Capítulo 5
—Es tu primera vez, ¿no? Te lo explico. Tienes veinte minutos. Puedes mirar lo que quieras y llevarte un libro. Si no te decides, no pasa nada, vuelves mañana. A las menos nueve te aviso.
Lo dijo con una sonrisa, sin ninguna prisa, y volvió a sentarse detrás de la mesa. Desde la mesa se veía la sala entera. Encima de la puerta había un reloj digital, a su espalda y delante de mí. Olía a papel viejo y a calefacción.
La sala eran seis estanterías contra las paredes, una mesa larga en el centro y un carro con libros devueltos junto a la puerta. Calculé unos ochocientos lomos. En uno de ellos una mujer que yo había visto un minuto dejaba papeles, y yo tenía diecinueve para encontrarlo sin preguntar.
Berta entró detrás de mí. Dio su nombre sin que se lo pidieran, se fue a la pared de las novelas y no me miró. Dos horas antes habíamos subido del patio en el mismo grupo y allí parecía que no nos conocíamos. Entendí que era a propósito y la imité.
Empecé por donde habría empezado en mi trabajo, por el orden. Las estanterías tenían cartelas escritas a mano: «Novela», «Novela histórica», «Poesía y teatro», «Cocina y hogar», «Viajes», «Consulta». Quien deja papeles en un libro elige uno que no se preste. Pensé en la poesía.
Saqué un tomo gordo. Detrás de la tapa llevaba pegada una ficha con fechas de préstamo, a sello. Tenía cuatro. Lo sacudí un poco por el canto. Nada.
Eso me dio una manera de buscar. Ya no hacía falta abrir ochocientos libros: bastaba con encontrar uno con la ficha vacía.
Saqué el de al lado. Dos fechas. El siguiente, una, de hacía tres años. El siguiente, ninguna, y dentro tampoco había nada más que versos.
—Con cuidado, cielo —dijo la auxiliar—. Que algunos están muy viejos. ¿Buscas algo en concreto? Si me lo dices, te ayudo.
—No. Solo miro.
—Pues mira tranquila.
Dejé el libro. Las 16:37. Había mirado cuatro fichas en seis minutos y ella me había visto abrir los cuatro por detrás, que no es por donde se abre un libro para saber si te gusta. A ese paso me daba tiempo a dos baldas y a que se preguntara qué buscaba una paciente nueva en las tapas de la poesía.
Cambié a «Viajes» para no insistir en el mismo sitio.
Una guía de Portugal con siete fechas. Otra de los Pirineos con el lomo roto.
En «Cocina y hogar», un manual de punto con la ficha llena hasta abajo.
Me temblaban un poco las manos, de sueño o de nervios, y una ficha se me despegó entre los dedos.
La apreté contra el cartón hasta que volvió a sujetarse.
Miré a Berta. Seguía de espaldas, con un dedo en los lomos, leyendo títulos en voz baja. Yo había pagado en el patio y me había dado una biblioteca, no un libro. Entendí que el libro costaba aparte y que no sabía cómo se pagaba.
Las 16:40.
—Oye —dijo Berta, alto.
Se había plantado delante de la mesa con una novela en cada mano.
—Tú dirás, Berta.
—Digo que llevo viniendo a esta biblioteca más tiempo del que me gusta contar y sigo sin encontrar una novela en la que no se muera la madre, no se case la tonta y no haya un niño con fiebres. Una. No pido más.
—Tienes toda esa pared.
—Esa pared me la sé. En esta se muere en la página cuarenta. En esta se casa en la última, que es peor, porque te lo ves venir trescientas páginas. Yo he servido bodas, guapa. Sé cómo acaban.
Una de las pacientes de la mesa se rio. Berta se volvió hacia ella, agradecida, y subió medio tono.
—¿Ves? Esta señora me entiende. Esta señora también ha leído la del médico rural.
—Berta, baja un poco la voz, que hay gente leyendo.
No había nadie leyendo. Había dos pacientes en la mesa larga que habían levantado la cabeza y una tercera en la puerta, esperando turno. Las tres miraban a Berta. La auxiliar también.
—La bajo si te levantas y me buscas una. Una sola. Tú que las has colocado.
La auxiliar suspiró, apartó la silla y fue con ella hasta la pared de las novelas. Quedó de espaldas al resto de la sala.
Berta siguió hablando. Sacaba libros, los enseñaba y los devolvía mal puestos, con el lomo hacia dentro, para que la auxiliar tuviera que recolocarlos. La auxiliar los recolocaba. Tenía paciencia y se le notaba que la había usado otras veces con ella.
—Este me lo recomendaste tú y lloré tres días.
—Te lo recomendé porque me lo pediste triste.
—Pues ahora te lo pido sin muertos.
—Y más bajo, Berta. Segunda vez.
Entre un libro y otro giró la cabeza hacia mí y luego hacia la estantería de «Consulta», abajo, a la izquierda. Fue un gesto corto. Yo estaba mirando a la auxiliar y casi no lo vi. Lo repitió, con la barbilla.
En la balda de abajo había una enciclopedia a la que le faltaban tomos, dos diccionarios y unos libros anchos, tumbados unos encima de otros. El de arriba era un atlas de carreteras. En la tapa ponía el año: 1998.
Los de consulta no salían de la sala. Lo decía el cartel. Un libro que no se presta no pasa nunca por la mesa de la auxiliar.
Me agaché. Las 16:44. La mujer que esperaba en la puerta me miró un momento y volvió a mirar a Berta, como todas.
—Esta tampoco, que la portada ya llora —decía Berta—. ¿Y de risa no tenéis nada? ¿O la risa también hay que pedirla por escrito?
—Berta.
—Dime.
—Que es la tercera vez que te lo digo. Esto te lo tengo que apuntar. Ya sabes cómo va.
—Apunta, hija, apunta. Que conste que he pedido un libro alegre y no lo había.
Abrí el atlas sobre mis rodillas. Detrás de la tapa, la ficha estaba en blanco. Las hojas se abrieron solas por la mitad, por el sitio donde algo las abultaba. Entre dos mapas había un fajo de papeles doblados, impresos por una cara. Vi una línea en negrita arriba y párrafos debajo, y no leí más.
Berta se había callado. La auxiliar volvía hacia la mesa.
Tenía los papeles en una mano y el atlas abierto en las rodillas. Si me levantaba con ellos a la vista, eran de la biblioteca y había que dar una explicación. Si los dejaba, tenía otros veinte minutos al día siguiente y ninguna Berta dispuesta a pedir novelas a gritos dos tardes seguidas.
Me metí el fajo debajo del jersey, contra la cintura del pantalón, y bajé el jersey. El papel estaba frío y crujió. Tosí encima del ruido. Cerré el atlas, lo tumbé donde estaba y cogí sin mirar el primer libro de la balda de arriba.
Cuando me levanté, una de las pacientes de la mesa me miraba el jersey. Me lo estiré. Ella volvió a su revista.
La auxiliar escribía en su hoja de columnas, más abajo de mi línea, en la de Berta. Escribió bastante.
—Me llevo este —dije.
Lo miró. Era un diccionario de sinónimos.
—Los de consulta no salen de la sala, cielo. Es la norma, no es por ti. Coge uno de aquellas paredes.
Fui a la de novela histórica y saqué el primero que alcancé. Ella copió el título, lo que le llevó un rato porque era largo, y me lo dio.
—Las cinco menos once. Justa. ¿Has encontrado algo que te guste?
—Creo que sí.
Era verdad, aunque no fuera lo que ella preguntaba.
Berta estaba junto al carro de las devoluciones, sin libro. Pasé a su lado y las dos nos callamos. La auxiliar la llamó.
—Berta, ven un momento, que te lo leo.
—¿También se lee?
—Va al parte de la tarde, ya lo sabes. No es nada personal. —Leyó de su hoja—: «Habla alto en la biblioteca. Se le avisa tres veces. Al final atiende».
—Contigo nunca lo es, reina.
Lo dijo en voz baja, ella que la levantaba para todo.
No me volví. A Berta le debía ya algo más que una frase en un pasillo. Le debía su nombre en el parte de la tarde, y no sabía cuánto valía eso allí dentro.
En el pasillo apreté el libro contra el estómago, encima del jersey. Debajo llevaba unas hojas que hablaban de alguien, quizá de mí, y no podía mirarlas hasta tener una puerta entre ellas y el resto de la planta.
Mi puerta no tenía pestillo.