La clínica de las esposas Capítulo 13
25%

Capítulo 13

Se refuerza la observación nocturna, pasando las rondas a realizarse cada noventa minutos con comprobación verbal.

A las doce menos diez la auxiliar abrió la puerta, dio la luz y preguntó si estaba despierta.

—Sí —dije.

Un momento antes no lo estaba. Apagó y cerró. Yo me quedé con los ojos abiertos y con Nora. La veía de pie, con el teléfono de su padre en la mano, esperando el resto de una frase. Nora no cuelga. Alguien había tenido que quitárselo, y yo no sabía qué le habían dicho al quitárselo.

Tenía la hoja de derechos debajo de la almohada. La toqué dos veces para saber que seguía allí. Las del plan estaban otra vez en la funda. Todas menos la del día 4, que había dejado en el bolsillo del pantalón, para la mañana.

La pastilla tiraba de mí hacia abajo. Nora tiraba hacia arriba. En la habitación no había reloj. El del pasillo se leía desde mi puerta, con la luz del control, y me levanté a mirarlo por la rendija cada vez que se me cerraban los ojos.

Lidia me lo había dicho en el pasillo, al salir de la sala, sin pararse.

—A las doce y cuarenta en el baño. Si quieres saber de la niña. Trae el número.

La hora salía de la hoja. Cada noventa minutos: las diez y veinte, las doce menos diez, la una y veinte. Lidia había hecho la cuenta antes que yo.

La misma hoja hablaba de confidencias a una paciente. Lidia iba a pedir algo. Lo pensé y fui igual.

Salí descalza, con la hoja de derechos doblada en la mano. El pasillo estaba a oscuras. En la otra punta se veía la luz del control y la cabeza de la auxiliar, inclinada sobre algo. La puerta de Berta estaba cerrada. El baño quedaba hacia el otro lado, lejos del control. Anduve pegada a la pared.

El baño de la planta tenía tres lavabos, dos cabinas y un cristal alto por donde entraba la luz del patio.

Lidia estaba sentada en el borde de un lavabo, con la chaqueta encima del pijama y el móvil boca abajo contra la pierna. No encendimos la luz.

—Si entra alguien, somos dos que no duermen —dijo—. Las condiciones. Un mensaje. Uno. Lo escribo yo. Esta noche el móvil no lo tocas.

—¿Y a cambio?

—A cambio me dices por qué estás aquí. De verdad. Lo de los papeles ya lo sé. Lo tuyo.

—Te doy el yogur de mañana y el de pasado.

—El de mañana ya me lo debes.

—No tengo nada más.

—Tienes eso.

—¿Para qué lo quieres?

—Tu día 7 dice que pegas a una compañera. Yo como en ese comedor. Quiero saber con quién.

Era una razón. No le encontré fallo.

—Y antes de que lo pienses tú, lo digo yo —dijo—. Tu hoja de hoy habla de confidencias. Está escrito. Tú verás si te sale a cuenta.

Lo traía pensado desde la cama. La hoja ponía a esa paciente a mi lado en el comedor, y en el comedor Lidia se sentaba en la otra punta. Lo dijo el día 2 y lo había cumplido. Podía no ser ella.

Podía serlo. La misma hoja decía que yo dormiría poco y que estaría irritable, y esas dos cosas ya me las estaban haciendo. No lo sabía. Sabía que Nora llevaba quince horas con un «mañana no».

—Vale —dije.

—Pues empieza.

Me apoyé en la pared, al lado del secador de manos. Las frases me salían de una en una. No tenía fuerza para unirlas.

—Tres semanas antes de entrar aquí me tomé unas pastillas. Muchas. En mi casa.

—¿Para matarte?

—Sí.

—Sigue.

—Nora estaba en casa. Mi hija. Tiene seis años.

—¿Te vio?

—Estaba en la puerta del baño. De eso me acuerdo. Y de mi voz. Le grité que se fuera.

—¿Y qué más?

—Nada más. No me acuerdo de más. No sé qué vio antes de que yo gritara. No sé qué hice.

—¿Le hiciste algo?

—No lo sé.

—¿Te lo han dicho?

—Nadie me ha dicho que le hiciera nada. Nadie me ha dicho que no. Su padre lo sabrá. Nora se lo habrá contado. No se lo he preguntado.

—¿Por qué?

—Porque me lo diría.

Lidia no se movió. No dijo que lo sentía.

—Eso es lo que pasó —dijo—. Yo te he preguntado por qué estás aquí.

Tardé. Sabía la frase. La había pensado muchas veces y no se la había dicho a nadie. Ni al psiquiatra, que tuvo dos horas para oírla. Ni a mi madre.

—Me da miedo quedarme sola con mi hija.

Era la primera vez que la oía fuera de mi cabeza. Lidia esperó.

—¿Miedo de qué?

—De que pase algo y tampoco me acuerde. De no... —Se me quedó a medias—. Miedo. No sé decirlo de otra manera.

—¿Y con una compañera? —dijo—. ¿También?

—Yo no he pegado a nadie en mi vida.

—Eso lo dice todo el mundo hasta que pega.

—Me has preguntado y te he contestado.

—Vale. —Se frotó un ojo con el nudillo—. Era lo que te pedí y me lo has dado. Las palabras las has puesto tú.

—Sí.

—Que conste.

Le dio la vuelta al móvil. La pantalla le alumbró la cara desde abajo.

—El número.

Desdoblé la hoja y la acerqué a la luz. En el margen estaban las nueve cifras, en tres grupos, con un tres repasado. Se las dicté despacio. Las repitió, las tecleó y me miró.

—¿Cómo lo guardo?

—Daniel.

—Guardado.

El número llevaba medio día en un margen. Ahora estaba también en el teléfono de Lidia, con un nombre.

Escribió con los dos pulgares, deprisa. Luego me lo leyó sin enseñármelo.

—«Soy una compañera de Cristina. Me pide que pregunte cómo está Nora».

—Pon que no colgué yo.

—No.

—Es una frase. Que no colgué yo. Que se lo diga a la niña.

—Lo escribo yo. Ese era el trato. Si quieres que ponga otra cosa, es otro trato.

No tenía con qué pagar otro. Lo que tenía ya se lo había dado.

—Mándalo.

Lo mandó. Dejó el móvil encima del lavabo, con la pantalla hacia arriba, entre las dos.

Esperamos. La pantalla se apagó sola y Lidia la tocó para que volviera.

—La niña está con el padre y tú aquí —dijo—. ¿Él qué pide?

—La custodia. Para él solo.

—¿Y tú?

—Que no me la quiten del todo. La vista es dentro de nueve días.

—Nueve —dijo.

Era la una menos cinco. Yo miraba una palabra pequeña debajo del mensaje. «Enviado».

—¿Lo ha leído?

—No.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lo pondría.

Daniel dejaba el teléfono en la cocina por la noche. Yo no sabía si lo seguía haciendo.

Lidia no me preguntó nada más de lo otro, y lo que pensaba se lo quedó para ella.

Se encendió la raya de debajo de la puerta. La luz del pasillo. Lidia tapó el móvil con la mano. Oímos los zuecos pasar hacia el fondo y pararse. Era la ronda de la una, la del cuadrante. A mí ya no me entraba.

Los zuecos volvieron. Yo tenía la hoja apretada contra el pecho y los pies en una baldosa helada. Si abría esa puerta, éramos dos pacientes a oscuras con un teléfono, y una de las dos ya no era voluntaria. Pasaron por delante del baño sin frenar. La raya se apagó.

Lidia soltó el móvil. La pantalla seguía igual.

—A la una duerme todo el mundo —dijo—. Si contesta, te lo digo por la mañana.

—¿Me lo enseñarás?

—Te lo diré.

—¿Y si no contesta?

—Entonces no te digo nada, que es lo que hay.

Se bajó del lavabo.

—Vete tú primero. Te queda un cuarto de hora.

Aquello había sido un trato y estaba cumplido. No dije nada más. En la puerta me volví. Lidia miraba la pantalla, que seguía encendida.

Volví pegada a la pared, con la luz del control en la otra punta y sin respirar del todo.

Guardé la hoja de derechos en el bolsillo del pantalón, con la del día 4, y me metí en la cama con los pies fríos. Me tapé hasta la barbilla y cerré los ojos para que me encontraran dormida.

No lo conseguí. Le había dicho a una mujer que me cobraba los yogures lo que no le había dicho a mi madre. Lo había dicho con sus palabras exactas, que eran pocas, y ya no eran solo mías. A cambio tenía una palabra en una pantalla. «Enviado».

A la una y veinte se abrió la puerta y se encendió la luz.

—Cristina, ¿estás despierta?

Podía no contestar. Pensé que una paciente que no contesta también se apunta.

—Sí.

—¿No has dormido nada desde antes?

—No.

—¿Te encuentras mal?

—No.

—¿Quieres que avise a la enfermera?

—No. Gracias.

—Vaya. Intenta no darle vueltas. Vuelvo a las tres menos diez.

Tenía la hoja doblada apoyada en el marco. Escribió una hora y dos o tres palabras.

Apagó.