Capítulo 3
El psiquiatra tenía una copia del parte encima de mi carpeta. Yo había ido a quitarla de ahí.
La carpeta llevaba mi nombre en una etiqueta. Abultaba mucho para una sola tarde. Supuse que eran los papeles del ingreso.
Quitar el parte no se podía. Se le podía poner algo encima: dos horas de respuestas exactas, dadas por una mujer que duerme mal y lo sabe, que hizo lo que hizo y lo dice sin adornos, y que anoche preguntó por alguien y hoy ya no pregunta.
Lo había preparado en el desayuno, delante de una tostada a medias.
Tenía listas las frases sobre la noche y ninguna llevaba la palabra «Rut».
La directora me había dado a elegir entre dejarlo y retomarlo allí. Yo había elegido retomarlo. Ahora tocaba hacerlo sin retomar nada.
La auxiliar que me había llevado hasta la consulta dijo que volvería a las doce y cerró la puerta.
Él se presentó, me dio la mano y me señaló dos sillas iguales.
Eran la misma silla dos veces y aun así me costó elegir.
Me senté en la que tenía la puerta a la vista.
Era un hombre de unos cincuenta años, con gafas y una voz que ni subía ni bajaba.
Si me lo hubiera cruzado una hora después en el pasillo, no lo habría reconocido.
En la mesa tenía una caja de pañuelos y un reloj pequeño vuelto hacia él. El mío era el de la pared.
—Tenemos hasta las doce —dijo—. Es una entrevista de evaluación. Voy a ir tomando notas. ¿Te importa?
—No.
Me habría importado lo contrario. Quería que aquello quedara escrito.
—Si en algún momento necesitas parar, lo dices.
No paré. Si paraba, quedaría escrito que había parado.
—He leído el parte de la noche. ¿Quieres contármelo tú?
—Entró una mujer en mi habitación. Pregunté por ella a la auxiliar, y esta mañana a la directora. La directora me ha dicho que no hay ninguna paciente con el nombre que yo di. No he vuelto a preguntar.
Todo era verdad y estaba en orden. No dije que la creyera. Él tampoco me lo preguntó.
—¿Eso puede añadirse al parte? —pregunté.
—El parte de la noche no se toca. Lo que hablemos aquí queda en la nota de hoy.
—Entonces quedan las dos cosas.
—Quedan las dos.
Yo había ido a tachar una palabra y allí solo se podía escribir debajo.
—¿Y ahora cómo te encuentras?
—Cansada. Sé qué día es, dónde estoy y por qué he venido.
Escribió algo corto. Confié en que fuera lo contrario de «confusa».
Después preguntó por orden y contesté por orden. Treinta y siete años. Separándome. Una hija. Desde cuándo dormía mal: desde hacía meses. Cuándo había dejado de aceptar encargos: el día que devolví uno a medias.
—¿Qué encargos?
—Soy correctora de textos. Arreglo lo que escriben otros.
—¿Qué te preocupa más ahora mismo?
—La vista de custodia. Es dentro de once días. Su padre ha pedido la exclusiva.
Preguntó por la noche de hacía tres semanas. Le di el día, la hora aproximada y el número de pastillas, y dije que Nora estaba en casa. Me oí como quien dicta una dirección. No añadí la puerta del baño. No preguntó por ella.
—¿Has vuelto a pensar en hacerlo?
—No. Pienso en que lo hice.
—¿Fue idea tuya ingresar?
—Me lo propuso mi madre. Lo decidí yo.
—¿Con quién hablas de cómo estás?
—Con mi madre.
—Después de lo de anoche, ¿te sientes segura en la planta?
—Sí. Hay una auxiliar toda la noche, la ronda pasa cada dos horas y el timbre está encima de la mesilla.
Eran tres datos correctos para tapar un sí que no lo era. Siempre he mentido así, dando datos de más.
Hacia las once y cuarto perdí una pregunta. Lo vi mover la boca, vi que esperaba y no tenía nada que contestar. Si le pedía que la repitiera, quedaría escrito que la paciente no seguía la conversación. Si contestaba a ciegas, quedaría algo peor.
—¿Puede repetírmela? Llevo una noche sin dormir.
—Claro. Te preguntaba por el apetito.
—Como lo que me ponen. No lo termino.
A las once y media pensé que ya estaba. Había contestado a todo. Él había llenado página y media y yo no le había dado una sola frase de más. Me dolía la espalda de tenerla recta.
Entonces pasó al sueño.
—¿A qué hora te dormiste anoche?
—No llegué a dormirme. Cerraba los ojos entre ronda y ronda. Entraron a la una, a las tres, a las cinco y a las siete, con la luz.
—Es la pauta de observación de la primera semana —dijo, y lo apuntó también—. ¿Y antes del ingreso? ¿Cuánto tardabas en dormirte?
—Una hora. A veces dos.
—¿En qué piensas mientras tanto?
—En listas. De lo que he hecho mal, por orden.
—¿Te despertabas de madrugada?
—Sobre las cinco.
—¿Y volvías a dormirte?
—No. Me levantaba a trabajar. Hasta que dejé de levantarme.
—¿Sueñas?
—Supongo que sí. Por la mañana no suelo acordarme.
Era verdad casi siempre. Había una excepción y no me pareció el día de contarla.
Pasó una hoja de la carpeta.
—¿Y el sueño de la puerta? ¿Sigue apareciendo?
Tardé en entender la pregunta. Había dicho «el sueño de la puerta», como se nombra algo de lo que ya se ha hablado. Yo no había hablado de ninguna puerta. Era la excepción, y la había nombrado él.
—¿Qué puerta?
—La que no abre desde dentro.
Se me fue la postura. Lo supe porque crujió la silla.
Yo había elegido el asiento que tenía la puerta a la vista. La miré. Tenía manilla por dentro.
Yo no había dicho esa frase en Santa Vela.
Repasé la tarde anterior entera: la acogida, las preguntas de rutina, el inventario, la cena.
No estaba. Nadie me había preguntado por mis sueños y yo no ofrezco nada que no me pidan.
Tampoco se la había dicho a Daniel. Se la había dicho a una sola persona, una sola vez.
A mi madre. Se lo había contado con esas palabras, una puerta que no abre desde dentro, y él las había dicho en el mismo orden.
Mi madre pudo comentarlo con alguien de allí al hablar del ingreso, por ayudar, como se avisa de una alergia. También pudo no ser ella y haber otro camino que yo no veía desde aquella silla. No elegí. Hice la pregunta que sí podía hacer allí.
—¿Quién le ha contado eso?
—¿Te sorprende que lo mencione?
—Sí. Yo aquí no lo he contado.
—¿Quieres contarme cómo es?
—No. Quiero saber cómo ha llegado hasta esa carpeta.
Esperó.
Sabía que debía callarme. Había ido a ser la paciente que no pregunta dos veces. Miré el reloj de la pared para darme tiempo. Las doce menos diez. Me quedaban diez minutos de entrevista impecable y solo tenía que cerrar la boca.
—Alguien les ha contado mis sueños.
Lo dije en voz alta y en plural. Él escribió poco, lo que ocupa una frase.
—¿A quién te refieres con «alguien»?
—No lo sé. Por eso pregunto.
Era verdad. Sabía a quién se lo había contado yo. No sabía quién se lo había contado a él.
—No lo digo como una queja —añadí—. Lo digo porque es un dato. Yo no lo he contado y ustedes lo tienen.
—Lo he entendido.
Había explicado la frase y la había dejado peor.
—Me gustaría ver dónde está escrito —dije—. Solo eso. La línea.
Puso la mano sobre la carpeta, plana, sin apretar.
—Consta en la información previa.
«Consta» no tiene a nadie dentro. Las cosas no constan solas. Alguien las dice y alguien las escribe.
—¿Previa a qué?
—A esta entrevista.
—¿Y quién la dio?
—Tomo nota de que te inquieta.
Tomó nota. Luego miró su reloj.
—Son las doce. Lo dejamos aquí. La próxima entrevista es dentro de tres días. Esta tarde te incorporas al grupo. Te vendrá bien no pasar tantas horas sola.
Cerró la carpeta con el parte dentro y mi frase encima.
Se levantó y me abrió la puerta.
—Gracias, Cristina.
La auxiliar esperaba fuera. Salí con la hoja en el bolsillo y con una pregunta para mi madre. Mi llamada no era hasta las seis y media. La de la directora ya estaría hecha.