Capítulo 14
Cambio de mesa en el comedor, junto a paciente de apoyo.
Berta me había guardado el sitio de siempre. Tenía la mano en el respaldo de la silla y la quitó cuando vio venir a la auxiliar.
—Cristina, desde hoy te sientas allí.
Señalaba la mesa de la puerta, la más alejada del carro. Había un hueco con una bandeja ya puesta, entre Lidia y Neli.
—Ayer me sentaba aquí.
—Ya. Es una indicación de tu pauta. A mí me dan la lista.
—¿Solo el desayuno?
—Todas las comidas. Hasta que me digan otra cosa.
—Pues allí.
Me salió seco. Ella no tenía la culpa y lo supe mientras lo decía. No lo arreglé.
—Así conoces a más compañeras —dijo.
Había dormido un poco antes de las doce menos diez, de las tres a las cuatro y veinte y un rato después de las seis. Desde la una y veinte habían entrado cuatro veces más a preguntarme si estaba despierta. No llegaba a tres horas y media.
Crucé el comedor con las tres auxiliares mirando. Marga me siguió con los ojos hasta la mitad. Berta se sentó en su sitio. Mi silla de siempre se quedó metida debajo de la mesa.
Lidia no se había movido de su punta, y a Neli la había visto en esa mesa desde el día 2. A la que habían movido era a mí.
Me senté. La bandeja tenía mi nombre en un papel debajo del vaso. Lidia a la derecha, Neli a la izquierda. Enfrente había tres mujeres de las que no sabía ni el nombre. Una me dijo buenos días y me acercó la mantequilla sin que se la pidiera. Me preguntó si era nueva.
—Cuatro días —dije.
No le pregunté cuántos llevaba ella.
Desde la mesa nueva veía media cara de Berta y la espalda de Marga. No se oía nada de lo que hablaban.
La entrada de ese día, que llevaba doblada en el bolsillo, me ponía junto a una paciente de apoyo. Yo estaba junto a dos.
Miré a las auxiliares. Dos atendían el carro. La tercera nos tenía de frente a Lidia, a Neli y a mí. Podía ser por mí.
Lidia untaba una tostada sin levantar la vista. Las de enfrente hablaban entre ellas. Neli miraba su vaso.
—Nada —dijo Lidia hacia el plato, tan bajo que tuve que mirarle la boca—. Ni leído. Lo he mirado al levantarme y antes de entrar.
—Míralo ahora.
—Aquí no. Hay una mirando. —Dejó el cuchillo—. Y no me lo pidas con ese tono.
Se lo había pedido con ese tono. Era el mismo de la silla.
Daniel se levanta a las siete. A las ocho ya ha visto el teléfono. No lo dije, porque era discutirle a Lidia una cosa que no dependía de ella. O no lo había abierto, o había decidido no contestar a un número que no conocía. Yo habría hecho lo mismo.
Me molestaba el ruido de su cuchillo en el pan. Me molestaba la luz del techo y la voz de una mujer dos mesas más allá. Sabía de qué era y me molestaba igual.
Tenía a la derecha a la única persona de Santa Vela que sabía mi frase. Comía con calma. No me preguntó nada más en todo el desayuno. Yo le debía un yogur. Y si Daniel contestaba, la respuesta iba a llegarle a ella.
Tenía delante una tostada, mantequilla, un vaso de leche y una pera. El día 3 me había acabado la tostada para que la hoja fallara, y la hoja no había fallado. Esa mañana no iba a comer contra nadie. Comí lo que me entró.
—¿Qué desayuna Nora? —dijo Neli.
Lo preguntó mirando mi bandeja. Neli nunca me había preguntado por Nora.
—Pan con aceite.
—¿Tostado?
—Poco. No le gusta que raspe.
—A mí me lo hacía mi abuela. Con azúcar.
—Nora no lo ha probado con azúcar.
Con Neli me salía la voz más baja. Movió la cabeza una vez y siguió con su leche. Se la bebía entera, a sorbos iguales.
Repasé lo que tenía. La hoja de ese día hablaba de confidencias a la paciente de apoyo.
La del día 7 decía que esa paciente devolvería en el comedor lo que le fue confiado.
Yo estaba en el comedor, con una a cada lado, y a las dos les había dado algo.
A Neli, un desayuno. A Lidia, de madrugada, lo único que de verdad podía devolverse.
Lidia tenía un móvil, ponía condiciones y sabía hacer cuentas con las rondas. Neli no me había pedido nada nunca y acababa de preguntar. Sospeché de Lidia. No pude descartar a Neli. Tampoco a las tres de enfrente, si me ponía a ello, pero a esas no les había dado nada.
Había una cosa a favor de Lidia, y era la más simple. Ella misma me había avisado en el baño. Tu hoja de hoy habla de confidencias, dijo, tú verás. Si fuera ella, no me habría avisado. O me habría avisado justo por eso. De ahí no salía.
No tenía cómo comprobarlo. Preguntárselo era decirle lo que pensaba y quedarme igual.
A la mitad de la tostada se me cerró la garganta. Dejé la otra mitad, la pera entera y dos dedos de leche. La auxiliar que recogía las bandejas miró la mía. La víspera había dicho «muy bien». Ese día no dijo nada.
Desde su mesa, Berta levantó el vaso de leche hacia mí, como quien brinda.
—Esta noche, el otro —dijo Lidia al levantarse.
Hablaba del yogur. Tardé en entenderlo.
Neli se levantó la última y llevó su bandeja al carro. La llevaba vacía.
En el pasillo me alcanzó Berta. Andaba a mi paso, sin mirarme.
—Eso no lo hacen porque sí —dijo.
—Ya lo sé. Lo ponía la hoja.
—La hoja pone muchas cosas. Esta la han hecho antes del café.
—Son todas las comidas.
—Pues nos queda la sala.
Marga venía detrás, con los brazos cruzados.
—Nueve menos veinte —dijo al pasar—. Trae la de hoy.
A las nueve menos veinte estábamos las cinco en el rincón de la sala común. No había auxiliar. Berta me había dejado mi mitad del sofá. En la sala no había sitios fijos.
Saqué la hoja del día 4 y se la di a Marga.
No la había desdoblado desde la noche. La regla era leerla allí, a esa hora, y yo creía saberme el final: que dormía menos de cuatro horas y rechazaba el desayuno.
Lo llevaba repitiendo desde las siete. Yo no había rechazado el desayuno. Me había comido la mitad.
—Entera —dijo Marga.
Leyó lo de arriba deprisa. Las rondas, la mesa y los tres indicadores ya los habíamos oído. Llegó al tercer apartado y fue más despacio.
—«Insomnio global. Irritable. Rechaza parte de la ingesta».
—Léelo otra vez —dije.
Lo leyó igual.
—No pone desayuno.
—Debajo sí —dijo Marga—. El resultado esperado dice que rechazas el desayuno. Aquí pone «parte de la ingesta».
—No dicen lo mismo.
—No.
—Hoy has dejado la mitad —dijo Neli.
—La mitad es parte —dije—. Y una miga también. «Parte» no tiene medida.
Quien escribió esa palabra no podía equivocarse, comiera yo lo que comiera, salvo que me lo acabara todo. Y el día antes me lo había acabado todo y a las diez estaba pidiendo el alta.
—Irritable estabas —dijo Berta—. Con la auxiliar.
—Y conmigo —dijo Lidia.
—Sí.
—Y dormir no has dormido —dijo Lidia.
—No.
—Pues tres de tres —dijo Berta—. Y no has hecho nada.
Era verdad. Esa mañana no había decidido nada. Me habían cambiado de silla y me habían puesto una tostada delante. De noche me habían preguntado seis veces si estaba despierta. La hoja se había cumplido sola.
Marga dobló la hoja por sus dobleces y me la devolvió.
Llevaba tres días midiéndome con ella. Si la cumplía, acertaba. Si le llevaba la contraria, tenía otra frase esperando. No iba a medirme más.
Había una cosa que había mirado mal. Desde el día 2 preguntaba quién les había contado mi sueño, y me había contestado yo sola: mi madre, antes de venir, por ayudar.
Pero la hoja contaba con saber más. Las confidencias no estaban en el criterio de ese día.
Estaban arriba, en los indicadores, y volvían el día 7.
Eso no podía venir de antes. Tenía que salir de mí esa semana, y alguien tenía que llevarlo.
Eso sí se podía poner a prueba. Necesitaba cuatro mentiras y cuatro destinatarios. Bastaba con esperar cuál regresaba.
Tampoco podía decirlo. A Berta y a Marga se lo habría contado. Pero lo que se decía en aquel rincón lo oíamos las cinco, y una se sentaba ahora a mi derecha.
Lidia estaba a un metro, con el móvil en el bolsillo de la chaqueta. Neli se había sentado en el brazo del sofá.
—¿Qué? —dijo Lidia.
—Nada.
Guardé la hoja.