La clínica de las esposas Capítulo 18
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Capítulo 18

La paciente ya suspicaz, exige conocer la fuente.

—¿Para qué las quieres todas?

Se lo pregunté a Marga antes de sentarme. Las cuatro estaban en el rincón de la sala común, el que no se veía desde el pasillo. Yo llevaba ocho papeles debajo del jersey y los brazos cruzados encima.

Marga tenía un libro cerrado en las rodillas.

—Para cotejarlas con las mías.

Abrió el libro por la mitad. Sacó un fajo doblado, lo puso en la mesa baja y lo cuadró con dos dedos. Eran hojas blancas, impresas por una cara. La de arriba llevaba una línea en negrita que acababa en «confidencial», como la primera mía.

Conté los cantos sin tocarlas. Ocho.

—La madre que la trajo —dijo Berta, bajo.

Yo llevaba cuatro días creyendo que la única con papeles era yo. Marga había leído los míos en voz alta, apartado por apartado, y los suyos los tenía guardados en ese libro.

Me senté en mi mitad del sofá y saqué las mías. Lidia apartó la jarra para hacer sitio. Separé la del día 5 y la enseñé por el canto, sin desdoblarla: el pie quedaba dentro.

—Esta la abrió anoche la auxiliar, a las tres menos diez, y la dejó doblada al revés. Yo dormía. Lo vio Neli. Desde entonces no ha venido nadie a quitármela. Si suben a por ellas, hoy es el último día que se pueden poner juntas.

Nadie miró a Neli. Neli tenía el pelo mojado y las manos dentro de las mangas.

—¿Tú tienes? —le dije a Berta.

—¿Yo? A mí en esta casa lo único que me han escrito es una propuesta de alta. Y esa no me la enseñan. La tiene la directora en su mesa, cogiendo polvo, como las botellas caras.

Yo no sabía que a Berta le hubieran propuesto el alta. Llevaba cuatro días viéndola mandar en aquel rincón como quien no piensa irse.

—¿Lidia?

—No. —Lidia no miró las hojas. Me miró a mí—. Pero yo preguntaría otra cosa. Una auxiliar lee un papel de esos de madrugada y por la tarde lo sigues teniendo tú. ¿Por qué no te las han quitado?

—No lo sé.

Era la pregunta que yo llevaba haciéndome desde las once, y en boca de Lidia seguía abierta. Había dicho que no y había cambiado de tema en la misma frase. Eso lo apunté.

—¿Neli?

—A mí nadie me ha dado ninguna hoja.

Miraba las de la mesa sin acercar la mano.

Quedaba Marga.

—¿Cómo te llegaron?

—El segundo día, por la mañana, el libro que yo había pedido estaba en el carro de las devoluciones. Las hojas iban dentro.

—¿Y por qué no lo dijiste?

—Nadie me lo preguntó. Y eran las mías.

Tenía que haber sido la misma mujer. Las de Marga, en el libro que solo ella iba a abrir. Las mías, en un atlas que no abría nadie. Cómo supo qué libro había pedido Marga era otra pregunta. Me la guardé.

Las miré como miro un original: primero lo que no es texto.

Los mismos cuatro apartados, con los mismos títulos.

La misma letra pequeña abajo, con el día.

Las suyas llegaban al 8. Desdoblé mi hoja del día 5, la de esa mañana, y la puse junto a la primera de Marga.

En la mía había un sujeto largo, una coma y el verbo detrás.

—Lee la segunda frase —le dije.

—«Las llaves del domicilio paterno aportadas por la familia, quedan en el control de enfermería, pudiendo la paciente preguntar por ellas».

—La coma después de «familia». Y el gerundio del final, para decir lo que pasa luego. Ese gerundio lo tengo yo en el día 3 y en el día 4.

—Yo ahí veo una coma —dijo Berta.

—Sobra. Entre el sujeto y el verbo no va. Quien escribe esto la pone siempre que el sujeto le sale largo.

Pasé a su día 2. El tercer apartado lo leí yo.

—«Angustia en relación al domicilio paterno. Verbaliza: “alguien tiene que ir a mirar el gas.”».

Comillas inglesas, con el punto dentro. Como en mi día 2. Entendí la pausa que hizo Marga dos noches antes, cuando leía mis hojas en voz alta y se paró delante de una palabra. No eran las comillas mal puestas. Era «Verbaliza».

El día 2 yo había dejado apuntada una duda: una mano o una costumbre de la casa. Una coma se pega de un papel a otro. Tres vicios juntos, y uno de ellos una manera de citar que no usa nadie más, en los papeles de dos pacientes distintas, no eran una costumbre.

—Es la misma mano —dije.

—¿Y eso qué quiere decir? —dijo Berta.

—Que quien me escribe a mí le escribe a ella. Una persona.

—¿Quién?

—No lo pone.

Marga puso el dedo en su coma y luego en la mía. No dijo nada.

La frase del gas yo se la había oído tres veces el día 2, cuando salió de la cabina.

—¿La habías leído antes de decirla?

—Sí. Esa mañana.

No añadió nada. Nadie le preguntó más.

Seguí por donde mis hojas me habían enseñado a mirar: el primer apartado, lo que iban a hacer. En el día 2 de Marga había una llamada de sus hermanos y de qué iban a hablarle: el gas, las persianas, el correo. En el día 3, otra.

—¿«Domicilio paterno»? —dije.

—El piso de mi padre. Murió. Somos tres hermanos.

—No inventan nada. A ti te llaman para preguntarte por el gas. A mí me pusieron diez minutos con mi hija y a una mujer que retiraba el teléfono.

El papel no decía si sus hermanos sabían para qué servían esas llamadas. Daniel tampoco sabía que iban a cortar. Sus hermanos habrían contado cosas a la casa, como las contó mi madre: por ayudar. No fui más lejos.

—Lee la de ayer.

—«Sesión de exposición del programa ordinario, sin modificar su pauta». —Bajó al final—. «Resultado esperado: la paciente cierra la puerta una sola vez y permanece en la sala».

Yo lo había visto. La había visto bajar la manilla una vez y quedarse sentada con un seis y la frente mojada. Aquello fue verdad, y estaba escrito.

—¿Cuántas veces empezaste anoche?

—Dos.

La noche del día 3 habían sido cuatro. Le había servido.

—Ordinario —dije—. Si hay un programa ordinario, esto es otra cosa.

—No pone cuál —dijo Marga.

—La mía de hoy se ha cumplido. Esta mañana he exigido ver dónde estaba escrito un dato, sin decidirlo. ¿Y la tuya?

Marga buscó su hoja del día 5.

—A las doce he tenido entrevista con el psiquiatra. Me ha hablado de la carga del piso. Me ha presentado la renuncia como «una de las opciones disponibles». Con esas palabras. Están aquí.

Yo sabía desde el día 2 que el psiquiatra lo traía escrito. Lo de Marga no me decía más que eso.

—¿Renuncia a qué? —dijo Berta.

—A mi parte de la herencia de mi padre. El piso. —Bajó el dedo por la hoja—. «Resultado esperado: la paciente pregunta qué efectos tendría renunciar».

—¿Lo has preguntado? —dije.

—He preguntado qué pasa con las llaves si renuncio. Me ha contestado que eso se mira con el documento delante.

—¿Sabías que lo ponía?

—Desde el día 2.

—¿Y para qué preguntas, si sabes que lo están esperando? —dijo Berta.

—Porque no sabía la respuesta.

—¿Y por qué las has pedido hoy? —dije.

—La mía de hoy nombra una renuncia. Por eso.

A ella también la habían llevado. Le habían hablado del piso, le habían puesto delante una palabra y había preguntado. No se lo dije.

—Tienes el pelo mojado —le dijo Berta a Neli.

—Me he duchado.

—¿Te lo han mandado?

—No. No me lo ha dicho nadie.

Lo dijo mirándose las zapatillas. Berta le dio con el codo, flojo, y se guardó el chiste.

El día 2 Neli rebañaba un yogur sin levantar la vista del suelo. Esa mañana había salido al pasillo a buscarme y esa tarde se había duchado sin que nadie se lo mandara.

La serie de Marga tenía un día más que la mía. Su última hoja no acababa en un comedor. Acababa en una firma. Me quedé con tres palabras: «notario», «renuncia», «serena». De esa hoja no hablamos ninguna de las dos. Todo lo que pudiera decirle lo había leído ella antes que yo.

Neli, sin hojas y con el pelo mojado: a ella le tocaba lo ordinario. Marga, con una puerta cerrada una sola vez. Berta, con el alta propuesta. A ellas las trataban, y mejoraban. Hojas teníamos dos. Nadie iba a creer a dos pacientes contra una clínica que curaba.

A las seis y veinte hubo que separarlas.

Lidia se puso a mirar hacia el pasillo, como dos noches antes.

Estaban mezcladas en la mesa, dieciséis papeles con la misma letra, y no bastaba con mirarlos.

Había que leer. Donde ponía «la menor», era mío.

Donde ponía «domicilio», de Marga. Las demás había que leerlas hasta el segundo apartado.

Marga cogió uno, leyó la primera línea y me lo pasó. Yo le pasé dos.

Marga guardó los suyos en el libro. Yo me metí los míos debajo del jersey, con el del día 5 doblado como me lo habían dejado.

Salí hacia el control por mi pie, antes de que nadie viniera a buscarme. Iba a ver a una abogada. Lo único que llevaba eran unas hojas que solo teníamos dos.