Capítulo 8
Suspicacia hacia el equipo.
A las nueve y media me dieron la primera pastilla de la noche. A las diez menos veinte todavía pensaba claro y no sabía cuánto me iba a durar.
Fue en el control. La enfermera me puso en la mano un vaso pequeño con un comprimido y otro con dos dedos de agua.
—Es para dormir. Te la ha pautado tu psiquiatra después de la entrevista. Tarda un rato en notarse.
Me la tomé delante de ella. Esperó a ver el vaso vacío.
—Y mañana a las nueve y media tienes la llamada con tu hija. Viene una auxiliar a buscarte.
Lo dijo como una buena noticia. Lo era. Yo la llevaba desde media tarde debajo del jersey, con lo que iba a durar.
—Gracias —dije.
Diez minutos después entré en la sala común con las siete hojas contra la cintura.
La sala tenía dos sofás, unos sillones, una mesa baja con una jarra de agua y una tele con el volumen casi quitado.
La puerta daba al pasillo y no se cerraba.
Las cuatro se habían puesto en el rincón que no se veía desde fuera.
Berta ocupaba medio sofá. Lidia tenía las piernas recogidas en un sillón.
Marga miraba un concurso. Neli sujetaba un vaso con las dos manos.
En la cena no había dicho nada. En el comedor había tres auxiliares y Berta, sentada enfrente, me había mirado el jersey dos veces sin preguntar.
A ella le debía una biblioteca y una línea en el parte de la tarde.
Pero lo que tenía que decidir esa noche prefería decidirlo con gente delante.
A solas ya había decidido otras cosas y no me habían durado.
Me senté en la otra mitad del sofá. Marga estaba a un metro, con las manos quietas encima de las rodillas. Tres horas antes no podía salir de una frase.
—¿Ha ido alguien a mirar el gas? —le pregunté.
—La supervisora dijo que dejaba el aviso. No sé si han llamado. No sé si han ido.
—¿Y si lo preguntas tú?
—Lo he preguntado dos veces. Si lo pregunto tres, lo apuntan.
Lo dijo como una cuenta. Yo traía otra.
—Eran siete —dije.
—Siete qué —dijo Berta.
—Siete hojas. Una por día, del 1 al 7. Lo que os leí en el patio es el final de la última.
Lidia bajó los pies al suelo.
—¿Y de qué hablan?
—De mí. La de ayer decía que firmaría las autorizaciones y que preguntaría por el horario de llamadas antes de la cena. Firmé y pregunté antes de la cena. La de hoy traía una frase mía entre comillas. La he dicho esta mañana en la consulta, a las doce menos diez. Estaba escrita de antes.
—Eso se escribe luego y se imprime —dijo Lidia—. Un parte de ayer te lo hago yo en cinco minutos.
—Esa mujer salió de la planta anoche, a las once y diez, entre dos celadores. La frase la he dicho hoy.
—¿Qué frase?
—Una de seis palabras. Estaban las seis.
—No te he preguntado cuántas.
—Ya lo sé.
No la repetí. Para repetirla había que contar un sueño, y detrás del sueño venía mi madre. De los días 4 a 7 tampoco dije nada. Marga había dejado de mirar la tele.
—Berta —dije—. Tú sabías que esa mujer deja papeles en el atlas. ¿Cómo llega alguien a unas hojas así?
—Siete —dijo Berta—. Yo me llevo una línea en el parte por hacerte sitio, tú te llevas siete hojas y encima vuelves con preguntas. Con ese reparto no me pidas nada más hasta el día 7.
—Eso no es contestar.
—Es lo que hay a estas horas. —Alargó la mano—. Trae la de mañana, que esto hay que anunciarlo.
Miré la puerta. No pasaba nadie. Saqué la tercera hoja de debajo del jersey y la dejé doblada como venía, con el pie hacia fuera. Así solo se veía el último apartado.
—Lo de arriba es la llamada con mi hija —dije—. Es mañana. Eso lo leemos mañana.
Berta cogió la hoja con dos dedos, se enderezó y habló para el sofá de enfrente, con voz de anunciar y sin subirla.
—Señoras, el horóscopo de mañana. Día 3. Atenta la catorce: «la paciente solicita el alta voluntaria». Se nos va la nueva. Dos días en la casa y ya pide la cuenta.
Neli sonrió hacia su vaso.
—Te has dejado el final —dijo Marga.
—El final no tiene gracia.
—El final es lo que pone.
Le quitó la hoja sin brusquedad, la puso a la distancia de leer y leyó sin entonar.
—«Resultado esperado: la paciente solicita el alta voluntaria en estado de agitación».
—Agitación —dijo Berta, ya sin la voz de antes—. Esa palabra aquí se apunta. A mí me la pusieron, y luego tarda en irse del papel.
—¿Agitada cómo? —dijo Lidia—. ¿Quién decide que lo estás?
—La que escriba —dije.
—Entonces da igual cómo lo pidas.
—No da igual, porque no lo voy a pedir.
Lo dije antes de pensarlo del todo. Una vez dicho, me pareció lo único limpio que tenía. Marga me devolvió la hoja doblada y la sujeté debajo de la mano, contra la rodilla.
—Mañana no voy a pedir el alta —dije a las cuatro—. Ni agitada ni tranquila. Esta mañana no sabía que bastaba con callarse. Ahora lo sé. La hoja dice que la pido. Si no la pido, la hoja falla.
—¿Y quién gana si te portas bien? —dijo Lidia.
—Yo.
—Tú no has escrito eso. Lo ha escrito otro, y lo ha escrito para algo. Si mañana eres una santa, ¿a quién le sale a cuenta?
Tenía la respuesta. Era una frase con dos mitades, y la segunda empezaba por «aunque». Cuando llegué al «aunque», la primera mitad ya no estaba. Tenía la boca seca. Neli empujó la jarra hacia mí y bebí.
—A mí —dije—. Me sale a cuenta a mí.
—Eso no lo sabes.
—No.
—Pues yo no me lo creo —dijo Lidia—. Lo de la hoja no lo sé. Lo tuyo no me lo creo. Mañana hablas con tu hija. Yo he visto salir gente de esa cabina. Te lo digo hoy, que mañana ya no tiene mérito.
—Pues ya lo habéis oído —dijo Berta—. La del horóscopo no pide el alta. Somos cuatro para acordarnos.
No lo dijo en broma. Yo había querido testigos y ya los tenía. Si fallaba, iba a fallar delante de las cuatro.
—Si se lee una, se leen todas —dijo Marga—. La de cada día, ese día, entera y en voz alta. Mañana a las nueve menos veinte, aquí. En el comedor hay tres auxiliares.
—¿Y eso para qué? —dijo Lidia.
—Si la lee ella sola, luego nos la cuenta. Hoy ha contado seis palabras y no ha dicho cuáles.
—Aprobado —dijo Berta—. Lee Marga, que no se salta nada.
Nadie me preguntó. Las hojas eran mías y la lectura había dejado de serlo.
—Por la mañana hay que tener cuidado con...
No encontré con qué.
—Se te cierran los ojos —dijo Neli.
Oí pasos en el pasillo. Metí la hoja debajo del jersey antes de que la auxiliar se asomara.
—Cristina, tú hoy pronto a la cama, que es tu primera noche con la pastilla. Si te mareas al levantarte, tocas el timbre.
—Vale. Gracias.
Me levanté despacio. El suelo estaba un poco más lejos que antes.
En la habitación hice las cosas una por una. Juntas ya no me cabían.
Saqué las siete hojas. Aparté la del día 3. Saqué del pantalón el pie del día 7 y lo puse con las otras seis. La almohada llevaba una funda de plástico debajo de la tela. Metí el fajo entre las dos, plano. Crujió igual que la primera noche.
Antes de doblar la del día 3 leí lo de arriba, lo que no había enseñado. Diez minutos de llamada. Sin prórroga. Una auxiliar que retiraría el terminal. Y al final, lo que harían si pedía el alta: valorar si seguía ingresada y avisar a un juzgado.
Mejor. Era otro motivo para no pedirla.
La doblé en cuatro y la guardé en el bolsillo de atrás del pantalón, para la mañana.
Me acosté en mi lado. La pregunta de Lidia seguía por ahí. Quién ganaba. Empecé a contestarla otra vez desde el principio y tampoco llegué al «aunque».
La ronda de las once encendió la luz y la apagó. No abrí los ojos.
Antes de irme del todo lo dejé decidido, en frases cortas, que eran las que me quedaban. Mañana iba a desayunar entero. Iba a dar los buenos días en el control. Iba a hablar con Nora diez minutos y a dar las gracias al colgar. No iba a pedir nada.