Capítulo 12
Solicita el alta voluntaria en contexto de agitación.
La enfermera me dio la pastilla en el control, a las nueve y media, y esta vez no me explicó nada. Era mi segunda noche con pastilla. Yo ya sabía cuánto tardaba y qué me quitaba primero. Tenía una hora, con suerte.
En la comida y en la cena no habíamos hablado de nada. Había tres auxiliares en el comedor y me faltaba algo con que empezar.
Entré en la sala común con el yogur de la cena en la mano, sin abrir. Las cuatro estaban en el rincón de siempre. Lidia alargó el brazo antes de que me sentara.
—Lo mío.
Se lo di. Traía una cucharilla de plástico en el bolsillo de la chaqueta. Le quitó la tapa, la lamió y empezó a comer despacio, mirándome.
—Uno —dijo—. Mañana el otro.
—Mañana el otro.
—A mí me lo han contado antes de comer, con tres versiones —dijo Berta—. En las tres pedías el alta.
—La pedí a las diez. No me la han dado. —Me senté en mi mitad del sofá—. Desde esa hora no soy voluntaria. Me dijeron que esta tarde comunicarían el internamiento al juzgado. Decide un juez.
Neli dejó de darle vueltas a su vaso.
—¿Cuándo? —dijo.
—No me han dado día. La hoja pone el 6.
—Tres días —dijo Lidia—. Y mientras, aquí.
—¿Te lo han dado por escrito? —dijo Marga.
—Una hoja con mis derechos.
—Mira qué bien —dijo Berta—. Entras por tu pie y te quedas por el suyo. Esta casa es así de hospitalaria.
Nadie se rio. Berta esperó la risa un segundo de más y luego se miró las manos.
Yo llevaba desde mediodía con una sola pregunta. Había desayunado entero, había dado los buenos días y había acabado pidiendo el alta en un mostrador. Quería saber dónde estaba el fallo, y con una línea al día no lo iba a saber.
—Voy a por las demás —dije—. Las siete. Las leemos enteras.
—¿Aquí? —dijo Lidia.
—La de noche no pasa hasta las once —dijo Berta—. Lo pone el cuadrante.
En la habitación saqué el fajo de la funda de la almohada: seis hojas y el pie suelto del día 7. Crujió. Le añadí la hoja del día 3, que llevaba en el bolsillo, me lo metí todo debajo del jersey y volví por el pasillo con los brazos cruzados.
Las puse en la mesa baja, por orden. Lidia apartó el envase para que no las manchara. La primera llevaba arriba la línea en negrita. Acababa en «confidencial».
—Confidencial —dijo Lidia—. O sea, que no eran para ti.
—No.
Berta alargó la mano hacia la primera.
—Lee Marga —dijo Lidia—. Tú las adornas.
—Yo las mejoro.
—Por eso.
Marga se sentó delante y las cuadró con dos dedos.
Leímos por orden: una hoja, sus cuatro apartados, la siguiente. Marga leía y las demás escuchábamos. La del día 1 la despachó deprisa, porque yo ya les había contado lo de las firmas y las llamadas. Se paró en las rondas con luz cada dos horas, durante la primera semana.
—A mí hace meses que no me encienden —dijo Berta.
—Es lo de la primera semana —dijo Marga—. Lo pone.
En la del día 2 fue más despacio. Allí estaba la entrevista, y un sueño con una puerta que no abre desde dentro, conocido por información previa.
—¿Previa de quién? —dijo Lidia.
—Mi madre habló con ellos antes de que yo viniera. Lo contaría por ayudar.
—Por ayudar a quién.
—A mí.
Lidia rebañó el envase y no dijo más. Marga pasó al tercer apartado. Antes de una palabra hizo una pausa. Pensé que eran las comillas, que estaban mal puestas.
—«Durante la entrevista refiere contenido onírico recurrente relacionado con una puerta que no abre desde dentro. Al cuestionarse el origen de la información, aumenta la desconfianza hacia el equipo. Verbaliza: “alguien les ha contado mis sueños.” Ideas de perjuicio a valorar».
Hasta entonces no había oído entero ese apartado. El día anterior me había quedado en mi frase. Ahora la habían oído las cuatro, con el sueño delante.
—Esas son las seis palabras —dijo Berta.
—¿Y se los habían contado? —dijo Lidia.
—Sí.
—Pues ahí pone que son ideas tuyas.
—Pone «a valorar» —dijo Marga.
—¿Y quién lo valora?
—Ellos —dije—. Las seis palabras son mías. Lo otro no. «Refiere». Yo no referí nada. El sueño lo nombró él y yo pregunté qué puerta. Ahí pone que lo conté yo. Y ese apartado se llama criterio de registro. Es como queda apuntado.
No sabía adónde iba después lo apuntado. Sabía que la directora había dicho «el informe del centro» y que un juez iba a recibirlo. No pude ir más lejos. Marga ya tenía la tercera hoja en la mano.
La leyó entera. Volvió a sonar «Comunicación», la palabra de la cabina, y nadie dijo nada. Sonaron los tres indicadores que yo había repasado en el mostrador. Llegó al final.
—«Resultado esperado: la paciente solicita el alta voluntaria en estado de agitación». —Levantó la vista—. No pone «quiere irse». Pone «solicita».
—¿Y qué más da? —dijo Lidia.
—Querer no se apunta. Una solicitud sí. Lleva hora.
A mí me habían apuntado las diez.
—Lee la última frase de arriba —dije—. La que conté yo esta mañana.
—«De solicitarse el alta, se valorará la continuidad del ingreso, comunicándose al juzgado dentro de plazo».
—Una frase dice que lo pides —dijo Marga—. La otra dice qué hacen cuando lo pides. Están en la misma hoja.
Esa hoja estaba escrita antes de la llamada. Tenían preparado qué hacer con mi petición cuando yo todavía no tenía nada que pedir. Y delante habían puesto diez minutos con mi hija y a una mujer que retiraba el teléfono.
Llevaba desde las diez creyendo que el fallo había sido no callarme. El corte habría llegado igual, en el mismo minuto, con Nora al otro lado. Me había portado bien toda la mañana y no me había servido.
—No lo adivinaron —dije—. Me llevaron.
—Te lo dije anoche —dijo Lidia—. Alguien lo ha escrito para algo.
—Lo dijiste.
—Y me creíste lo justo para apostar en contra.
Tenía razón y me había costado dos yogures. Era lo más barato de aquel día.
Empezaba a costarme. Las frases de las demás me llegaban enteras, pero un poco tarde. Marga leía y yo iba una línea por detrás.
Lo que quedaba lo oí más corto. El día 4 traía rondas cada noventa minutos, con una pregunta.
Me cambiaba de sitio en el comedor y me ponía al lado de una «paciente de apoyo».
Decía que dormiría menos de cuatro horas, que estaría irritable y que haría confidencias a esa paciente. Acababa en que rechazaría el desayuno.
—¿Qué es una paciente de apoyo? —dijo Neli.
—Aquí no hay de eso —dijo Berta—. Hay auxiliares, hay enfermeras y estamos nosotras.
—No lo define —dijo Marga.
El día 5 hablaba de otra entrevista y de un dato: que dejé de conducir cuando nació Nora.
—¿Eso tampoco lo has contado aquí? —dijo Lidia.
—No. Pero eso lo sabe mucha gente. Mi madre, su padre, mis amigas.
El día 6 traía a un juez en la planta, a una abogada y una frase mía entre comillas que yo no había dicho. Quise preguntar algo sobre esa frase y se me fue antes de llegar a la boca.
Marga cogió la séptima.
—«La paciente de apoyo, devolverá en el comedor lo que le fue confiado».
—Es la misma —dije.
—Pone «la» —dijo Marga—. Una.
—Paciente —dijo Lidia—. O sea, una de la planta.
Nadie hizo un chiste. En la planta éramos veintitantas. En aquel rincón, cinco.
—¿Y tú qué le vas a confiar a nadie? —me dijo Lidia.
—Nada.
Lidia miró hacia la puerta.
—Viene alguien.
Marga juntó las hojas de un golpe y me las pasó. Me las metí debajo del jersey. Berta puso la jarra donde habían estado.
Yo tenía el fajo contra la tripa y las dos manos encima.
La auxiliar de noche se asomó con una hoja doblada en la mano. Miró la mesa: una jarra y cinco vasos.
—Cristina, estás aquí. ¿Cómo te encuentras?
—Bien.
—Te lo digo para que no te asustes. Desde esta noche paso a verte cada hora y media. Es observación. Lo tengo pautado así. Entro, te pregunto y me voy.
—¿Cada hora y media?
—Sí. La ronda normal ya no te entra. Vengo yo aparte. Luego, a las doce menos diez.
—¿Con luz?
—Un momento solo. Para verte.
Miró su reloj y se fue.
Cada hora y media. Noventa minutos.
—Han venido antes —dijo Neli.
—Cuarenta minutos —dijo Marga—. El cuadrante está en el corcho y pone las once. De hora y media no pone nada.
—¿Y eso desde cuándo? —dijo Lidia—. ¿A alguien más se lo han puesto?
—La hoja pone día 4 —dije—. Hoy es día 3.
Tardé en acabarlo.
—Para dormir mañana menos de cuatro horas... tienen que empezar hoy.
Miré a Berta. Era el sitio de un chiste.
Berta metió un vaso dentro de otro, y luego otro, y no dijo nada.
—Berta —dije.
—Ya.