La clínica de las esposas Capítulo 17
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Capítulo 17

No se indicará su origen.

Me desperté sola, ya de día. Lo primero que vi fue la hoja. Estaba en la mesilla, junto a la foto de Nora, a la vista de quien entrara. Me senté de golpe.

Con la pastilla me había dormido sin guardarla.

Recordaba la luz dos o tres veces y mi voz diciendo que sí.

Después, nada. Habían entrado hasta la mañana a preguntarme si estaba despierta, con la luz dada, y la hoja había estado ahí.

La miré. Seguía en el mismo sitio, pegada al marco de la foto, doblada.

Me dije que nadie la había tocado. Me la metí en el bolsillo.

Después pensé en la carta. Para escribir una carta hace falta un bolígrafo, y yo no tenía. Pedir uno era decir para qué.

Y había otra cosa. Si alguien me veía escribir una carta, lo de las cartas lo sabría cualquiera, y la cuarta ya no señalaría a nadie. Para que la mentira sirviera, Nora tenía que esperar.

A las nueve menos veinte la saqué en la sala común sin mirarla.

Miraba a Lidia, por si decía algo del móvil.

Neli me miraba las manos. Marga la leyó entera y me la devolvió doblada.

Lo de arriba lo conocíamos. Pasó por la entrevista y por el coche sin cambiar la voz. El final lo leyó como estaba escrito.

—«Resultado esperado: la paciente exige ver su historia clínica».

Nadie apostó nada. Lidia me esquivó la mirada toda la lectura. Del móvil no dijo nada.

Decidí que ese día no iba a pedir nada, ni el bolígrafo, y me lo callé. La última vez que anuncié algo delante de las cuatro me costó dos yogures y dejar de ser voluntaria.

A las diez una auxiliar me acompañó hasta la consulta y se quedó fuera.

Las dos sillas iguales seguían en su sitio. Me senté en la misma, la que tenía la puerta a la vista. El psiquiatra tenía mi carpeta cerrada encima de la mesa. Abultaba más que el día 2.

Yo había entrado con cuatro frases repartidas y la boca cerrada. Solo tenía que oír.

—Antes de nada, una información —dijo—. El juzgado nos ha comunicado que la exploración será mañana por la mañana, aquí, en la unidad. Y esta tarde vendrá a verte la letrada que te han designado. A las seis y media.

—Mañana.

—Mañana. ¿Cómo estás durmiendo?

Ahí cabía la primera. Esperé.

—Poco. Por las rondas.

—¿Te cuesta más dormirte o volver a dormirte?

—Volver.

—¿Notas la medicación por la mañana?

—No sabría separarla del sueño.

Lo apuntó. No dijo nada de tablas.

—¿Y la comida?

Ahí cabía otra.

—Dejo la mitad.

—¿De todo, o hay algo que no te entra?

—De todo.

No dijo pan. No dijo armario. Pasó una hoja.

—Ayer hablaste con tu madre. ¿Cómo te quedaste después?

—Igual. Me dijo que leyera.

—¿Y lees?

—Poco.

Esperé una puerta. Esperé un número. Apuntó algo corto y siguió.

—He leído la nota de la supervisora sobre la llamada de anteayer. Tu queja consta. La pauta de diez minutos la ha revisado el equipo y se mantiene. Y te lo digo ya para que no lo esperes: de momento no hay otra llamada pautada con tu hija.

—Dijo que lo valoraría.

—Lo he valorado. De momento, no.

—¿De momento es hasta cuándo?

—Hasta que el equipo lo revise.

No tenía fecha. Yo tampoco le había dado ninguna a Nora.

Quedaba la última. Una madre a la que quitan las llamadas escribe. De cartas y de cuaderno, nada. Tampoco de «miedo» ni de «sola», que eran las dos palabras que yo le había dejado a Lidia en el baño.

Era lo que había ido a comprobar, y seguí intranquila. Que no volviera esa mañana no quería decir que no fuera a volver.

Abrió la carpeta por una página que ya tenía buscada.

—Hay una cosa de la que no hemos hablado. Dejaste de conducir cuando nació Nora.

Dijo Nora. Desde que ingresé nadie que trabajara en Santa Vela había dicho su nombre. Decían «tu hija». Los papeles decían «la menor».

—¿Qué pasó?

Yo conocía esa línea desde el día 2 y la había oído dos veces en voz alta.

Había entrado decidida a callar. Llevaba tres preguntas sin que volviera nada mío, acababan de decirme que no iba a oír a mi hija, y ahora su nombre estaba en esa carpeta, junto a una cosa que yo no había contado allí.

No sabía adónde iba la pregunta. Podía ir a un coche. Podía ir a un baño.

—¿Dónde está escrito eso?

No lo pensé. Salió.

—¿Perdona?

—Quiero ver dónde está escrito.

Me oí. Era la línea de la hoja, con otras palabras.

Y al oírla supe para qué lo quería. No iba a discutirle el coche: era verdad.

Quería el sitio. Si aquello estaba en un papel, en ese papel estaría también lo mío de esa semana, o no estaría.

Era donde habría quedado escrita cualquiera de las cuatro, si alguna había llegado.

—Consta —dijo.

Puso la mano plana sobre la carpeta, igual que el día 2.

—¿Dónde?

—Si lo que quieres es ver lo que hay escrito sobre ti, eso es tu historia clínica, y tienes derecho a pedirla.

El acceso se solicita por escrito. El centro tiene un mes para contestar.

Y te adelanto dos límites, para que no te lleves una sorpresa: no alcanza a lo que hayan aportado terceras personas en tu interés, ni a las anotaciones subjetivas de los profesionales.

Terceras personas. Lo dijo en plural y sin nombre. Que dejé de conducir lo sabían mi madre, Daniel y mis amigas. No me iba a decir cuál, y la norma le daba la razón.

Un mes. La vista era dentro de ocho días. El juez venía al día siguiente.

—¿Y el juez lo ve?

—El juzgado recibe el informe del centro.

—¿Mañana?

—Mañana lo tendrá delante.

Yo podía tardar un mes en leer mi historia. El juez iba a tener el informe al día siguiente, y yo iba a estar sentada enfrente sin saber qué ponía.

—¿Quieres que te traigan el impreso?

—No.

Pedirlo por escrito era el paso que la hoja esperaba. Y un mes no me servía.

—¿Te preocupa algo de lo que pueda haber escrito?

—Quería saber dónde estaba.

Seguía sin saberlo. Sabía que no me lo iban a enseñar.

—Es una petición razonable, Cristina —dijo—. Si cambias de idea, lo dices en el control.

Escribió dos líneas. A las nueve menos veinte Marga había leído que yo exigiría ver mi historia clínica. No eran las once y ya la había exigido. No firmar el impreso no lo deshacía.

—Intenta descansar esta noche —dijo—. Mañana es un día largo.

La auxiliar me esperaba fuera. Por el camino no me habló. Yo iba repasando lo que no había vuelto. Me llevó hasta la 14 y volvió al control.

Marga venía de la sala común. No se paró.

—A las cinco, en la sala —dijo bajo, al pasar—. Tráelas todas.

Siguió andando, muy recta. Traía cara de haber dormido poco. No supe cuántas veces había empezado esa noche. No me dio tiempo a preguntarle para qué las quería. Marga pedía la de cada día. Las demás no las había pedido nunca.

Neli estaba junto a mi puerta, con las manos metidas en las mangas. Esperó a que Marga se alejara. Tardó en hablar, como todas las mañanas.

—La de noche ha leído tu hoja antes que tú. Estaba doblada al revés.

—¿Cuándo?

—A las tres menos diez. Yo volvía del baño.

—¿Y yo?

—Dormías.

Había dormido una noche de cuatro y había sido esa.

No dijo más. Me miró el bolsillo.

Me metí en el marco de la puerta, de espaldas al control, y saqué la hoja.

El pie estaba hacia dentro. Lo que quedaba fuera era el principio, no el final.

—Gracias —le dije.

Neli se encogió dentro de las mangas y se fue pasillo adelante.

Yo las guardaba como venían, con el pie hacia fuera, para ver el último apartado sin desdoblarlas. Para leer lo demás había que cogerlas y abrirlas. Alguien había abierto esa y no sabía cómo las guardaba yo.

Marga devolvía las cosas como se las daban. Si me la había devuelto así, era que yo se la había dado así. Y yo no la había doblado así.

Esa mañana la había visto en la mesilla y me había dicho que nadie la había tocado.

Había mirado el sitio. No había mirado el papel.

Después la había llevado encima toda la mañana.

Se la había dado a Marga y la había tenido en el bolsillo delante del psiquiatra.

A las nueve menos veinte Neli me había mirado las manos.

Ella sí había visto cómo salía del bolsillo.

Alguien de la clínica había leído lo que yo iba a exigir antes de que lo exigiera.

No sabía a quién se lo había contado, ni si el psiquiatra lo sabía mientras me preguntaba por el coche.

Habían pasado ocho horas y nadie había venido a quitármela.

Las otras estaban en la funda. Tampoco sabía si alguien había mirado ahí.

Y Marga quería todas las hojas en la sala a las cinco.