Capítulo 4
Berta estaba en el banco del fondo del patio con otras tres mujeres. Me vio venir desde la puerta y no me hizo sitio.
El patio era un rectángulo de grava con tres bancos y una tapia demasiado alta para ver nada por encima. La auxiliar nos había contado al salir y se había quedado junto a la puerta con su lista.
Yo llevaba dos horas con dos preguntas. La de mi madre no podía hacerla hasta las seis y media. Esta sí.
—Esta mañana me has dicho que existía —dije—. Quiero saber qué viste.
—Buenas tardes también. —Berta se volvió hacia las otras—. Esta es la de la catorce. La que pregunta en el control para que la oiga toda la planta.
—No sabía que me oía toda la planta.
—Yo pasaba por detrás.
Así que había sido ella la que se paró a mi espalda.
Las otras tres me miraban. Una, algo más joven que yo, me repasó de arriba abajo como se repasa un recibo.
Otra, mayor, estaba sentada muy recta, con un libro cerrado en las rodillas.
La tercera era casi una chica. Rebañaba un yogur con una cucharilla de plástico, hasta el fondo, y miraba el suelo entre sus zapatillas.
—Entonces ya sabes lo que pregunté —dije—. Falta lo que viste tú.
—Falta el papel.
—¿Qué papel? —dijo la del recibo.
—El que esta leía a la una de la madrugada, sentada en la cama, con la luz del pasillo. —Berta no dejó de mirarme—. Primero se enseña y luego se pregunta. Aquí no se fía.
La hoja estaba en el bolsillo de atrás de mi pantalón.
A las ocho y cuarto le había dicho a la directora que no lo había comentado con ninguna compañera, porque no conocía a ninguna.
A las dos de la tarde tenía cuatro delante.
Enseñar la hoja era darles una frase con la palabra «agrede» y conmigo dentro.
Guardarla era quedarme sin la única persona que había visto lo mismo que yo.
Llevaba quince horas con ese papel encima sin que lo leyera nadie, y eso también pesaba.
Estaba de pie delante del banco y se me cargaban las piernas. No había dormido y en la comida había dejado el segundo plato entero.
—Siéntate, que mareas —dijo Berta.
Me senté en la punta, al lado de la chica, que se encogió un poco para dejarme sitio. Miré hacia la puerta. La auxiliar del patio hablaba con otra paciente, de espaldas a nosotras.
Saqué la hoja.
—Espera —dijo la del recibo—. Antes de abrirla. ¿Quién gana con ese papel?
—No lo sé.
—Alguien gana. ¿Te lo han dado o lo has cogido?
—Me lo dejaron encima de la cama.
—Peor. Lo que te dejan gratis lo acaba pagando alguien, y suele ser la que lo recibe.
—Lidia, deja que lea —dijo Berta.
—Dejo. Luego que nadie diga que no avisé.
—Que lo lea como está escrito —dijo la del libro—. Sin contarlo. Si lo cuenta, ya es otra cosa.
—Marga también es nueva —me dijo Berta—. Llegó ayer, igual que tú, y ya nos enmienda.
Desdoblé la hoja. Se le había marcado la cruz de los dobleces. Leí despacio y sin entonar, que era como Marga lo pedía y como lo habría leído yo de todas formas.
—«Resultado esperado: la paciente agrede a una compañera en el comedor». Y debajo, en letra pequeña: «Día 7».
Berta abrió los brazos hacia las otras.
—Señoras, tenemos horóscopo. Día 7, Marte entra en el comedor y la nueva reparte. De aquí a seis días, que nadie se siente cerca del pan.
—Cinco —dije—. Hoy es mi día 2.
—Cinco. Mejor me lo pones.
—Un horóscopo no pone día —dijo Marga—. Pone signo. Y pone «puede que». Aquí pone «agrede».
—Marga, hija, es una manera de hablar.
—Ya lo sé. Es una manera de hablar distinta de lo que pone.
Lidia alargó la mano. Le di la hoja a ella porque era la que menos se la creía. Le dio la vuelta, miró el reverso en blanco y la sostuvo por una esquina, lejos del cuerpo.
—Está cortada. ¿Quién se ha quedado el trozo de arriba?
—No lo sé. Me la dieron así.
—Tampoco pone nombre. Pone «la paciente». ¿Cómo sabes que eres tú?
—No lo sé. La mujer dijo que su hermana había dormido en mi cama y que le acertaron hasta el último día. Puede ser un papel de su hermana.
—¿Y la hermana pegó a alguien?
—No lo sé.
—Sabes poco para lo que enseñas.
Era verdad, y me escoció por eso.
La hoja pasó a Marga. La leyó una vez, moviendo los labios.
—Está en presente —dijo.
—Como un parte.
—Un parte lleva la fecha de ayer. Este lleva «Día 7». —Me miró por encima del papel—. ¿«Esperado» por quién?
—No lo pone.
—Entonces falta alguien en la frase.
—Falta. —Era la primera persona de Santa Vela que me hablaba de la frase y no de mí—. Y tampoco dice cuál.
—Dice «una compañera». No define compañera. Puede ser de habitación, de mesa, de grupo o de planta. —Miró el banco—. Si es de grupo, contigo somos cinco. Quedan cuatro.
—Pues a mí que me avisen la víspera —dijo Berta—, que me peino.
Nadie se rio del todo. La chica había acercado un dedo a la cruz del papel, sin tocarlo.
—Se va a romper por el doblez —dijo.
—Esa es Neli —dijo Berta.
Neli volvió a mirarse las zapatillas. No había cogido la hoja ni había preguntado qué quería decir.
—¿Todo bien por aquí?
La auxiliar del patio estaba a tres pasos. No la había oído venir. Marga tenía la hoja en la mano, a la vista, y la dejó donde estaba.
—Divinamente —dijo Berta, sin volverse—. Le estamos leyendo el horóscopo a la nueva. Le sale un mes regular.
—A ver si mejora —dijo la auxiliar, y me sonrió—. Diez minutos y vamos subiendo.
Siguió hacia el otro banco. Marga dobló la hoja por sus dobleces y me la devolvió.
—Después de los dos puntos va minúscula —dijo—. Está bien puesto.
—Está bien puesto —dije.
Nos miramos. Éramos dos mujeres de acuerdo en que una frase sobre pegar a alguien estaba bien puntuada.
—Y no he dicho que fuera un horóscopo —añadió.
—No, hija. Lo he dicho yo, y se queda. —Berta me señaló con la barbilla—. Tú, la del horóscopo.
Llevaba en Santa Vela menos de un día. Tenía un adjetivo en un parte y un mote en un patio, y ninguno de los dos lo había elegido yo.
—Yo solo digo una cosa —dijo Lidia—. Si pone «una compañera» y no pone cuál, en el comedor me siento en la otra punta. No es nada contra ti.
—Lo entiendo.
—No hace falta que lo entiendas. Te lo digo antes para que luego no parezca otra cosa.
Guardé la hoja. Las cuatro sabían ya que en ese papel yo pegaba a una de ellas. Lidia se había corrido un palmo en el banco, hacia el lado de Marga.
—He enseñado —dije—. ¿Qué viste?
Berta bajó los brazos. Dejó de hablar para el banco y habló para mí.
—¿Eso lo has enseñado abajo? ¿A la directora, al médico?
—No.
—Pues que siga así. —Se frotó un antebrazo con la otra mano—. Vi lo mismo que tú. Entró, estuvo un minuto y se la llevaron.
—Eso ya lo tengo.
—Lo que no tienes es que esa mujer deja papeles en un libro de la biblioteca.
No me moví. Una hoja suelta podía ser un error o una crueldad. Papeles, en plural y en un sitio fijo, eran una costumbre. Y si había más, el mío podía ser un trozo de algo. Lidia acababa de preguntar quién tenía la parte de arriba.
—¿Qué libro?
—La biblioteca abre a las cuatro y media.
—¿Cómo sabes tú que los deja?
—Has enseñado una hoja y te he dado una biblioteca. Estamos en paz.
—No estamos en paz. No has contestado a nada de lo que te he preguntado.
—Te he dicho dónde mirar. Es más de lo que te ha dicho nadie hoy.
En eso tenía razón.
—¿Quién es?
—Abre a las cuatro y media y cierra a las seis y media. Veinte minutos por persona y una auxiliar que no quita ojo.
—¿Se puede ir sola?
—Se puede. Yo iré a por una novela.
—¿Y tú qué sacas de mandarla allí? —dijo Lidia.
—Todavía no lo sé —dijo Berta.
La auxiliar dio dos palmadas desde la puerta. Berta, Lidia y Neli se levantaron a la vez, con la costumbre de quien lleva tiempo levantándose a esa señal. Marga tardó un segundo más. Yo tardé otro.
—La del horóscopo, que cierras —dijo Berta desde la puerta.
Subí la última. En el rellano, Neli tiró el envase del yogur a la papelera sin que nadie se lo dijera.
Faltaban dos horas y cuarto para las cuatro y media y ya había decidido dónde iba a estar.