La clínica de las esposas Capítulo 10
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Capítulo 10

Baja tolerancia al límite asistencial.

Pasé por delante de la sala común sin mirar dentro. Oí que alguien se levantaba de un sillón.

El control estaba en la otra punta del pasillo. La supervisora hablaba por teléfono. Levantó un dedo para que esperara y esperé, con las dos manos en el mostrador.

—Sí. A las nueve cuarenta y uno. La tengo aquí delante. Gracias.

Colgó. La hora era la mía.

Mientras esperaba había ordenado lo que iba a pedir.

La hoja decía lo que venía después de un corte: protesta, petición de hablar con dirección, demanda de alta.

Lo tenía leído. No iba a pedir a la directora.

Iba a pedir una cosa que no estuviera escrita: un nombre.

Alguien había puesto un diez y yo quería saber quién.

Y quería un minuto. Nora llevaba cuatro con un «mañana no».

Detrás del mostrador había un reloj redondo. Las diez menos cuarto.

La supervisora tendría unos años más que yo. Llevaba el pelo corto y una chapa en la que ponía «Supervisión». Me habló bajo.

—Dime, Cristina.

—Buenos días. Quiero que me devuelvan la llamada con mi hija. Se ha cortado a las nueve y cuarenta y uno, cuando le estaba contestando a una pregunta. Necesito un minuto para acabar la frase. Uno.

Lo pedí bien, con los buenos días delante. Mientras lo decía me di cuenta de lo que pedía. Un minuto más era una prórroga. A las nueve menos cuarto yo había dicho que no iba a pedirla.

—Me lo acaba de contar la auxiliar. Sé que ha sido un mal momento. La llamada tenía diez minutos y se han cumplido.

—¿Quién decidió que fueran diez?

—Es un límite asistencial.

—Eso es lo que es. Yo le pregunto de quién es. Un límite no se pone solo.

—Viene en tu pauta. Llamada con la menor, diez minutos.

—¿Quién firma la pauta?

—La pauta es del equipo. No te puedo dar un nombre porque no lo tengo, Cristina. A mí me llega así.

—¿Puedo ver dónde lo pone?

—Claro. Es tu pauta.

Sacó una hoja de una bandeja y la giró hacia mí, con el dedo debajo de una línea. «Llamada con la menor: 10 min. Sin prórroga». Al pie, donde va un nombre, ponía «Equipo terapéutico».

En la entrevista y en dirección me habían negado un papel. Allí me lo enseñaban sin que insistiera, y no me servía de nada.

La creí. Tenía delante a una mujer que cumplía un papel sin firma.

—A veces las primeras llamadas con los hijos se pautan cortas —dijo—. Se hace por las dos partes. Para que la niña no se quede peor y para que tú no te desbordes.

—La niña se ha quedado sin respuesta.

—Entiendo la queja y la dejo anotada.

Queja. En la hoja ponía «protesta». Era la primera de tres. La segunda no pensaba cumplirla.

—Ayer hablé con mi madre. Colgué yo, con minutos de sobra. La auxiliar me dijo por señas que sin prisa. Nadie me contó el tiempo.

—La llamada de hoy tenía un tiempo autorizado.

—¿Y la de ayer no?

—La de hoy lo tenía.

Las dos veces era verdad, y no me había dado nada.

Detrás de mí pasaba gente. Oí unas zapatillas que se paraban. No me volví.

—Entonces devuélvame el minuto. No pido otra llamada. Pido el final de esta. Mi hija me ha preguntado cuándo vuelvo. Tiene seis años. Le he dicho «mañana no» y se ha cortado. Se ha quedado con eso. Nora se ha quedado con eso.

—Lo entiendo. Hoy no puede ser.

—¿Por qué?

—Porque no está en tu pauta, y yo no puedo cambiarla.

—¿Quién puede?

—Tu psiquiatra puede revisarla.

—Entonces la puso él.

—Yo no he dicho eso. Las pautas se acuerdan en equipo. Él puede revisarla.

—Pues llámelo.

—Está en consulta. Le dejo aviso ahora mismo.

Lo apuntó. Tardó en apuntarlo. Las diez menos nueve.

—Espero —dije—. Espero aquí lo que haga falta, sin molestar. ¿Cuánto dura una consulta?

—No lo sé. Una hora. A veces más.

—Mi hija no puede estar una hora con un teléfono en la mano.

—Puedo dejar escrito también que quieres hablar con tu hija, para que valoren otra llamada.

—¿Cuándo?

—No te puedo decir un día.

Era mi frase. Se la había dicho yo a Nora diez minutos antes, con esas palabras, y Nora había preguntado si mañana.

—Entonces que la llame alguien —dije—. Usted, la auxiliar, quien sea. Que alguien marque ese número y le diga a la niña que no he colgado yo. Solo eso. Que no he sido yo.

—No puedo llamar a tu familia sin una indicación. Lo siento de verdad.

La auxiliar de la cabina había llegado detrás de mí y había dejado mi ficha en el mostrador.

—Tiene el número ahí. En esa ficha.

—Lo sé.

—Su padre estaba protestando cuando se ha cortado. Él también quería que acabara la frase.

—Eso no lo sé, Cristina.

Yo oía mi voz. Había subido. La enfermera del fondo había dejado lo que hacía y se había acercado dos pasos, sin pasar de ahí.

Me volví. En el pasillo se habían parado tres o cuatro pacientes.

Una auxiliar las hacía seguir con la mano, sin meterles prisa.

Lidia y Neli no siguieron. Lidia me miraba como en el patio, de arriba abajo.

Me acordé de los yogures. Neli miraba a la supervisora. Berta y Marga no estaban.

—Cristina, baja un poco la voz, por favor. Hay compañeras. ¿Vienes conmigo al cuarto de al lado y lo hablamos sentadas?

—No. Aquí. Lo que pida lo pido aquí.

Sentadas y con la puerta cerrada, lo que yo dijera lo iba a contar ella.

—Mi hija está esperando. No ha colgado. Ella no cuelga. Nora se queda con el teléfono en la mano hasta que alguien se lo quita.

—Mírame, Cristina. Vamos a respirar un momento las dos. Luego te sientas y te traemos agua.

—No quiero agua. Quiero un minuto. Un minuto. Nora.

—Ya lo sé.

—¿Sabe lo que es «mañana no» para una niña de seis años? Es...

No acabé. No sabía lo que era. Lo sabía ella, con el teléfono en la mano.

No me salía más. Las manos me temblaban encima del mostrador y no las quité de allí. No toqué nada más.

Las diez menos dos. Notaba la tostada en la garganta.

La hoja estaba en mi bolsillo de atrás. Sabía la frase del final.

Sabía lo que harían si lo pedía. Callarme me costaba otro día con Nora esperando.

Pedirlo me costaba lo que ponía en esa frase.

Lo sabía. Y Nora estaba fuera, detrás de nueve cifras, y fuera había teléfonos. Me bastaba el de cualquier bar.

El reloj redondo marcó las diez.

—Me voy —dije—. Vine yo. Firmé yo. Era voluntario. Retiro el consentimiento. Quiero el alta. Hoy. Ahora. Deme mi teléfono y me voy.

Nadie se movió. La auxiliar del pasillo se había quedado con la mano en el aire. Una de las pacientes que pasaban dijo «hala», muy bajo.

—El teléfono está depositado y se entrega con el alta —dijo la supervisora—. ¿Me estás diciendo que retiras tu consentimiento y pides el alta? Te lo pregunto para apuntarlo bien.

—Sí. Eso digo. Apúntelo.

Miró el reloj y escribió.

—Lo apunto con su hora. Eso lo valora tu psiquiatra.

—No hay nada que valorar. Me voy.

—El alta no la doy yo. La valora él.

Entonces me oí. Me oí como me oían Lidia y Neli desde el pasillo, y la enfermera, y la supervisora con el bolígrafo. La voz alta. Las frases a trozos. El nombre de mi hija tres veces. Había pedido el alta y la había pedido así.

En estado de agitación. Marga lo había leído entero la noche anterior y yo había contestado que ni agitada ni tranquila.

No lo había hecho sin saber. Lo había hecho sabiéndolo, y de la manera que estaba escrita.

Tampoco me hacía falta ver qué apuntaba la supervisora. Cómo iba a quedar aquello lo llevaba yo en el bolsillo, en el tercer apartado. Baja tolerancia al límite asistencial. Solicita el alta voluntaria en contexto de agitación.

Cuatro para acordarse, había dicho Berta. Dos lo habían visto. Las otras dos no iban a tardar en saberlo.

Lidia había ganado dos yogures. No lo dijo. Se fue pasillo adelante sin una palabra. Neli se quedó un poco más y luego fue detrás.

—Ahora te acompaña una auxiliar a tu habitación —dijo la supervisora—. Tu psiquiatra tiene el aviso. En cuanto salga de consulta, te llaman.

—¿Y la llamada?

—Hoy no, Cristina.

La enfermera dejó un vaso de agua en el mostrador, a mi lado. No lo cogí.

—Vamos, Cristina —dijo la auxiliar de la cabina.

Solté el mostrador. Tenía el canto marcado en las palmas.

La hora estaba apuntada. Nadie me devolvió la llamada.