La clínica de las esposas Capítulo 9
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Capítulo 9

Comunicación del fin del tiempo autorizado en el minuto diez, sin prórroga.

Me había comido la tostada entera y había dado los buenos días en el control. A las nueve menos veinte me quedaba lo difícil.

Había dormido cuatro o cinco horas, a trozos, entre ronda y ronda. No era descansar. Pero la pastilla se había ido y ya podía llevar una frase larga hasta el final.

La tostada me había costado. La mastiqué delante de Berta y de Marga, con tres auxiliares en el comedor, hasta que en el plato solo quedaron migas. La auxiliar que recogía las bandejas miró la mía y dijo «muy bien». Berta dijo que así se dejaba un plato y que tomaran nota las demás.

En la sala común no había ninguna auxiliar. Nos sentamos en el rincón de la víspera. Saqué la hoja del bolsillo de atrás y se la di a Marga abierta.

—Arriba —dije—. Donde pone «Intervención prevista».

Marga leyó sin entonar.

—«Primera llamada con la menor, de diez minutos. Comunicación del fin del tiempo autorizado en el minuto diez, sin prórroga. La auxiliar de turno, retirará el terminal».

—Diez minutos y sin prórroga —dijo Berta—. Ni penaltis. Aquí el árbitro va con zuecos.

—No pone penaltis —dijo Marga.

—Ya lo sé, hija.

—Queda una frase.

—Esa la digo yo —dije—. Es lo que harían si pidiera el alta: valorar si sigo ingresada y avisar a un juzgado. No la voy a pedir. Para hoy sobra.

—La has contado. No la has leído.

—Mañana la lees tú, si hace falta.

—Mañana es otra hoja.

—Dos yogures a que no sobra —dijo Lidia.

Se había sacado un móvil del bolsillo de la chaqueta y miraba la hora. Yo lo miré más de lo educado. El mío llevaba dos días en un sobre, con resguardo.

—¿Qué? Es mío. Me lo dejan. Aquí se llama privilegio y se gana.

—A mí, por portarme bien, me dejan el mando de la tele —dijo Berta.

—Tú no te portas bien. —Lidia guardó el móvil—. Las nueve menos cuarto. Dos yogures a que la hoja acierta. A que hoy pides el alta.

—No tengo yogures.

—Los de tu cena. Dos noches.

—Falta el plazo —dijo Marga.

—Hasta la cena de hoy.

—Entonces queda así. Si Cristina pide el alta antes de la cena de hoy, debe dos yogures a Lidia. Si no la pide, se los debe Lidia a ella.

—Hecho —dije—. Y te digo cómo los pierdes. Pone «sin prórroga». Una prórroga solo se niega cuando alguien la pide. Yo no voy a pedirla. Voy a colgar yo, en el minuto nueve. Si cuelgo yo, no hay nada que cortar ni nada de qué protestar.

—¿Y a la niña qué le dices?

—Que la quiero y que tengo que colgar.

—¿Y si te pregunta cuándo sales?

No contesté. Lo había pensado en el desayuno. No tenía ninguna fecha, y a una niña de seis años no se le da una inventada. Había decidido no darle ninguna.

—Te has comido la tostada entera —dijo Neli.

Era un dato y me sirvió más que un ánimo.

Marga me devolvió la hoja doblada por sus dobleces. La guardé donde estaba.

La auxiliar de la mañana vino a buscarme a las nueve y veinticinco. Traía una ficha de cartulina con mi nombre.

Me había peinado con agua antes de ir al desayuno. No sabía para quién, si era por teléfono.

Por el pasillo repasé el plan como una lista. Decirle que la quería. Preguntarle por sus cosas. No darle un día. Despedirme a tiempo y colgar yo. Dar las gracias al salir.

En el banco de fuera no había nadie. La cabina era la misma, con su teléfono y el reloj digital encima. Las 09:28.

—Esta llamada tiene un tiempo autorizado de diez minutos —dijo—. Yo me quedo aquí, en la puerta.

—¿Desde cuándo cuentan? ¿Desde que marca o desde que contestan?

Lo pensó. Se notó que nadie se lo había preguntado.

—Desde que contestan. Lo miro en ese reloj.

—Gracias.

—El contacto de tu hija es su padre. Marco yo. Mira si es este.

Me enseñó la ficha con el dedo debajo de una línea. No había más nombres que el mío. Nueve cifras. Yo no me las sabía: las había marcado siempre tocando un nombre. Las reconocí al verlas, que no es lo mismo.

—Es ese.

Mientras marcaba las partí en tres grupos de tres y me las repetí. Era el número donde estaba Nora.

Me sequé la mano en el pantalón antes de coger el auricular. Ella se quedó en el marco, con la puerta de cristal abierta. La víspera, la auxiliar estaba en el banco y me había dicho por señas que sin prisa.

Un tono. Dos.

—¿Mamá?

Las 09:31.

—Hola, Nora. Hola, cariño.

Por teléfono tenía la voz más fina. O yo la recordaba más grave. Llevaba días sin oírla y ya no estaba segura.

—Papá me ha dado el teléfono. Ha dicho que eras tú.

—Soy yo. ¿Qué haces?

—Nada. Papá ha quemado el pan y lo ha rascado con el cuchillo, pero sabe a quemado igual.

—¿Y te lo has comido?

—La mitad. La otra mitad se la ha comido él.

Me reí. Ella también, un poco después, porque me había oído.

—Mamá, se me mueve un diente.

—¿Cuál?

—El de abajo. El de al lado del que se me cayó. Papá dice que no lo toque con la lengua.

—¿Y lo tocas?

—Un poco. Mamá, ¿el ratón sabe ir a casa de papá?

—Sabe. Va adonde esté la almohada.

—¿Aunque no sea mi cama de siempre?

—Aunque no lo sea. Mira debajo de la que tengas.

—Vale.

—¿Quién te ha peinado hoy?

—Papá. Me hace la coleta y se me cae.

—Dile que la goma da tres vueltas. Con dos no aguanta.

—Tres vueltas. Luego se lo digo.

—¿No está ahí?

—Está aquí al lado. Hace como que no oye.

Las 09:34. Le pregunté si dormía bien. Me dijo que en casa de papá había reglas. No se desayuna con dibujos. Los zapatos se dejan en la entrada. Y la puerta.

—¿Qué pasa con la puerta?

—Que papá la cierra cuando me duermo y yo le digo que no, que abierta. Y ahora pone una zapatilla para que no se cierre.

—Eso está muy bien. ¿La tuya o la suya?

—La suya, que pesa más. ¿Ahí también hay reglas?

—Once. Están en la puerta.

—¿Once? Papá tiene tres.

—Aquí les gustan más.

Yo miraba el reloj y la oía. Las dos cosas a la vez no se hacen bien.

Las 09:36. Hice la cuenta: tres minutos de preguntar y uno de despedirme.

Me contó que había metido a su conejo en un cajón para que durmiera, que el conejo no podía respirar y que lo había sacado. Me preguntó si allí había camas.

—Sí. Hay camas.

—¿Y tienes tu almohada?

—Tengo una de aquí.

—¿Es blanda?

—Hace ruido. Pero es blanda.

—¿Y quién te hace la cena?

—Aquí la hacen para todas. Cenamos muy pronto.

—¿Más pronto que yo?

—Más pronto que tú.

—Qué rollo.

Las 09:38. Le dije que la quería. Se lo dije dos veces, porque la primera se me quedó corta. Ella dijo «yo también» deprisa, como dice las cosas que ya sabe. No le dije que la echaba de menos. Eso era darle un trabajo.

Las 09:39. Tenía la frase preparada. Nora, tengo que colgar ya, un beso muy grande. Puse la mano libre encima de la horquilla del teléfono.

Las 09:40.

—Nora, tengo que...

—¿Cuándo vuelves?

Quité la mano de la horquilla.

La auxiliar se movió en el marco. No la miré.

—No lo sé todavía, cariño. No te puedo decir un día.

—¿Mañana?

—Mañana no.

—¿Y después de mañana?

—Nora, escucha. Yo voy a...

—Cristina. —La auxiliar había dado un paso dentro—. Te comunico que ha terminado el tiempo autorizado.

Lo dijo de un tirón, como se dice algo aprendido. «Te comunico». En la hoja ponía «Comunicación». Era la misma palabra.

—Un momento. Me ha hecho una pregunta. Le estoy contestando.

—Lo siento. Tengo que retirar el teléfono.

—¿Mamá? Papá, una señora dice que se ha terminado.

Oí un roce y después la voz de Daniel, cerca, enfadada.

—¿Cómo que se ha terminado? Oiga, que está hablando con su hija. Que la niña le ha preguntado una cosa. Déjenla acabar la fra...

La auxiliar había alargado la mano hacia el auricular y esperaba. No me lo arrancó. Lo solté yo. Colgó ella.

Las 09:41.

—¿Puede volver a marcar? Un minuto. Para acabar la frase.

—No puedo, Cristina. De verdad que no.

—¿Quién ha decidido que fueran diez?

—A mí me lo dan apuntado. Eso se pregunta en el control.

Escribió algo en la ficha. No me hizo falta leerlo para saber qué hora ponía.

No tenía mala cara. Tenía la cara de quien ha hecho lo que ponía en un papel. No le di las gracias.

El minuto lo había perdido yo. Tenía que haber colgado a las 09:40 y contesté. Pero el corte había llegado en el minuto que decía la hoja, y ese diez no lo había puesto yo. Alguien lo había puesto.

Nora se había quedado con un «mañana no». Era lo último que tenía de mí.

Daniel había pedido que me dejaran acabar una frase. Lo habría pedido por la niña, no por mí. Aun así lo había pedido.

Salí de la cabina con nueve cifras en la cabeza y media frase sin decir. Fui al control a que me devolvieran la llamada.