más pequeña, a qué se dedicaba: digitalización de archivos.

En una banda de color ponía «Personal externo».

Fuera pasó alguien por el pasillo. Tapé la tarjeta con la mano hasta que dejaron de oírse los pasos.

La leí entera dos veces. No ponía «paciente» en ningún sitio.

«No hay ninguna paciente llamada Rut».

Me lo había dicho la directora el día 2, con un dedo en el parte. Yo había pensado que la clínica tapaba un descuido o que yo había visto mal. Era exacta. La hacía verdadera una sola palabra, y era la que yo había pedido quitar del acta esa mañana sin saber cuánta razón tenía.

Rut existía. Trabajaba dentro, para una empresa de fuera. Llegaba a los papeles porque los papeles eran su trabajo. Y su hermana había dormido en mi cama. Su hermana sí había sido paciente.

No sabía qué había sido de ella. Me lo pregunté una vez y no tuve con qué contestarme.

Le di la vuelta.

En el reverso había dos líneas a bolígrafo, una debajo de otra.

«46-F-203»

«18-H-057»

No eran teléfonos. No eran fechas. Dos cifras, una letra y tres cifras, con sus guiones. Mis hojas estaban impresas. La letra de esa mujer no la había visto hasta entonces. Hacía el siete con una raya en medio. Las leí hasta que pude decirlas con los ojos cerrados.

Junté lo de Berta. A las cuatro, una mujer con una caja y un hombre de traje.

Si la mujer de la caja era Rut, la habían sacado el mismo día en que su nombre se dijo delante de un juez.

No podía probarlo. Aun así, sumé aquella salida a la cuenta, junto a la semana de Berta.

Ese nombre lo había dado yo, para defenderme.

Una cosa no cuadraba y la dejé apuntada. La biblioteca cerraba de doce a cuatro y media, y la mujer de la caja había salido a las cuatro. Si era ella, la tarjeta había entrado en el atlas antes de las doce, o con la sala cerrada.

De cualquier manera, la había dejado para mí. Lo di por lo último que iba a dejarme. Nadie iba a meter más hojas en ese atlas.

Saqué del bolsillo el papel con mi nombre. Por delante, «Cristina». Por detrás, tres líneas para alguien que ya no iba a leerlas. Era el único papel que había tenido, y lo había gastado.

Nora seguía sin carta.

Lo guardé con la hoja de derechos.

Las hojas seguían debajo del jersey. Esas ya las conocían: les habían puesto hasta nombre. La credencial no la conocía nadie.

Tenía una prueba de que esa mujer existía y dos códigos que no entendía. A la credencial le busqué otro sitio. El colchón seguía hundido por el lado de la ventana. Ese no lo toqué. Lo levanté por el mío y la metí debajo, plana, hasta donde me llegó el brazo.