La clínica de las esposas Capítulo 21
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Capítulo 21

Remisión del informe del centro.

La abogada leyó lo que yo había escrito, de pie, en la puerta de la sala de terapia.

Le había pedido un minuto a la auxiliar, y la auxiliar se había ido hasta la ventana del pasillo. Yo había sacado del bolsillo el papel, doblado en cuatro. Debajo del jersey llevaba los ocho de siempre, y en el bolsillo un bolígrafo que no era mío.

Leyó las once líneas una vez. Se paró en las comillas.

—¿Esto lo dijo así?

—Así.

—¿Y Berta?

—Ha dicho que sí.

—¿Ha podido hablar con su madre?

—No.

—Entonces lo de ayer, igual.

Metió la hoja en su carpeta. Eran las diez y cuarto.

—El informe del centro me lo dan dentro. Voy a pedir que oigan a Berta y voy a preguntar de dónde sale lo que no entienda. Usted no se adelante. Conteste a lo que le pregunten y solo a eso.

—Sí.

Entramos.

Habían quitado las sillas del círculo y habían puesto una mesa. Era la sala donde Marga había cerrado una puerta una sola vez, y tardé en reconocerla.

Los situé por lo que hacían. Un hombre en el centro, que iba a preguntar.

Una mujer con un portátil, que iba a escribir.

Otra a su lado, con una libreta cerrada, que me miraba desde que había entrado.

Un hombre joven con una carpeta fina, que esperaba.

Y el psiquiatra en un extremo, con mi carpeta delante. Abultaba el doble que el día 2.

La que escribía le dio a mi abogada unas hojas grapadas.

—Señoría, necesito unos minutos para leerlo antes de que se pregunte nada.

—Los tiene.

La vi leer desde mi silla. Del revés leo, pero no a dos metros. Vi que pasaba deprisa las primeras hojas y despacio las del final. Volvió una hacia atrás. Nadie habló. El psiquiatra tenía las manos encima de mi carpeta.

—Cuando quiera —dijo ella.

El juez me dijo quién era y a qué había venido: a decidir si yo seguía ingresada. Me trató de usted. Me recordó que tenía derecho a estar asistida por mi abogada y a pedir que se practicaran pruebas. La mujer del portátil dejó constancia. Dije que lo había entendido.

—¿Por qué quiere irse?

Lo traía ordenado.

—Pedí el alta al tercer día. Esa mañana tuve una llamada con mi hija y se cortó a los diez minutos. Quiero estar con ella.

Dije «se cortó». No dije quién la cortó.

—¿Por qué ingresó?

—Tres semanas antes me tomé unas pastillas. Muchas. Mi hija estaba en casa.

Me costó mirarle mientras lo decía. Miré la mesa.

—¿Adónde iría?

—A casa de mi madre. No he podido preguntárselo. No tengo llamada.

—¿Seguiría un tratamiento?

—Sí. No sé todavía con quién.

La que escribía escribió. Dicho allí, en ese orden, sonaba a alguien que no tenía nada preparado fuera. Era verdad.

La mujer de la libreta dijo que era la médica forense.

—¿Cómo duerme?

—Con la pastilla de la noche. Me despiertan las rondas.

—¿Come?

—Poco.

—¿Ha pensado en hacerse daño desde que está ingresada?

—No.

Lo apuntó en la libreta. No era el informe. Era suya.

Mi abogada pidió la palabra.

—Solicito que se oiga a una compañera de planta. La nota de la primera noche recoge a mi defendida como confusa porque preguntó por una mujer a la que un celador llamó Rut. Hay quien la vio entrar. Se llama Berta y duerme enfrente.

El psiquiatra no se movió.

—Lo resuelvo al final —dijo el juez.

Abrió sus hojas grapadas.

—Leo lo que interesa del informe del centro.

Leyó despacio, para la que escribía.

—«Ingreso voluntario tras intento autolítico por ingesta medicamentosa tres semanas antes, con la menor en el domicilio».

Eso era verdad y yo acababa de decirlo con otras palabras. Las suyas pesaban más.

Lo siguiente no lo leyó entero. Desconfianza hacia el equipo desde el segundo día.

Petición de alta en agitación. Sueño escaso.

Ingesta parcial. El día anterior, exigencia de ver la historia.

Todo había pasado. Puesto en fila era una mujer que iba a peor, con ideas de perjuicio a valorar.

Esas cinco palabras también las tenía yo en un papel.

—«Durante la entrevista refiere contenido onírico recurrente relacionado con una puerta que no abre desde dentro».

La conocía. Era el tercer apartado de una hoja que alguien había dejado en un atlas. El día 2 me había quedado en mi frase. La noche del día 3 se la oí entera a Marga. Estaba escrita antes de que yo entrara en aquella consulta, y en la consulta el sueño lo nombró él. Ahora la leía un juez.

Era ahí. Mi hoja del día 6 contaba con que yo lo dijera en ese momento, con esos papeles delante: que aquello estaba escrito de antes. Decirlo era decir la frase.

No dije nada. Me miré las manos. Cuando levanté la vista, el psiquiatra miraba al juez.

—«En sesión refiere conductas de recuento en relación a la salida de la unidad. Verbaliza: “cuento las baldosas hasta la puerta de salida. Son cuarenta y una.”».

Dejé de oír.

Era mi frase. Las dos, con su punto en medio. Se la había dicho a mi madre dos días antes, por el teléfono de la cabina, hablando por encima de ella. No había contado ninguna baldosa. El número lo había elegido porque los redondos suenan a inventados.

Había vuelto una. La de mi madre. Llevaba dos días esperando a ver cuál, y llegaba allí, con seis personas delante.

—¿Me ha oído?

El juez esperaba. Yo había perdido una pregunta.

—No. Perdone.

—Le preguntaba si quiere añadir algo a lo que se ha leído.

Podía añadir que era mentira. Que la había dicho yo, a propósito, para ver por dónde salía. Era contarle a un juez que le había mentido a mi madre para poner a prueba a la clínica. Él había venido a medir cuánto desconfiaba yo de todo el mundo.

—No.

Leyó el resto. Esperé unas tablas. Esperé pan en un armario. Esperé un cuaderno. No llegó ninguna de las tres.

—«Se propone mantener el ingreso, no existiendo en este momento un plan de alta contrastado».

—Señoría —dijo mi abogada—. El informe dice «en sesión». Lo acompañan cuatro notas y en ninguna figura esa frase. ¿En qué sesión lo dijo?

El juez miró al psiquiatra.

—Consta en la historia —dijo él.

No subió la voz. Tenía la mano plana sobre mi carpeta. Esa palabra se la había oído el día 2 y el día 5. Las dos veces me la había dicho a mí.

—Pido que la respuesta conste en el acta.

—Apúntelo.

La forense levantó la vista.

—¿Usted cuenta las baldosas?

—No.

Era verdad. Lo apuntó.

—Dónde lo dijera no cambia lo que tengo que decidir hoy —dijo el juez—. Siga, letrada.

Mi abogada separó las cuatro hojas del final y me las puso delante. Se inclinó hacia mí.

—¿Lo dijo en alguna de estas?

Lo preguntó para mí sola.

—No.

Se enderezó.

—¿Reconoce usted estas sesiones? ¿Dijo en alguna lo que se ha leído?

Las leí. Eran cortas. Debajo de cada una había una firma distinta, con su cargo.

La primera era de la noche del día 1 y la firmaba una enfermera. «La paciente recién ingresada, pregunta durante la noche por una paciente que no consta en la unidad, mostrándose confusa».

La segunda era de la supervisora: «La paciente informada del fin de la llamada con la menor, solicita». La tercera, de la terapeuta: «La paciente atendida en sesión individual, refiere». La cuarta, de otra enfermera: «La paciente reubicada en el comedor, rechaza».

Las cuatro cosas habían pasado. Pregunté por una mujer. Pedí el alta. Estuve en esa misma sala con la terapeuta. Dejé media tostada. De baldosas no había nada.

Y vi lo que no se oía.

Cuatro firmas. Cuatro cargos. Y la misma coma, cuatro veces, entre el sujeto y el verbo.

La primera empezaba como mi hoja del día 1, con las mismas cuatro palabras.

Una coma sola podía ser otra vez costumbre de la casa.

Sumé. La segunda acababa como el tercer apartado de mi día 3 y la cuarta como el de mi día 4, casi palabra por palabra, y esas hojas estaban escritas antes de que pasara nada.

La tercera decía «refiere». Yo había visto a la terapeuta apuntar mis frases como las dije, sin esa palabra delante.

La primera y la tercera llevaban el mismo gerundio para lo que venía después.

Aquello no lo habían escrito cuatro personas. Lo había escrito quien escribía mis hojas, y ellas habían firmado debajo. Hasta esa mañana yo había dado por hecho que una historia clínica la escribe quien la firma.

El informe era del psiquiatra. El día 2 traía una pregunta escrita. Yo no tenía más que eso, y no era una prueba.

Decirlo era hablar de anotaciones y de lo que hacía el centro. Mi hoja del día 6 esperaba oírme hablar de eso.

—Las reconozco —dije—. Las cuatro pasaron. Eso no lo dije en ninguna.

—¿Nada más? —dijo el juez.

—Nada más.

Mi abogada me miró un segundo de más. Había hecho la pregunta justa y yo le había dado la mitad.

Cuadré las hojas contra la mesa, como si importara que quedaran rectas, y se las devolví. El psiquiatra me veía hacerlo como se ve a cualquier paciente devolver un papel. Tenía en la cabeza una coma y no podía nombrarla.

—Que pase la testigo —dijo el juez.