La clínica de las esposas Capítulo 15
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Capítulo 15

Sueño inferior a cuatro horas.

—¿Qué haces cuando no puedes dormir?

La terapeuta tenía una libreta de tapas negras y escribía con letra grande, sin taparla con la mano. Yo la conocía de verla cruzar la planta con el grupo detrás. Ella me conocía por los papeles.

—Lo de ayer lo he leído —había dicho al sentarnos—. No voy a empezar por ahí.

Era su tercera pregunta. La primera había sido si prefería la puerta abierta o cerrada.

—Cerrada —había dicho yo.

La segunda, cuánto dormía.

—Menos de cuatro horas. Entran cada hora y media y me preguntan si estoy despierta.

Lo apuntó y me lo leyó, por si quería cambiar algo.

—«Entran cada hora y media y me preguntan si estoy despierta». ¿Así?

—Así.

Era mi frase. No llevaba «refiere» delante ni «verbaliza» con dos puntos. Hasta entonces no había visto a nadie de Santa Vela apuntar una cosa mía tal como la dije.

—¿Y qué haces? —dijo otra vez. No tenía prisa—. Cuando se van y te quedas despierta.

Lo que hacía era ver a Nora con el teléfono de su padre en la mano. Tocar la funda de la almohada. Mirar la raya de luz de debajo de la puerta.

—Para dormirme repaso las tablas de multiplicar.

Lo dije mirando la libreta.

—¿Las tablas? —Levantó la vista. Casi sonreía—. ¿Y te funciona?

—Depende de la ronda. Entran cada hora y media.

Eso sobraba. Ya lo había dicho y ya estaba apuntado.

Escribió. Me lo leyó.

—«Para dormirme repaso las tablas de multiplicar». ¿Lo he puesto bien?

—Sí.

Estaba bien puesto. Eran dos frases mías, apuntadas como las dije, una debajo de la otra. La de arriba era verdad.

—¿Lo hacías ya en casa?

—En casa tampoco dormía.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace meses.

Eso también era cierto. No lo apuntó. Esperó, por si yo seguía. No seguí.

—Te lo pregunto porque con eso se puede hacer algo —dijo—.

No te voy a decir que vayas a dormir más.

Con las rondas que tienes pautadas no depende de ti, y eso no lo decido yo.

Lo que sí puedes hacer es dejarlas pasar.

Cuando cierren la puerta, no mires la hora.

No intentes dormirte. Empieza una tabla, la que sea, despacio.

Si te pierdes, vuelves al principio y no te enfadas.

Lo que te despierta del todo no es la luz.

Es calcular cuánto falta para la siguiente.

Era verdad. Yo calculaba cuánto faltaba. Me estaba dando una cosa que servía y la había montado encima de una que no existía.

—¿Hasta qué tabla sueles llegar?

—No llevo la cuenta.

Tampoco eso era mentira. Me dejó igual.

—Mejor. Llevar la cuenta sería otra manera de mirar el reloj. —Cerró la libreta con el bolígrafo dentro—. Si no te sirve, me lo dices y buscamos otra cosa.

Iba a tener que sostener unas tablas que no repasaba cada vez que la terapeuta me preguntara.

Era la primera de cuatro. Lo que se decía en una sala a una profesional podía quedar escrito.

Lo de la cabina lo oiría mi madre, que ya había contado un sueño por ayudar y hablaba con la directora cuando la llamaba.

O lo oiría alguien más, si ese teléfono se oía.

No iba a elegir entre las dos. Lo de la mesa lo oiría Lidia.

Y lo que saliera por su móvil le llegaría a Daniel, que pedía la custodia y tendría motivo para usarlo. El cuarto dependía de que contestara.

—Lo dejamos aquí —dijo la terapeuta—. Ahora entran las demás.

Se levantó y abrió la puerta ella.

Entraron las cuatro. Las sillas estaban en círculo y Berta eligió la que miraba a la puerta.

—¿Hoy quién paga la ronda? —dijo.

—Hoy trabaja Marga —dijo la terapeuta—. Lo hablamos ayer ella y yo, y estaba de acuerdo en hacerlo delante de vosotras. ¿Sigue siendo así, Marga?

—Lo dije ayer y lo digo hoy.

—Se llama exposición con prevención de respuesta. Dicho en llano: Marga va a cerrar esa puerta una vez. No va a comprobarla. No va a preguntarle a nadie si está cerrada. Y vamos a esperar aquí a que la angustia baje sola. Vosotras no hacéis nada. Tampoco se lo decís.

—¿El qué? —dijo Lidia.

—Que está cerrada. Si se lo decís, hoy descansa y mañana lo necesita otra vez.

—¿Y si no baja? —dijo Neli.

—Baja. Tarda. Y si hoy no baja del todo, también vale. Las demás también trabajáis. Lo vuestro es más difícil de lo que parece: verla pasarlo mal y no ayudarla.

Marga estaba sentada en el borde de la silla, con las manos en las rodillas.

—Cuéntales qué haces por la noche, Marga.

—Bajo la manilla tres veces y digo «cerrada». Si alguien me interrumpe, empiezo otra vez.

—¿Cuántas veces empezaste anoche?

—Cuatro.

Yo no lo sabía. Llevaba tres días oyéndola leer mis hojas sin una coma de más y no sabía lo que le costaba una puerta.

Marga se levantó. Fue hasta la puerta, la empujó y bajó la manilla. Una vez. La mano se le quedó encima. La quitó. Se le abrió la boca y la cerró sin decir nada.

Volvió a su silla.

—¿Cuánto? —dijo la terapeuta.

—Ocho.

—Vale. Nos quedamos. ¿Qué te dice la cabeza?

—Que no ha encajado. Que pasa algo y ha sido por mí.

—¿Y qué haces con eso?

—Nada. Me quedo sentada.

—¿Dónde lo notas?

—En las manos. Y aquí. —Se tocó el esternón con dos dedos.

Se le veía en las manos. Las tenía abiertas sobre las rodillas, con los dedos estirados, igual que el día 2 al salir de la cabina. Respiraba por la boca, corto. Miraba la manilla.

—Mujer, si está... —empezó Berta.

—Berta —dijo la terapeuta.

Berta levantó las dos manos y se echó atrás en la silla.

—Es lo que os pide el cuerpo a todas —dijo la terapeuta, sin dejar de mirar a Marga—. A mí también. No se lo damos.

Estaba cerrada. Yo lo veía desde mi sitio: la puerta encajada en el marco, sin luz por el canto. Era una frase corta y cierta, y era la única que no se podía decir en esa sala. Me la callé.

—¿Cuánto?

—Ocho.

Pasó un rato largo para una habitación con seis personas. Neli miraba las manos de Marga. Lidia, la puerta. La libreta estaba en el suelo, junto a la silla de la terapeuta, cerrada, con mis dos frases dentro.

Fuera pasó alguien con un carro. Las ruedas frenaron cerca de la puerta. Marga giró la cabeza y se le cerraron las manos. La terapeuta no dijo nada. El carro siguió.

—¿Cuánto?

—Nueve.

—Vale. Seguimos aquí.

Nadie tocó la puerta. Marga volvió a abrir las manos, un dedo detrás de otro.

—¿Cuánto?

—Siete. —Tragó—. No se va.

—No tiene que irse. Tiene que bajar un poco y que tú sigas sentada.

—Sigo sentada.

—Ya lo veo.

Estuvimos así algo más de media hora. Cuando la terapeuta dio la hora, Marga había dicho seis. No bajó de seis. Tampoco se levantó.

—Con seis te has quedado toda la sesión —dijo la terapeuta—. Eso es lo que ha pasado hoy.

—¿Y esta noche?

—Esta noche, lo que puedas. No te pido la noche.

—Lo que pueda —dijo Marga.

Tenía la frente mojada.

La puerta la abrió la terapeuta. Berta la sujetó. Marga pasó sin tocarla y no se volvió a mirarla.

Salí la última. Las demás iban delante, hacia la sala común. El pasillo tenía el suelo de baldosa gris y al fondo estaba la puerta de la planta.

A mi madre le tocaba otra, y tenía que pesar más que unas tablas.

Una mentira solo me servía si a quien la oía le merecía la pena contarla.

A mi madre le había dicho el día 2 que dormía sola en el cuarto, y eso no era para contárselo a nadie.

Tenía que ser algo que una madre no se guardara.

La mía me había dicho el día 2 que hiciera caso.

Que yo quisiera irme no se lo iba a guardar.

Miré el suelo y miré la puerta.

Las baldosas. Las de aquí a la puerta de salida. Y un número, porque un número es lo que se repite. No las conté. Elegí uno que sonara a contado: los redondos suenan a inventados. Cuarenta y una.

Sabía cómo iba a sonar. A una mujer que mide el camino hasta la calle, el día después de pedir el alta. Por eso servía.

A las cinco y media se lo diría.