Capítulo 6
Me senté en la cama con la espalda contra la pared y la puerta enfrente. Abrí la novela por la mitad y la apoyé en las rodillas. Saqué el fajo de debajo del jersey y lo puse dentro del libro.
Si alguien abría, yo estaba leyendo.
Había pensado en el baño de la planta. Pero una paciente nueva metida media hora en un baño es justo lo que alguien va a comprobar. En mi cama, con un libro, yo era lo que querían ver.
Tenía una hora y veinte hasta la llamada, menos lo que me quitara la ronda.
La ronda de tarde pasaba, pero no sabía a qué hora. La había oído el día anterior, antes de la cena, y entonces me pareció una amabilidad.
Llevaba treinta y tantas horas sin dormir. Las hojas me despertaron de una manera que no tenía nada de descanso.
Las leí como leo un original ajeno. Primero lo que no es texto: cuántas hojas, en qué orden, cómo se repite la forma.
Eran siete. Olían al atlas, pero eran hojas nuevas, blancas, sin más arruga que el doblez.
Cada una llevaba abajo, en letra pequeña, «Día 1», «Día 2», y así hasta «Día 7». Estaban descolocadas y las ordené.
La primera tenía una línea más arriba que las otras, en negrita: «Plan de observación estructurada. Documento de trabajo confidencial».
Confidencial quería decir que yo no tenía que haberlo visto.
Debajo, las siete eran iguales. Cuatro apartados con su título: «Intervención prevista», «Indicadores observables», «Criterio de registro», «Resultado esperado». Como una ficha.
La séptima acababa con la línea que yo llevaba en el bolsillo desde la noche. Era la misma, con la misma letra. Lo mío era el final de esa página, impreso otra vez y cortado.
Entonces empecé por la primera.
Hablaba de una acogida, de un inventario y de un teléfono que se deposita. Hablaba de rondas con luz cada dos horas, de una paciente que preguntaría pronto por «la menor» y a la que le costaría dormirse. Decía cómo iba a quedar apuntada esa primera tarde: voluntaria, colaboradora.
Aun así podía ser cualquier madre. A cualquiera le quitan el teléfono, cualquiera colabora el primer día y pregunta por su hija, y a cualquiera le cuesta dormirse la primera noche.
Bajé al último apartado.
«Resultado esperado: la paciente firma las autorizaciones y pregunta por el horario de llamadas antes de la cena».
Lo leí dos veces. Antes de la cena. Yo había hecho una sola pregunta la tarde anterior y la había hecho antes de la cena, de pie junto al mostrador, con el resguardo del teléfono todavía en la mano.
La explicación de la hermana se me acabó en esa línea. Una hermana que durmió en mi cama no pregunta por mis llamadas a mi hora. La paciente era yo. «La menor» era Nora.
Me quedaba la otra salida y la probé. Aquello podía estar escrito después. Alguien me había visto firmar y preguntar, lo había anotado por la noche y lo había impreso. Un parte con otro nombre.
Pasé a la segunda hoja para comprobarlo.
Era la más larga de las siete. El tiempo del verbo no era el de un parte.
Un parte cuenta lo que pasó, y aquello estaba en futuro.
Hablaba de una entrevista individual, de preguntas sobre cómo dormía y de un sueño.
Describía el sueño con las palabras que yo había oído esa mañana, las de la puerta, y añadía de dónde salía: «conocido por información previa».
Decía incluso a qué hora acabaría la entrevista y que por la tarde me juntarían con el grupo. A las dos yo había bajado al patio convencida de que iba a buscar a Berta por mi cuenta.
El psiquiatra no había improvisado nada. Lo traía escrito. Me acordé de que pasó una hoja de la carpeta justo antes de preguntarme por la puerta.
Y esa hoja no podía ser de después. La mujer salió de la planta la noche anterior, entre dos celadores. Lo que dejara en el atlas lo dejó antes de que yo me sentara en aquella consulta.
Oí un carro en el pasillo. Me quedé quieta. El carro pasó de largo.
Seguí por «Indicadores observables». Decía que la paciente se sorprendería y que preguntaría de dónde salía aquello. Yo me había sorprendido. Yo había preguntado. Hasta ahí todavía podía decirme que cualquiera lo habría hecho.
El apartado siguiente no me dejó.
«Verbaliza: “alguien les ha contado mis sueños.”».
Era mi frase. Con el plural, con las seis palabras en el orden en que las dije a las doce menos diez.
Estaba entre comillas inglesas, con el punto dentro, que es como no se cita en español y como citaba quien hubiera escrito aquello.
Alrededor había más texto, dos frases antes y otra corta después.
Lo vi y no lo leí. Solo veía las comillas.
Yo me acordaba de haber decidido decirla. Me acordaba del reloj de la pared, de los diez minutos que me quedaban, de saber que tenía que callarme y de abrir la boca. Había sido mía. La había elegido yo, palabra por palabra, y alguien la había escrito antes con las mismas.
Si me hubiera callado esos diez minutos, la línea sería falsa. Habría un papel que decía una cosa y una mujer que no la dijo. Nadie me avisó de que bastaba con callarse. Ahora lo sabía, y quedaban cinco hojas.
Se me habían enfriado las manos. Las metí debajo de los muslos un momento.
Oí la manilla y cerré el libro sobre las hojas. La puerta se abrió sin que llamaran.
—¿Todo bien, Cristina?
Era la auxiliar de tarde. Tenía la mano en la manilla y medio cuerpo dentro.
—Sí.
—¿Leyendo? Así me gusta. ¿Es bueno?
No había mirado el título.
—Acabo de empezarlo.
—Pues no te enfrasques, que a las seis y media tienes llamada. Te aviso yo.
—Gracias.
Dejó la puerta entornada. Esperé a oír la siguiente, y la otra, y solo entonces abrí el libro. Una de las hojas se había doblado por una esquina. La alisé con la uña.
Las cinco que quedaban las leí deprisa y enteras.
El día 3 hablaba de una llamada con «la menor» y de un alta pedida en estado de agitación; el 4, de rondas cada noventa minutos y de una «paciente de apoyo»; el 5, de un dato sobre cuándo dejé de conducir; el 6, de una exploración judicial y de otra frase entre comillas que yo no había dicho; el 7 terminaba en el comedor.
No supe qué era una paciente de apoyo. Sonaba a alguien que ayuda.
El nombre de Nora no estaba en ninguna de las siete hojas. Por la del día 3 supe que al día siguiente iba a hablar con ella por primera vez desde el ingreso. Nadie me había dado todavía esa cita. Me la dio la hoja, con lo que iba a durar y con la manera de acabar.
No me quedé ahí. Si me quedaba, no iba a poder con lo demás.
Volví atrás, a lo pequeño, que es donde yo sé leer. En la primera hoja había una coma entre el sujeto y el verbo. Había otra en la tercera, y en la quinta, en la sexta y en la séptima. Era siempre el mismo tropiezo: un sujeto largo, una pausa para respirar y el verbo detrás.
Levanté la vista hacia la puerta. La hoja plastificada de las normas seguía allí. La séptima norma tenía esa coma.
Podía ser una mano. Podía ser una costumbre de la casa, de esas que se pegan de un papel a otro. No tenía con qué decidirlo y lo dejé apuntado.
En la primera hoja había otra cosa. A mi madre no la llamaban por su nombre ni por lo que era. La llamaban «familiar de referencia». Tardé en reconocerla ahí dentro.
Y con eso volví a la segunda hoja y a las cuatro palabras: «conocido por información previa». Conocido. Alguien lo conocía antes de que yo llegara, y quien lo escribió se cuidó de no decir quién.
Al apartado de las comillas no volví. Con las comillas tenía bastante.
Yo sí sabía a quién le había contado el sueño. Una persona, una vez.
Ahí me paré. Saber a quién se lo conté no era saber quién lo llevó hasta aquella hoja, y entre una cosa y otra cabía todavía mi madre entera. Lo que sí podía hacer era preguntárselo. Decidí hacerlo con las palabras del psiquiatra, las mismas, en su orden, para que ella oyera lo que había oído yo.
También le debía algo a Berta. Se había llevado una línea en el parte por unos papeles que no sabía qué decían.
Y yo no sabía cómo había llegado aquella mujer a unas hojas así, ni por qué las dejaba en un atlas.
Eso también era para Berta. Cuánto contarle no lo resolví.
Solo resolví que no sería antes de la llamada.
Junté las siete hojas por orden, las doblé por su doblez y me las metí debajo del jersey. El pie del día 7 siguió en el bolsillo. Cerré la novela. Se titulaba «Los últimos días del condestable» y no había leído una línea.
Eran las seis y diez. En veinte minutos iba a tener un teléfono en la mano y una sola persona a la que preguntar.