La clínica de las esposas Capítulo 7
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Capítulo 7

Preguntas por el origen de la información.

La auxiliar de tarde vino a buscarme a las seis y veinticinco, como había dicho. Yo la esperaba de pie, con el jersey estirado.

Por el pasillo fui repitiendo la pregunta. Tenía que ser corta y llevar las palabras de él, no las mías. Notaba las hojas a cada paso, contra la cintura.

La sala de llamadas era una cabina con una puerta de cristal, un teléfono y un reloj digital encima. Fuera había un banco y otra auxiliar con una lista. En la lista había cinco nombres, cada uno con su hora. El mío era el último.

—Cristina, vas detrás de Marga. Está con sus hermanos. Le quedan dos minutos.

Marga estaba dentro, de pie, con el auricular pegado a la oreja y la otra mano abierta contra el cristal. No se oía nada. Movía la boca poco, en frases cortas, y entre una y otra miraba el reloj. Luego dejó de hablar y solo escuchó. La mano del cristal se le cerró.

Colgó ella. Tardó en abrir la puerta.

—¿Ya está, Marga? —dijo la auxiliar.

—Alguien tiene que ir a mirar el gas.

Lo dijo sin levantar la voz, mirando a la auxiliar, como quien da un recado.

—¿Qué gas?

—Alguien tiene que ir a mirar el gas.

—¿El de tu casa? Estarán tus hermanos, mujer. Siéntate un momento.

La auxiliar miró su lista, como si en la lista pudiera venir algo para eso.

Marga no se sentó. Tenía los brazos pegados al cuerpo y los dedos estirados.

Era la misma mujer que cuatro horas antes me había devuelto una hoja doblada por sus dobleces, y la cara era otra.

Estaba ocupada entera en una sola cosa, sin enfado y sin tristeza, y le costaba respirar por encima de ella.

—Alguien tiene que ir a mirar el gas.

Tres veces. Ni una palabra cambiada, ni una de más. En el patio había contado las compañeras de un banco para saber qué decía una frase. Ahora la frase era suya y no podía salir de ella.

—Marga —dije.

Me miró. Me reconoció y no le sirvió de nada.

—¿Quieres que lo apunte? —dije—. La calle y el piso. Para que quien vaya sepa adónde.

Fue lo único que se me ocurrió ofrecerle, un papel con las cosas bien puestas. Abrió la boca. Lo que salió no fue una calle. Movió los labios con la misma frase, sin voz, y los cerró.

—Vamos a hacer una cosa —dijo la auxiliar, y se levantó—. Vienes conmigo al control, se lo contamos a la supervisora y que llamen ellos a tu familia para que vaya alguien. ¿Te parece?

Marga tardó. Luego movió la cabeza, una vez. La auxiliar le puso la mano en la espalda sin apretar.

—Cristina, entra tú. Marcas y hablas. Vuelvo enseguida.

Se la llevó por el pasillo, despacio. Marga andaba muy recta. El reloj de la cabina había seguido corriendo sin nadie dentro.

Entré en la cabina y cerré. El reloj marcaba las 18:36. Mi turno había empezado sin mí. El auricular estaba caliente.

Marqué el número de mi madre, que es el único que me sé sin mirar.

—¿Cristina?

Contestó al segundo tono. Estaba esperando. Se oía de fondo la radio de su cocina.

—Hola, mamá.

—Ay, qué alegría. ¿Cómo estás? No, no me lo digas, que ya lo sé. Me ha llamado la directora esta mañana. Una mujer encantadora. Me ha dicho que has pasado una noche difícil y que lo van a mirar entre todos.

—¿Qué más te ha dicho?

—Nada más. Eso. Que estuviera tranquila. Y yo le he dicho que la primera noche fuera de casa no duerme nadie, que tú de pequeña en el campamento tampoco pegaste ojo y luego no querías volver.

—Mamá, anoche entró...

—No hace falta que me cuentes nada ahora. De verdad. Bastante tienes. Tú come, duerme lo que puedas y haz caso. Lo demás ya está arreglado. ¿Te dan bien de comer? ¿Estás sola en el cuarto?

—Sola. Hay otra cama, pero está vacía.

—Mejor. Así descansas.

—Es que quiero contártelo yo.

—Y me lo cuentas. Cuando estés mejor me lo cuentas todo, con un café. Ahora no gastes la llamada en eso.

La directora me había dicho que podía decírselo yo también. No había dicho que mi madre fuera a querer oírlo.

Tenía la voz de siempre, la de cuando me bajaba la fiebre con paños. Yo llevaba siete hojas debajo del jersey y de las hojas no dije nada. Tenía una pregunta y poco tiempo. Y una hija que habla de papeles escondidos en un atlas no suena a una hija que mejora.

Miré el reloj. Las 18:39.

Apoyé la frente en la pared de la cabina, al lado del teléfono, para que desde el banco no me viera la cara nadie.

—Tengo que preguntarte una cosa. Solo una.

—Dime, cariño.

—Esta mañana el psiquiatra me ha preguntado por el sueño de la puerta.

Lo ha dicho así: el sueño de la puerta, la que no abre desde dentro.

Dice que consta en la información previa.

—Lo había ensayado en la habitación y aun así me costó acabarlo—.

Ese sueño solo te lo he contado a ti. ¿Se lo has contado tú a alguien de aquí?

No hubo un silencio. Eso fue lo raro. Contestó enseguida, en el mismo tono.

—Ay, Cristina. No le des vueltas a eso. Será cosa de los papeles del ingreso. Preguntan de todo, no sabes la de cosas que preguntan. Lo importante no es de dónde lo sacan. Lo importante es que te cuiden. ¿Has dormido algo hoy? Échate un rato después de cenar.

No había dicho que no. Tampoco había dicho que sí. Había dicho «los papeles del ingreso», que era lo mismo que había supuesto yo al ver mi carpeta, y oírselo a ella debería haberme tranquilizado.

Podía ser. Mi madre había hablado con Santa Vela antes que yo. Pudo contarlo entonces, por ayudar, sin pensar que alguien lo guardaría. Preferí que fuera eso. Lo preferí tan deprisa que me dio vergüenza.

La otra vergüenza era peor. Yo había pasado la tarde leyendo unas hojas y había llegado hasta mi madre por una palabra, «conocido». Ella me había bajado la fiebre, me había buscado una clínica y estaba al otro lado diciéndome que comiera. Con qué derecho.

Tenía la segunda pregunta en la boca. ¿Fuiste tú, sí o no? No la hice. Si la hacía, le estaba diciendo a mi madre que no la creía, por teléfono, desde una clínica, con el reloj encima.

—Vale —dije—. ¿Sabes algo de Nora?

—Que está bien, hija. Que come y que duerme. No pienses en eso ahora.

No pregunté más. Me daba miedo lo que cabía en «eso».

—Y no te preocupes por nada de fuera. La clínica está pagada el mes entero, y a la abogada le hice ayer la transferencia, que me mandó la minuta y era un dineral, pero para eso estamos.

—¿La clínica la pagas tú?

—¿Y quién va a ser, hija? ¿Tú, sin trabajar? Te lo dije en casa: tú ve, que yo me ocupo. ¿No te acuerdas?

Me acordaba de la primera mitad.

—Déjamelo a mí —dijo—. Para una vez que puedo hacer algo.

—¿Y a la abogada?

—A la de la niña, sí. A la de lo de Nora. Ya está arreglado. Tú no tienes que pensar en dinero ahora.

Me enteraba en ese momento. No lo había preguntado. Había firmado el ingreso sin mirar quién pagaba, igual que había firmado lo demás, y mi madre lo decía como se dice que ha hecho la compra.

La abogada que iba a defenderme en la vista cobraba de mi madre. La clínica cobraba de mi madre. Eran dos favores, y los dos me los acababa de encontrar hechos.

—Gracias —dije. No encontré otra palabra.

—No me des las gracias. Soy tu madre. ¿Mañana me llamas?

—Mañana hablo con Nora.

—Pues pasado. Un beso, hija. Descansa.

Colgué yo. Las 18:43. Me habían sobrado minutos y no se me ocurrió en qué gastarlos.

La auxiliar me vio colgar desde el banco y me hizo una seña con la mano: sin prisa.

Me quedé con la mano en el auricular. Pensé que mi madre estaría ya subiendo otra vez la radio. No tenía un sí ni un no. Tenía a mi madre pagándolo todo, contenta de oírme, y a mí sin un enfado al que agarrarme.

A través del cristal vi a Marga. Había vuelto y estaba sentada en el banco, con la auxiliar al lado. Ya no decía nada. Movía los labios.

Me puse de espaldas a la puerta. Saqué del jersey la tercera hoja, solo hasta la mitad, y busqué abajo.

El día 3 decía que yo pediría el alta, y que la pediría agitada.

Yo no tenía ninguna intención de pedir el alta. A las siete menos cuarto del día 2 no se me había pasado por la cabeza. Tenía una hija a la que quería llamar, una madre que lo pagaba todo y un papel que decía lo que yo iba a pedir al día siguiente.

Mañana era el día 3.