La clínica de las esposas Capítulo 16
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Capítulo 16

Confidencias a la paciente de apoyo.

La auxiliar de la lista me señaló la cabina con el bolígrafo.

—Entra cuando quieras, Cristina. Yo estoy aquí.

Mi madre contestó al segundo tono. Tenía la radio puesta.

—¿Cristina? Ay, hija. No me expliques nada, que ya lo sé. Me llamó ayer la directora. Que te quedas unos días más y que lo tiene que mirar un juez, que es un papel que se hace cuando pasa esto. Ya está. No pienses en eso.

—No es un papel, mamá. Es un juez.

—Pues un juez. Mejor. Así lo mira alguien de fuera y te quedas tranquila. ¿Has comido?

—Algo. Necesito que hagas una cosa.

—Dime.

—Que le digas a Nora que ayer no colgué yo. Que cortaron ellos. O que se lo diga su padre, me da igual quién.

—Ay, Cristina. La niña está bien. Los niños a los dos días no se acuerdan de nada.

—Tiene seis años. Se acuerda.

—Si hablo con ellos, se lo digo. Tú ahora no le des vueltas, que te pones peor.

—¿Vas a llamar?

—Ya veremos cómo está la cosa. Tú descansa.

Si hablo con ellos. Ya veremos. No dijo que fuera a llamar.

No le pregunté si podía irme a su casa. Con el psiquiatra lo había dado por hecho, y llevaba un día queriendo preguntárselo a ella.

Esa tarde no podía. Lo que iba a contarle sonaba a querer irme, y si después volvía algo de irme, no sabría si era la mentira o la pregunta.

Me costó dejarlo. El número de la abogada tampoco se lo pedí. Ya tenía pedida una de oficio.

Me estaba contando que había hecho lentejas y que le habían sobrado.

—Mamá, hay una cosa que hago...

—Lo que tienes que hacer es dormir. Y si no duermes, descansas, que tumbada también se descansa. He hecho de más, por la costumbre, y ahora tengo lentejas para tres días.

No me iba a dejar un hueco. Había que hablar por encima.

—Mamá. Escucha una cosa.

—Dime, cariño.

—Cuento las baldosas hasta la puerta de salida. Son cuarenta y una.

Se oyó cómo dejaba algo en la encimera.

—¿Cuarenta y una? —dijo—. Ay, hija, qué cosas haces. Eso es de estar aburrida. ¿No te dejan libros? Dile a alguien que te deje un libro.

Esperé a ver si preguntaba qué puerta. No lo preguntó.

Yo le había callado cosas a mi madre toda la vida. Nunca le había mentido con una frase preparada. Ella me había contestado que leyera.

—Tengo uno —dije.

—Pues lee. Y come. Llámame cuando te dejen, ¿eh? Un beso.

Colgué yo. La auxiliar levantó la vista de la lista y me sonrió.

En la cena había tortilla francesa y un yogur de limón. El yogur lo puse al lado del vaso de Lidia antes de que lo pidiera.

—En paz —dijo ella.

Era el segundo y el último. Ya no le debía nada, y por eso mismo no tenía con qué pedirle nada.

Yo me había comido media tortilla. Las tres de enfrente ya habían llevado la bandeja al carro. Neli se levantó con la suya y al pasar me miró el plato. La auxiliar que nos tenía de frente estaba en la otra punta del comedor, ayudando a recoger. Nos veía. No podía oírnos.

Me faltaba la de Lidia y no la traía pensada. Tenía que ser una cosa de la mesa, de las que se dicen entre dos bandejas. Lidia cobraba en comida y miraba lo que dejaba cada una. A mí me quedaba el pan, entero, al lado del plato. Y Neli ya no estaba: lo de la mesa tenía que oírlo una sola.

—Guardo el pan del desayuno en el armario —dije bajo, hacia el plato—. No tiene llave.

Lidia dejó la cucharilla dentro del yogur.

—¿En el armario? Se te pone como una piedra. —No esperó a que contestara—. Y esta mañana te dejaste media tostada. La vi irse en el carro.

—La de hoy, sí.

—¿Y eso para qué me lo cuentas?

—Porque te sientas a mi lado.

Era cierto y no explicaba nada. Lidia me miró la bandeja, el pan y luego a mí.

—Tú sabrás.

Se acabó el yogur rebañando el fondo. No dijo que no fuera a contarlo. Tampoco se lo pedí.

A la terapeuta le había mentido mirando una libreta y a Lidia mirando un plato. Con mi madre no me había hecho falta mirar a ningún sitio.

Llevé mi bandeja al carro y el pan se fue en ella.

A las nueve, antes de la pastilla, metí la hoja del día 4 en la funda y saqué la del día 5. Estaba doblada como venía, con el pie hacia fuera. Iba a guardármela en el bolsillo cuando se abrió la puerta.

No llamó.

—Ha contestado —dijo.

Dejé la hoja en la mesilla, junto a la foto de Nora.

Lidia cerró con la espalda. Tenía el móvil contra el pecho.

—¿Cuándo?

—Ahora. Venía por el pasillo.

Alargué la mano. No movió el móvil. Me lo leyó bajo, sin enseñármelo.

—«Nora no ha querido desayunar. Ha preguntado si mañana tampoco».

Mañana tampoco. Yo le había dicho «mañana no» y ella sola lo había alargado un día. Y no había desayunado. Pan con aceite, poco tostado. Esa mañana se lo había contado a Neli como si lo tuviera delante.

—Déjamelo.

—¿El qué?

—El móvil. Un mensaje. Lo escribo yo.

—Anoche el móvil no lo tocabas. Era el trato.

—Anoche no había contestado.

—¿Y yo qué gano?

—No tengo nada. El yogur ya lo has cobrado.

—No quiero yogures. —Lo pensó deprisa, como hacía las cuentas—. Lo que sale de mi móvil lo leo yo. Después. Ese es el precio. Un mensaje, dos minutos, yo en la puerta mirando el pasillo. Y me lo devuelves como está.

—Te lo devuelvo.

—Como está.

—Te lo devuelvo, Lidia.

—No has dicho «como está».

No lo dijo enfadada. Lo dijo para que constara. Abrió una rendija, miró el reloj del pasillo, echó la cuenta de lo que faltaba para las nueve y media y me lo dio.

—Dos minutos.

Se quedó en la rendija, de espaldas, con un ojo en el pasillo.

En la pantalla estaban su mensaje de la madrugada y las dos frases de Daniel. Él no había puesto mi nombre. Había puesto el de la niña. Tampoco preguntaba quién era la compañera.

Llevaba cuatro días sin tocar una pantalla. Me equivoqué en la primera letra y la borré.

Tenía un mensaje. Pensé en escribir lo que llevaba pidiendo desde el día anterior a una supervisora, a Lidia y a mi madre: que no colgué yo. Lo tenía en los dedos.

Cabían las dos cosas. No puse las dos. A lo del teléfono me habría contestado que ya lo sabía, que él estaba al otro lado y lo había oído, y ahí se habría acabado. Yo necesitaba que mirara lo otro.

Escribí «Soy Cristina». Y después, lo otro. Una niña que no desayuna y una madre que no puede llamar. Qué haría esa madre.

«He empezado un cuaderno de cartas para Nora».

Lo leí una vez, como leo lo que voy a dar por bueno. «He empezado» era el verbo justo. No decía que hubiera ninguna carta acabada. Tampoco había ninguna empezada.

No había cuaderno. No tenía ni bolígrafo.

Daniel pedía la custodia, y una madre ingresada que escribe cartas a la niña podía servirle a su abogada o podía servirle a Nora.

Con el único mensaje que iba a tener le dije a su padre una cosa que no existía, y la que sí existía se quedó otra vez sin decir. Lo supe mientras le daba a enviar.

—Un minuto —dijo Lidia sin volverse.

Debajo salió «Enviado». Dejé el dedo encima de mi mensaje hasta que apareció «Eliminar». Se fue. La pantalla quedó como me la había dado.

—Tiempo —dijo Lidia.

Se lo devolví.

Empujó la puerta con el talón. Miró la conversación. Subió con el pulgar y bajó.

—No has mandado nada.

Me quedé callada. Decir que no era otra mentira, y esa no me hacía falta.

—¿Para eso lo querías? ¿Para mirarlo?

Tampoco contesté a eso.

El móvil vibró en su mano. Lo leyó en voz baja, antes de entenderlo.

—«Quiere que le mandes una».

Una. A mí no me hacía falta que dijera el qué.

Lidia levantó la cabeza.

—Esto contesta a algo. Y aquí no hay nada. —Me enseñó la pantalla de lejos, sin soltarla—. ¿Qué le has mandado?

—Te lo he devuelto.

—Eso dijiste. —Se guardó el móvil en el bolsillo de la chaqueta—. El precio era leerlo. Y no lo he leído.

Esperó un momento más. No añadí nada. Salió.

Las cuatro estaban dichas. La última se había ensuciado. Lidia tenía una respuesta sin pregunta y tenía el número de Daniel. Si un día volvía algo de cartas, yo no sabría si venía de él o de ella.

Daniel había contestado en menos de un minuto. A esa hora Nora tenía que estar dormida. Estaba con él, despierta, y él ya le había contado lo del cuaderno.

A las nueve y media fui al control a por la pastilla y me la tomé delante de la enfermera. Esa noche la quería.