Capítulo 20
Interpretaciones autorreferenciales.
En la cena Lidia no me habló. Neli me miró el plato. Yo me comí el yogur, que ya era mío.
Después escribí la noche de la mujer en la hoja de la abogada, sentada en la cama, con la novela abierta encima.
La hora. La frase. Los dos celadores y el nombre que dijo uno.
Berta en su puerta. La frase la puse entre comillas de las nuestras, con el punto fuera.
No puse nada del papel que la mujer me dejó: era la parte que al día siguiente iba a callar.
Lo repasé como repaso lo ajeno, buscando lo que sobra. Sobraba un «creo» y lo taché. La foto de Nora estaba en la mesilla. No la miré mientras escribía lo otro.
Me cupo en una cara. El reverso estaba limpio y lo miré un rato.
Tenía un bolígrafo que esa noche nadie me iba a pedir, y a Nora no le había escrito.
Papel me quedaba: el reverso de esa hoja.
En las mías la abogada me había dicho que no escribiera.
No escribí. La cuarta mentira tenía que seguir siéndolo hasta que volviera alguna.
Una carta guardada podía leerla la de noche, como había leído la hoja.
Una carta mandada pasaba por el control.
En los dos casos, si después volvía algo de cartas, ya no sabría por quién.
El día anterior no tenía con qué. Ese día sí.
A las nueve estábamos las cinco en el rincón. Berta ocupaba medio sofá. Lidia tenía las piernas recogidas en el sillón y Neli estaba en el brazo. La tele tenía puesto un concurso sin voz y Marga no lo miraba.
—Le he dado tu nombre a la abogada —le dije a Berta—. No te lo pregunté antes. Mañana va a pedirle al juez que te oiga.
Berta dejó el vaso en la mesa.
—Qué detalle. Primero me apuntas y luego me avisas. —Miró a las otras y después a mí—. ¿Y tú le has dicho que yo quiero?
—Le he dicho que no te lo había preguntado.
—¿Y qué ha dicho?
—Que lo pide igual. Y que, si no quieres hablar, se lo digas tú al juez.
—Mira qué bien. —No lo dijo riéndose—. A ver. ¿Qué le has contado tú? ¿Y qué tendría que decir yo?
—Las hojas mañana no sirven. Sin autor y sin fecha, no se le puede pedir al juez que las tome como prueba. Hace falta algo que él pueda comprobar, y eso es la mujer de la primera noche. A la mañana siguiente la directora me dijo: «No hay ninguna paciente llamada Rut».
Ese nombre no lo había dicho nunca en aquel rincón.
—¿Rut es la mujer? —dijo Lidia.
—Así la llamó un celador.
Saqué la hoja del día 6 y se la di a Marga.
—Lee el final.
—«Resultado esperado: la paciente afirma que su historial ya está escrito».
—La abogada me la ha leído en voz alta y me ha preguntado si pensaba decirla.
Mañana es a las diez y media, aquí, con un juez y una forense.
También interviene un fiscal. Leen un informe del centro que ella no ha visto y yo tampoco.
No voy a decir esa frase. No voy a nombrar las hojas.
Voy a contestar a lo que me pregunten y nada más.
—¿Y si te callas y sale igual? —dijo Lidia—. El día 3 también ibas a callarte.
—El día 3 a las diez estaba pidiendo el alta a voces. Ya lo sé.
—Pone «afirma» —dijo Marga—. Si no lo afirma, la hoja falla.
—Falla la hoja —dijo Lidia—. Lo otro no lo sabes.
No lo sabía.
—Por eso necesito que hable otra —dije—. De una sola cosa.
Desdoblé la hoja de la abogada.
—Esto es lo que le voy a dar mañana antes de entrar. Dime si es lo que viste.
Lo leí entero. Eran once líneas.
Berta lo escuchó con los brazos cruzados.
—Yo esa noche tenía la puerta entornada —dijo—. No dormía. La vi entrar en la catorce, estar un minuto y salir entre los dos. Eso es lo mío. Lo de dentro no lo vi, y lo que te dijera, tampoco.
—Eso es lo que hace falta.
—¿Y de papeles, nada?
—Nada.
—¿Y por qué yo? Los dos celadores también la vieron. La llevaban ellos.
—Porque eres la única que la vio y no trabaja aquí.
—¿Y a ti de qué te sirve que yo diga que entró una?
—Mi parte de esa noche dice «confusa». Si tú la viste, yo no estaba confusa. De todo lo que tengo, es lo único que se puede poner al lado de otra cosa.
—¿La abogada ha dicho que la van a oír? —dijo Marga.
—Ha dicho que lo va a pedir.
—Entonces no es lo mismo.
—No.
Lidia se había echado hacia delante.
—Antes de que contestes, te hago la cuenta. Tú tienes un alta en la mesa de la directora. Mañana le dices a un juez que en esta planta entró una mujer. La directora dice que esa mujer no consta. Al día siguiente, ¿en qué montón crees que está tu papel?
—No dijo que no constara —dije—. Dijo que no hay ninguna paciente llamada Rut.
—Da igual cómo lo dijera. —Lidia no dejó de mirar a Berta—. Y otra cosa. A esta no le fíes. A mí me debe una desde anoche y no la ha pagado.
—¿El qué? —dijo Berta.
—Eso es entre ella y yo.
Las cuatro me miraron.
—Es verdad —dije—. Le debo. Y a ti no puedo pagarte. No tengo con qué.
Para prometerle algo me faltaban los yogures, una salida y la seguridad de que fuera a servir. Se lo planteé como un hecho. Un favor se puede no hacer, y su nombre ya estaba en un bloc.
—¿Y si digo que no? —dijo Berta.
—Mañana la abogada lo pide igual. Te llaman y dices que no delante de él.
—O sea, que la puerta de atrás me la has cerrado tú.
—Sí. A las siete menos cuarto. Sin preguntarte.
—¿Y si el juez no quiere oírme?
—Entonces no habrás perdido nada.
—Habrá perdido igual —dijo Lidia—. Su nombre ya estará dicho en esa sala. ¿La directora va a estar?
—No lo sé.
—Tú a mí no me echas las cuentas, guapa —le dijo Berta a Lidia—. Veinticinco años he cerrado yo la caja.
—Pues ciérrala.
Berta descruzó los brazos. Se miró las zapatillas, gastadas por el talón.
—El segundo día te dije una cosa en el pasillo —me dijo—. Que no sabíamos cuánto nos iba a costar decirlo.
—Me acuerdo.
—Pues ya lo sé. Cuesta un alta.
—Puede.
—Puede no. Esa mujer firma mi papel. Y yo voy a decir delante de un juez que en su planta entra gente de noche.
—Vas a decir lo que viste.
—Es lo mismo.
Era lo mismo. No la corregí.
—Con la de gente que duerme en esta planta —dijo—. Y tenía que estar despierta yo.
Neli empujó la jarra hacia ella. Berta se sirvió medio vaso y no bebió.
—Si quieres, espero contigo —dijo Neli.
—Tú mañana desayunas, que es lo tuyo. —Se volvió hacia mí—. ¿A qué hora has dicho?
—A las diez y media.
—¿Y me llaman o tengo que estar?
—No lo sé. La abogada lo pide. Si el juez quiere, te llaman.
—O sea, que me visto y espero.
—Sí.
—¿Y qué me preguntan?
—Qué viste.
—¿Y si me preguntan por ti?
—Dices lo que hayas visto.
Estuvo un rato con el vaso en la mano, mirando la puerta de la sala, que no se cerraba. Fuera pasó un carro hacia el control.
—Pues declaro —dijo—. Y si me quitan el alta, que me hagan fija. Con la antigüedad que llevo, ya me toca.
Nadie se rio.
—Era malo —dijo—. Ya lo sé.
No hizo otro.
—Luego no digas que no te hice la cuenta —dijo Lidia.
—La cuenta está bien hecha —dijo Berta—. La pago igual.
—Has dicho «declaro» —dijo Marga—. Queda dicho.
—Queda dicho.
Marga dobló mi hoja del día 6 por sus dobleces y me la devolvió. Me la metí debajo del jersey.
Mi hoja del día 6 no decía nada de Berta. Era lo único que yo iba a llevar al día siguiente y no estaba escrito.
Las gracias sobraban. Las dos sabíamos lo que valía, y que lo ponía ella.
Guardé la hoja de la abogada con la de derechos. El bolígrafo estaba en el mismo bolsillo. Lidia tenía el móvil en el de la chaqueta. No me dijo si había escrito alguien. Yo no se lo pregunté: ya le debía una.
Eran las nueve y media. Me levanté para ir al control a por la pastilla. Berta había dicho que sí, y su nombre lo tenía ya una abogada que al día siguiente se lo iba a dar a un juez.