La clínica de las esposas Capítulo 19
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Capítulo 19

Solicitud de acceso a la historia clínica.

La abogada tenía veinte minutos y me lo dijo antes de sentarse.

Una auxiliar me había bajado a la sala de visitas y se había quedado fuera, con la puerta cerrada.

Por la escalera yo había ido pensando qué se le cuenta primero a alguien que no te conoce y tiene que defenderte al día siguiente.

Dentro había una mesa, cuatro sillas y una mujer de pie con un bloc.

Me dio la mano y dos apellidos que no retuve.

Me trató de usted. Yo llevaba cinco días oyendo mi nombre de pila en boca de gente que no conocía.

—Soy su abogada de oficio. Tengo veinte minutos y este papel. —Era la designación, con mi nombre y tres palabras debajo: internamiento no voluntario—. El informe del centro no lo he visto. Lo veré mañana, en el acto.

—¿A qué hora?

—A las diez y media. El juez viene aquí, a la unidad.

La oye y la examina personalmente. También interviene el Ministerio Fiscal y la reconoce la médica forense designada por el juzgado.

Se incorpora el informe del centro. Y el juez decide una sola cosa: si usted sigue ingresada.

No decide si usted tiene razón en nada más.

Abrió el bloc y dejó el reloj encima de la mesa.

—Ahora pregunto yo, y corto. ¿Por qué ingresó?

—Ingresé yo, voluntaria. Tres semanas antes me tomé unas pastillas. Muchas.

—¿Quién estaba en casa?

—Mi hija. Tiene seis años.

Lo apuntó sin levantar la vista.

—¿Ha pensado en hacerse daño desde que está aquí?

—No.

—¿Toma lo que le dan?

—Una pastilla a las nueve y media. Sí.

—¿Trabaja?

—Por mi cuenta. Hace meses que no cojo encargos.

—¿Tiene a alguien más fuera?

—Mi marido. Nos estamos separando. Ha pedido la custodia para él solo. La vista es dentro de ocho días.

—¿Por qué pidió el alta?

—Me cortaron una llamada con ella en el minuto diez. Pedí acabar una frase y no me dejaron. Pedí el alta en el mostrador, a voces.

—¿Adónde iría si saliera mañana?

—A casa de mi madre.

—¿Ella está de acuerdo?

—No se lo he preguntado.

—¿Puede preguntárselo esta noche?

—No tengo llamada.

Sé leer del revés. Al lado de «madre» escribió «sin confirmar».

Pedirle que llamara ella era un riesgo. Una pregunta sobre irme, ese día, me ensuciaba lo de las baldosas: si después volvía algo de salir, no sabría de dónde venía. Eso no se lo dije.

—Entonces mañana conteste eso mismo. Que iría con su madre y que no ha podido preguntárselo. ¿Seguiría un tratamiento fuera?

—Sí.

—¿Con quién?

—No lo sé todavía.

—Pues dígalo así. No adorne nada.

Escribía deprisa, con abreviaturas, y no tachaba.

—Hay dos cosas de hoy que pueden estar en ese informe —dije—. Esta mañana he pedido ver mi historia clínica. Y no tengo ninguna llamada pautada con mi hija.

Las apuntó, una debajo de otra.

—Su historia no la voy a ver antes que usted. Mañana veré lo que tenga el juzgado. De cada cosa que se lea puedo preguntar de dónde sale. Eso sí puedo hacerlo. No le prometo lo que contesten.

Yo llevaba ocho papeles contra la tripa. Saqué uno, el del día 6, lo desdoblé y se lo puse delante.

—Léalo.

Lo leyó entero, con el bolígrafo quieto. Le dio la vuelta, vio el reverso en blanco y volvió arriba.

—«La paciente previamente informada, acudirá con asistencia letrada». —Levantó la vista—. Esa soy yo.

—Sí.

—Esto lo pone la ley. Cualquiera que sepa cómo va un internamiento escribe esta frase sin conocerla a usted. ¿La informaron?

Saqué del bolsillo la hoja de derechos. La miró por las dos caras. En el margen estaban las nueve cifras de Daniel. No preguntó de quién eran.

—Bien. ¿Y este otro de dónde lo ha sacado?

—Una mujer entró en mi habitación la primera noche y me dejó un trozo de papel. Las hojas, esta también, las encontré al día siguiente en un libro de la biblioteca.

—¿Cuántas son?

—Siete hojas completas, una por día. Y el pie suelto de la última, que fue lo que me dejó aquella mujer.

—¿Las lleva encima?

—Sí.

—Ahora no me las enseñe. Con una me hago cargo de lo que son. ¿Quién las ha escrito?

—No lo sé.

—¿Cuándo?

—Antes de que pasara lo que dicen. No sé cuánto antes. Yo corrijo textos: sé decirle que las siete son de la misma persona.

—¿Sabe decirme de quién?

—No.

—Así, sin autor ni fecha, mañana no puedo pedirle al juez que lo trate como prueba de que el centro escribió su historial antes de tiempo. Me preguntará de dónde sale y tendré que contestarle lo mismo que usted acaba de contestarme.

Bajó al tercer apartado y lo leyó en voz alta.

—«Ante el juzgado mantiene ideas de perjuicio. Verbaliza: “mi historial ya está escrito.”». ¿Usted piensa decir esto mañana?

Yo la había leído el día 2. La noche del día 3 se la oí a Marga, con la pastilla encima. Despierta, y en la boca de alguien de fuera, no la había oído nunca.

—¿Lo ha dicho alguna vez? ¿A alguien de aquí?

—No.

—Le digo cómo suena. Si le dice a un juez que su historial ya está escrito, con el informe del centro delante, el juez va a oír lo que el centro diga que usted tiene. Y yo con eso no voy a poder hacer nada. Usted verá.

Había más. Había otra serie, de otra paciente, con la misma coma.

No era mía. Marga no me la había dado para aquello, y dos papeles sin autor seguían sin autor.

Había también cuatro mentiras repartidas desde el día anterior.

Ninguna había vuelto. No tenía nada que enseñar.

Y una paciente que la víspera del juez cuenta que ha mentido a su madre y a su terapeuta suena igual que ese papel. Lo pensé y lo descarté.

La hoja del día 6 contaba con una mujer que no podía callarse lo que sabía. Yo había sido esa mujer el día 2 y otra vez esa mañana.

—No —dije—. No voy a nombrar las hojas. La hoja cuenta con que lo haga.

—Me vale.

No preguntó más. Dobló el papel por sus dobleces y me lo devolvió.

—Guárdelo. No escriba encima ni lo separe del resto. Si es del centro, habrá que demostrarlo antes de utilizarlo. Para mañana necesito algo que pueda comprobarse.

Me lo metí debajo del jersey.

—De esa mujer sí hay algo que se puede comprobar —dije.

Se lo conté en el orden en que pasó. La primera noche, a las once y diez, una mujer entró en la catorce.

Dijo: «A mi hermana le acertaron hasta el último día.

Dormía en esta cama». Entraron dos celadores.

Uno la llamó Rut. Se la llevaron por la puerta de la planta.

Pregunté por ella a la auxiliar de noche y, por la mañana, a la directora.

La directora me dijo: «No hay ninguna paciente llamada Rut».

En el parte de esa noche yo quedé como «confusa». Lo leí del revés, en la cuarta línea.

La abogada había dejado de mirar el reloj.

—¿Todo eso lo vio y lo oyó usted, o se lo han contado?

—Lo vi y lo oí.

—¿Ese parte lo tiene usted?

—No. Lo tienen ellos.

—Mejor. Si lo tienen ellos, es suyo. ¿La vio alguien más?

—Una compañera. Desde su puerta, que está enfrente de la mía.

—Nombre.

—Berta.

—¿Apellidos?

—No los sé. Aquí nos llaman por el nombre. Duerme enfrente de la catorce.

Apuntó «Berta» y, debajo, la habitación.

—¿Querrá decirlo delante de un juez?

—No se lo he preguntado.

Era la segunda vez en diez minutos que contestaba eso.

—Pregúnteselo esta noche. Yo mañana lo pido igual.

Si no quiere hablar, que se lo diga ella al juez.

No puedo prometerle que él quiera oírla, ni que sirva.

Él valora si viene al caso. Pero un parte que dice «confusa» y una testigo que dice que esa mujer estuvo allí se pueden poner uno al lado del otro. Con eso sí puedo trabajar.

Era poco. Era lo primero que alguien de fuera me aceptaba en cinco días.

Miró la hora.

—Esta noche escriba lo que recuerde de aquella noche. Horas y palabras, como me lo ha contado. Mañana vengo un cuarto de hora antes. Me lo da en mano.

—No tengo con qué.

Me miró las manos, como si hasta entonces no hubiera caído en dónde estábamos. Arrancó una hoja del bloc y puso encima su bolígrafo.

—Quédeselo.

Era azul, de plástico, con el capuchón mordido. Doblé la hoja y la guardé con él en el bolsillo, junto a la de derechos, antes de que se abriera la puerta.

—¿Mañana se decide algo de mi hija?

—No. Eso es otro juzgado y otra abogada. —Cerró el bloc—. Pero lo que se decida mañana puede acabar allí.

Otro juzgado, en ocho días, con lo que saliera de este.

Llamaron con los nudillos. Eran los veinte minutos.

Subí detrás de la auxiliar con una hoja en blanco y un bolígrafo en el bolsillo, y los brazos cruzados sobre el jersey. Le había dado a una abogada el nombre de Berta. A Berta no le había dicho nada. Faltaba que quisiera.