Capítulo 11
De solicitarse el alta, se valorará la continuidad del ingreso, comunicándose al juzgado dentro de plazo.
Bajé a dirección con dos cosas preparadas. Si me decían que sí, me iba. Si me decían que no, retiraba lo dicho y volvía a ser lo que era a las nueve y media.
Había tenido hora y media para prepararlas, sentada en la cama. No hice la bolsa. Hacerla era dar por contestada una pregunta, y la última frase de la hoja decía «se valorará». Valorar no es negar. Me agarré a ese verbo y a las nueve cifras, que seguía repitiendo en tres grupos.
La fotografía de Nora estaba en la mesilla. No la miré mucho rato. Cada vez que la miraba se me iba una cifra.
La auxiliar se asomó dos veces. La segunda me preguntó si quería una tila. Le dije que no, gracias.
El temblor se me había ido de las manos. Me había dejado un cansancio que me bajaba por los brazos. En la escalera me costó seguir a la auxiliar.
En el despacho estaban los dos. La directora se levantó, como la víspera, y esperó a que me sentara. El psiquiatra estaba en una silla, a un lado de la mesa, con mi carpeta en las rodillas. Había un vaso de agua en mi lado. Esta vez me lo bebí.
En la mesa había una hoja girada hacia ella. No era el parte de la noche. Arriba tenía una hora: 10:00.
—¿Cómo estás ahora, Cristina?
—Cansada.
—Es normal después de un momento así. Esta mañana has pedido el alta en el control. Queremos explicarte qué pasa a partir de ahí. Primero el doctor.
Él no abrió la carpeta.
—He valorado si hoy puedes irte. Te digo en qué me apoyo.
Hace tres semanas hubo un intento, y es reciente.
La depresión sigue activa. Llevas dos noches durmiendo muy poco y estás comiendo muy por debajo de lo que necesitas.
Y esta mañana ha habido una agitación importante en el control.
Tampoco hay ahora mismo un plan de salida que yo pueda considerar seguro: adónde irías hoy, con quién, con qué seguimiento.
En estas condiciones no procede el alta.
A la mitad me perdí y lo recuperé en «agitación».
Él había dicho «un intento». Yo digo «lo que hice».
Las dos cosas nombran la misma noche. Todo lo que había dicho era cierto.
Las pastillas eran ciertas. Lo de las noches era cierto.
Esa mañana me había comido la tostada entera y no lo dije. Una tostada no era un argumento.
—Tengo adónde ir —dije—. A casa de mi madre. Con ella.
—Ese plan habría que prepararlo con ella y con un seguimiento fuera. Hoy no existe.
Era verdad. Yo no había hablado con mi madre de irme a su casa. Hasta el día siguiente no podía hablar con ella de nada.
—Entonces lo retiro.
Lo traía preparado y aun así me salió pequeño.
—Retiro lo que dije a las diez. No quiero el alta. Me quedo. Me quedo voluntaria, como estaba. Firmo lo que haga falta.
La directora juntó las manos encima de la mesa.
—Te agradezco que lo digas, y va a constar. Lo de las diez también consta, con su hora. —Tocó la hoja—. La supervisora te lo preguntó para apuntarlo bien y se lo confirmaste. Una cosa no borra la otra.
Apúntelo, había dicho yo.
—Pero si ahora digo que me quedo...
—Constará que ahora estás conforme. La revocación de las diez ya consta. Y el equipo ha valorado la continuidad del ingreso con lo que acaba de explicarte el doctor.
Valorado la continuidad. Eran las palabras de la hoja, en pasado. Lo que en mi bolsillo estaba en futuro había ocurrido mientras yo esperaba en la cama.
—¿Qué quiere decir eso?
—Que desde las diez tu ingreso ya no es voluntario.
Cuando una paciente retira su consentimiento y el equipo considera que debe seguir ingresada, el centro está obligado a comunicarlo al juzgado: que sigues aquí sin esa conformidad y por qué motivos.
Tenemos veinticuatro horas desde las diez. La comunicación sale esta tarde.
Me quedé en la mitad.
—¿Puede decírmelo más corto?
—Claro. Desde las diez no eres paciente voluntaria. Se lo decimos a un juez. El juez decide.
—¿Y si yo estoy conforme? ¿También se lo dicen?
—También. Con tu conformidad de ahora.
—¿Puedo retirar la petición o no?
—Puedes decirme lo que me has dicho, y queda escrito. Lo que no puedo es hacer que las diez no hayan pasado.
No me dijo que no se pudiera. Me dijo que daba igual.
La hoja lo decía y yo lo sabía. Lo había pedido igual. Si me hubiera callado en el mostrador, a esa hora estaría arriba, voluntaria, esperando otra llamada. El día anterior me había faltado saber que bastaba con callarse. Ese día lo sabía y no me había callado.
—¿Quién fijó los diez minutos? —dije.
—Consta como pauta del equipo terapéutico.
Era la respuesta del control, con otra voz.
—¿Y quién decide si salgo?
—Un juez. Recibirá nuestra comunicación, te verá y resolverá. Lo habitual es que venga a verte aquí, a la unidad. No tienes que ir a ningún sitio.
No tenía que ir a ningún sitio. Era la manera amable de decirlo.
—¿Cuándo?
—El juzgado tiene su plazo. Te informaremos en cuanto nos lo digan.
—¿Y sabrá que a las once y media he dicho que me quedaba?
—Constará.
—¿Qué más le van a mandar?
—Lo que ha explicado el doctor y el informe del centro.
Yo sabía tres cosas que había en ese centro con mi nombre. «Confusa», en el parte de la primera noche. Una frase sobre mis sueños, en la nota del psiquiatra. Y, desde las diez, «agitación». Tres días y tres anotaciones, y ninguna la había escrito yo.
Mi hoja decía el día 6. No se lo dije. La vista de Nora era dentro de diez días. Iba a llegar a ella con un papel de un juzgado que decía que no me habían dejado salir. A la abogada de Daniel no le iba a hacer falta más.
La directora puso delante de mí dos hojas iguales.
—Esta es una hoja informativa del centro, con tus derechos.
Explica lo que acabo de decirte: que el internamiento se comunica al juzgado, y que puedes indicar profesionales de tu confianza o solicitar que te defiendan y te representen de oficio.
La información formal te la dará el juzgado.
Podemos leerla juntas o puedes leerla tú ahora, con calma. Como prefieras.
La leí yo. Tardé. Había frases que tuve que empezar dos veces. En ninguna ponía «la paciente». Ponía «la persona internada». Me habían cambiado de nombre en un papel que todavía no había firmado.
—Tengo una abogada —dije—. La de la custodia.
—Puedes indicarla.
—No tengo su número. Está en mi teléfono, y mi teléfono lo tienen ustedes.
—El teléfono está depositado. Puedo trasladar al equipo que necesitas consultarlo.
Era otra petición, con otra hora apuntada al lado. Sabía su nombre, pero un nombre sin teléfono obligaba a alguien a buscarla, y tampoco sabía si una abogada de custodias servía para aquello. Mi madre tenía ese número, y con mi madre no hablaba hasta el día siguiente.
—De oficio —dije—. Pido que me los pongan de oficio. Que se lo digan al juzgado.
—Lo trasladamos con la comunicación. El juzgado hará la designación y te informará.
Escribió una línea. Luego giró hacia mí una de las dos hojas y me dio su bolígrafo.
—Aquí, que la has recibido. No firmas que estés de acuerdo. Solo que la tienes.
Firmé donde señalaba. Era la tercera vez en tres días que firmaba donde me ponían el dedo. Ella puso la hoja firmada encima de la de las diez.
Con el bolígrafo todavía en la mano cogí mi copia y escribí en el margen las nueve cifras, en tres grupos.
Las escribí despacio, comprobando cada grupo contra lo que llevaba dos horas repitiendo.
Me salió un tres que parecía un ocho y lo repasé.
La directora esperó a que acabara. No preguntó qué era. El psiquiatra tampoco.
Devolví el bolígrafo.
—¿Tienes alguna pregunta, Cristina?
Tenía una. Por qué había fallado hacerlo todo bien. No era para ellos.
—¿Cuándo puedo hablar con mi hija?
—Lo valoraré —dijo él.
—¿Se lo van a decir a mi madre?
—Tu autorización incluye información general sobre tu evolución y sobre el alta —dijo la directora—. La informaré hoy.
—¿Qué le dirá?
—Que continúas ingresada y que va a intervenir el juzgado. Información general.
Otra vez iba a saberlo por ella antes que por mí. Mi madre iba a oír «juzgado» en su cocina, con la radio puesta.
Me levanté. La directora me acompañó hasta la puerta, igual que el día anterior. Doblé la hoja por la mitad, con el número hacia dentro.
En el pasillo esperaba la auxiliar.
—¿Puedo subir sola?
—Hoy mejor te acompaño.
Eran las doce. Llevaba en la mano una hoja con mis derechos y, en el margen, un número de teléfono. Ya no podía irme.