Capítulo 22
Discurso centrado en la actuación del centro.
Berta entró con una rebeca limpia y las zapatillas de siempre.
La auxiliar se quedó fuera. Le habían puesto una silla al lado de la mía, un poco apartada. No me miró. Se sentó con las manos en las rodillas, como no la había visto sentarse nunca en el sofá de la sala común.
El juez le explicó para qué la había llamado: para saber si la primera noche de mi ingreso había entrado alguien en mi habitación. Le pidió el nombre. Ella lo dio con dos apellidos. Yo no los sabía. Se los oí allí, dichos para un acta.
—Cuénteme lo que vio.
—Yo duermo enfrente de la catorce. Esa noche tenía la puerta entornada. No dormía. Vi entrar a una mujer. Estuvo dentro un minuto. Luego llegaron dos celadores y salió entre los dos. Lo de dentro no lo vi.
Hablaba más bajo que en la sala común. Allí no había a quién ganarle el turno.
—¿A qué hora?
—Pasadas las once.
—¿Sabe quién era?
—No.
—¿Era una paciente?
—No lo sé.
—¿Oyó algún nombre?
—A ellos, no. Dentro hablaron bajo. Luego la oí a ella. —Me señaló con la cabeza, sin volverse—. Salió al pasillo y le preguntó a la auxiliar por la paciente Rut. El nombre lo tengo de ahí.
No hizo ningún chiste. Dijo cada cosa una vez y se calló. Nadie le preguntó si había visto a esa mujer otras veces, y ella no lo dijo. De la biblioteca no habló, y yo tampoco.
El juez se volvió hacia el psiquiatra.
—¿Hay en la unidad alguna paciente llamada Rut?
—En la unidad no hay ninguna paciente con ese nombre. Y el parte de aquella noche recoge a la paciente como confusa.
Las dos cosas eran verdad. Las dijo con la misma voz.
El juez dictó para la que escribía.
—La testigo manifiesta que la noche del ingreso vio entrar a una paciente en la habitación catorce...
—¿Puedo corregir una palabra?
Me salió antes de mirar a mi abogada. Ella no me paró.
—Diga.
—Berta ha dicho «una mujer». No ha dicho «una paciente».
—La nota de enfermería dice «una paciente» —dijo el juez.
—Porque esa noche lo dije yo. Pregunté por «la paciente Rut». No sabía quién era y puse la palabra que tenía más cerca. Ella solo la ha dicho al repetir mi pregunta.
El juez miró a Berta.
—¿Usted qué vio?
—Una mujer.
—Una mujer —dictó—. Así queda.
La que escribía repitió la palabra mientras la tecleaba.
Era lo único que yo había corregido en toda la mañana, y era una palabra mía. Si el acta decía «paciente», bastaba la frase del psiquiatra para que Berta no hubiera visto a nadie.
Berta salió. Al pasar rozó el respaldo de mi silla con la mano. No supe si quiso.
—Doctora —dijo el juez.
La forense no leyó. Habló mirándole a él, con la libreta cerrada.
—Separo tres cosas. Lo que he observado: está orientada, contesta a lo que se le pregunta y tiene el ánimo bajo.
Lo que está acreditado y nadie discute: un intento reciente y una depresión que sigue activa.
Y lo que no puedo valorar. El informe apoya parte de su conclusión en dos datos, el sueño y el recuento.
Ninguno figura en las cuatro notas que se aportan.
Del segundo, el centro no ha precisado la sesión, y ella niega haberlo dicho en ninguna y niega hacerlo. No sé de dónde salen. Pido que conste.
—Queda recogido.
—Dicho eso, a mi juicio la medida debe mantenerse. El intento es reciente y fuera no hay nada organizado.
No me dio la razón ni se la quitó al centro. Había puesto dos datos aparte, como aparto yo una frase de autoría dudosa.
El hombre joven de la carpeta fina habló por primera vez.
—El fiscal no se opone a la ratificación.
El juez cerró el informe. Tardó un momento en hablar.
—Voy a mantener el ingreso. Le digo por qué.
La médica forense aprecia que la depresión sigue activa y recomienda que continúe ingresada.
El intento es de hace menos de un mes. Su hija estaba en casa.
No tiene todavía un tratamiento fuera. Y el sitio al que dice que iría está pendiente de confirmar.
Lo de aquella noche queda recogido, pero quién era esa mujer no es objeto de este procedimiento. Recibirá el auto por su letrada.
Lo primero era de la forense. Después venían cuatro razones. Las cuatro eran ciertas y las cuatro se las había dado yo, contestando solo a hechos.
Del sueño y de las baldosas no dijo nada.
—¿Lo ha entendido?
—Sí.
—Letrada, ¿algo más?
—Que quede recogida la reserva de la doctora, y que el centro no ha precisado la sesión.
—Está recogido.
Se levantaron en dos minutos. La que escribía cerró el portátil. El psiquiatra se quedó sentado, con mi carpeta.
Hice la cuenta con mis palabras. No había dicho la frase.
No había nombrado las hojas. La línea del día 6 había fallado entera, la primera desde que tenía esos papeles.
Marga lo había dicho la noche anterior: si no lo afirma, la hoja falla.
Lidia había dicho que lo otro yo no lo sabía. Las dos habían acertado.
Yo seguía dentro. Faltaban siete días para la vista.
En el pasillo mi abogada me llevó dos pasos más allá de la puerta. Berta esperaba con la auxiliar, al otro lado, y desde allí no nos oían.
—Tengo otro señalamiento. El auto le llega por mí. Se puede recurrir, y un recurso tarda. —Bajó la voz—. Lo de la forense ha quedado escrito. No es poco.
—No ha servido.
—Hoy no.
—¿Va a recurrir?
—Lo veo con el auto delante. No le prometo nada.
Miró hacia la sala. El psiquiatra seguía dentro.
—Una cosa que no he querido preguntar ahí. Lo de las baldosas. ¿A quién se lo dijo?
—A mi madre. Por teléfono. Anteayer, desde la cabina de la planta, con la puerta cerrada.
No le dije que era mentira. No le dije para qué.
Lo apuntó en el bloc.
—Eso ya no es de este procedimiento. Cuénteselo a su abogada de la custodia. Es a ella a quien le sirve.
Me dio la mano y se fue hacia la puerta de la planta. A la otra abogada la pagaba mi madre, y yo no tenía llamada.
Me quedé con la cuenta. Esa frase había salido de mi boca una vez, y había sido por ese teléfono.
Pensé en mi madre. La había elegido para esa mentira porque no se la iba a guardar. Pero mi madre lo habría contado a su manera: que su hija cuenta baldosas, qué cosas hace. El informe traía mis dos frases enteras, detrás de un «Verbaliza», como solo las tiene quien las ha oído decir.
Pensé en la cabina. El teléfono era de la casa. Tenía un reloj encima y una auxiliar en el banco, con una lista. Alguien sabía cortar esas llamadas en el minuto justo.
Me quedé con la cabina. Sabía que la prefería.
Tenía los ojos en el suelo. Baldosa gris hasta la puerta de la planta. Me di cuenta de que movía los labios y paré.
La directora venía de la escalera. No traía prisa.
Se paró primero delante de Berta.
—Berta, lo tuyo lo vemos la semana que viene. La mañana se nos ha ido con el juzgado.
Lo dijo bajo, como lo decía todo. Era cierto: la mañana se había ido con el juzgado.
—Una semana más —dijo Berta.
No dijo cuántas llevaba. La auxiliar miró al suelo. La directora le tocó el brazo y vino hacia mí.
Tardé en entender que me hablaba.
—Cristina. Quería decírtelo yo. Nadie va a retirarte tu documentación no clínica. Lo sé desde ayer. Creemos que quitártela te haría más mal que bien.
—¿Documentación no clínica?
—La que conservas. Es una manera de no confundirla con tu historia.
No había dicho hojas. No había dicho papeles. Había dicho una clase de cosas, con su nombre, y el nombre las definía por lo que no eran. Dentro cabía lo que yo llevaba debajo del jersey y lo que ella quisiera meter después.
No le dije que tuviera nada. No me preguntó de dónde había salido ni me pidió verlo.
—Descansa lo que puedas. Ha sido una mañana larga.
Se fue hacia la escalera.
Lidia había preguntado el día anterior por qué no me las quitaban. Ya había respuesta.
Yo llevaba cinco días escondiéndolas. En una funda.
Debajo de un jersey. Dobladas siempre igual: por eso supe que me habían abierto una.
La directora lo sabía desde la víspera y me había dejado entrar en esa sala creyendo que callarlas era cosa mía.
Si me las dejaban, era que les servían. No sabía para qué.
Berta seguía junto a la auxiliar. Me miró por primera vez en toda la mañana.
—¿Qué es eso de no clínica?
—No lo sé.
Lo dejó ahí. De lo suyo no dijo nada. Le habían cobrado delante de mí y lo había oído yo, que no tenía con qué devolvérselo.
Me quedé en el pasillo con ocho papeles debajo del jersey y permiso para tenerlos.