La clínica de las esposas Capítulo 2
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Capítulo 2

A las ocho menos diez ya había tres personas en el control de enfermería. La auxiliar de noche no estaba entre ellas.

Me había vestido a las seis. La ronda había entrado con la luz a las tres, a las cinco y a las siete, y entre una y otra solo conseguí cerrar los ojos. Llevaba la hoja en el bolsillo de atrás del pantalón, doblada en cuatro.

Así que eso eran las dos líneas. La auxiliar de noche no estaba y sus dos líneas sí. Nadie me había dicho que estuviera confusa. Me lo habían escrito.

Es una palabra cómoda. Dice cómo estabas cuando viste algo, y con eso ya no hace falta averiguar qué viste.

Tuve que volver a montar la pregunta. La traía preparada para alguien que no supiera nada. Quité el nombre. Si ya me habían escrito «confusa» por preguntar por la paciente Rut, no iba a repetirlo delante de tres personas con bolígrafo.

—Buenos días —dije—. Anoche entró una mujer en mi habitación y se la llevaron dos celadores. Quería saber quién es.

La enfermera puso la mano encima de las hojas. No llegó a taparlas.

—Tú eres Cristina. La catorce.

—Sí.

—La directora quiere verte antes del desayuno. Ahora te baja una auxiliar.

—¿Y la mujer?

—Eso lo hablas abajo.

No me había preguntado qué mujer. Las otras dos tampoco levantaron la vista. Yo había pasado la noche preparando una pregunta y la respuesta estaba organizada antes de que llegara al mostrador.

Esperé allí mismo. Nadie me dijo que me sentara y no había dónde. Detrás de mí pasaban pacientes hacia el comedor, en zapatillas. Yo había hablado alto, y mientras hablaba una se había parado a mi espalda lo que duran dos frases. No me volví a mirar cuál.

La auxiliar que vino a buscarme abrió la puerta de la planta, la misma de la noche, y me dejó pasar delante. Bajamos por la escalera.

—No te agobies —dijo en el rellano—. La primera semana es rara para todas.

Sonó a verdad. No le pregunté nada. Ella no decidía.

El despacho de dirección tenía la puerta abierta.

La directora se levantó para recibirme, me dio la mano y esperó a que me sentara para sentarse ella.

En la mesa había un teléfono, un vaso de agua puesto en mi lado y una sola hoja.

Era una copia del parte. Estaba girada hacia ella, pero «confusa» seguía en la cuarta línea.

Me senté en el borde de la silla, como en una entrevista de trabajo.

—¿Has podido descansar algo, Cristina?

—Poco.

—La primera noche casi nadie descansa. Las rondas con luz son cosa de la primera semana.

Hablaba bajo. Había que inclinarse un poco para oírla, y me incliné.

—Me dicen que anoche te levantaste.

—Entró una mujer en mi habitación a las once y diez. Me dijo: «A mi hermana le acertaron hasta el último día. Dormía en esta cama». Después entraron dos celadores, uno la llamó Rut y se la llevaron por la puerta de la planta.

Lo dije en ese orden y sin añadir nada. Había repetido la frase durante la noche hasta estar segura de cada palabra. De la hoja no dije nada. La notaba en el bolsillo, contra el respaldo.

La directora no miró el parte. Tenía las manos encima de la mesa, una sobre otra.

—La cama que ocupas está a tu nombre —dijo—. No la comparte nadie.

Yo había contado quién decía haber dormido en esa cama. Ella me decía quién dormía ahora.

—Me gustaría ver el registro de entradas de anoche —dije—. Si alguien entró en la planta a las once y diez, estará apuntado. Y si no entró nadie, también me sirve.

—Es una petición razonable. Pero el registro de accesos es un documento interno. No se enseña a las pacientes. Ni a ti ni a ninguna.

—No pido leerlo. Pido una hora.

—Entiendo que la necesites. No va a ser posible.

Lo dijo con pena, como si a ella también le hubiera gustado enseñármelo.

Puso un dedo en el parte, sin girarlo.

—Aquí pone que preguntaste por una paciente.

—Por la paciente Rut.

—No hay ninguna paciente llamada Rut.

No subió la voz ni la bajó más. Lo dijo como se da una hora.

Yo tenía dos explicaciones y las dos cabían en esa frase. La primera: una paciente de otra planta se había colado en la mía y la clínica prefería no dejar escrito el descuido. La segunda: yo había visto mal.

—La primera noche en un sitio nuevo el sueño es muy ligero —dijo—. A veces cuesta saber dónde acaba.

—No estaba dormida.

—No digo que lo estuvieras.

Era verdad. No lo había dicho.

Dudé de mí. Ella no había vacilado en ninguna frase y yo llevaba una noche sin dormir.

Y de otra noche, la de hacía tres semanas, solo conservaba dos cosas: Nora en la puerta del baño y mi propia voz gritándole que se fuera.

El resto me lo habían contado. Si de aquella me faltaba casi todo, a la de anoche también podía faltarle algo.

Apreté la espalda contra la silla. El papel crujió en el bolsillo.

Eso no me lo había contado nadie.

Podía sacarlo y ponerlo en la mesa. Era lo único que tenía, y decía que una paciente iba a agredir a una compañera.

Vi las dos hojas juntas, la suya con «confusa» y la mía con «agrede», y a ella leyéndolas en ese orden.

Si insistía, la palabra del parte se quedaba corta.

Si me callaba, la hoja seguía sin dueña y sin explicación.

No la saqué.

—Podemos dejarlo aquí —dijo— o, si lo prefieres, retomarlo a las diez con tu psiquiatra. Como te resulte más cómodo.

Las dos opciones eran la misma. En ninguna había registro.

—Lo retomaré a las diez.

—Me parece muy bien. —Acercó el vaso de agua un centímetro hacia mí—. ¿Lo has comentado con alguna compañera?

—No conozco a ninguna.

—Mejor así, de momento. Hay otra cosa. Ayer firmaste una autorización para que tu madre reciba información general sobre tu evolución. Lo de esta noche forma parte de tu evolución. La informaré hoy.

—Preferiría decírselo yo.

—Claro. Puedes decírselo tú también.

Me acordé de la firma. La auxiliar había puesto el dedo en la línea y yo había firmado pensando que así mi madre no tendría que llamar todos los días para saber si comía.

—La informaré de que has pasado una noche difícil y de que el equipo va a valorar lo ocurrido.

—¿Le dirá lo de la mujer?

—Le daremos información general, como autorizaste.

—¿Cuándo?

—Esta mañana.

—Mi llamada no es hasta las seis y media.

—Lo sé.

Una noche difícil. Valorar lo ocurrido. Mi madre iba a oír eso por teléfono, dicho por una voz amable, horas antes de que yo pudiera explicarle nada.

—A las diez te recogen para la entrevista —dijo—. Y esta tarde conocerás al grupo.

Se levantó ella primero. Me acompañó hasta el pasillo y me dio las gracias por haber bajado. Yo también se las di. Me salió solo. Desde la puerta vi el parte en la mesa, donde había estado todo el rato.

En la escalera me acordé del vaso de agua. No lo había tocado y tenía sed. Había pasado un cuarto de hora dándole la razón con la postura a una mujer que me había negado todo lo que le había pedido.

Arriba olía a café y a pan tostado. Yo no había desayunado y no tenía hambre. La auxiliar me dejó en la puerta de la planta. Fui hacia mi habitación porque no sabía a qué otro sitio ir.

El pasillo se había vaciado hacia el comedor.

Quedaba una persona. La mujer de la puerta de enfrente estaba apoyada en su marco.

De día llevaba una rebeca y unas zapatillas gastadas por el talón, de las que no se compran para un ingreso corto.

Era ancha de hombros y ocupaba su trozo de pasillo como quien lleva mucho tiempo en él.

Esperó a que yo llegara a su altura. Tenía una voz hecha para oírse desde lejos y la usó baja.

—Claro que existía.

Me paré. Era la primera persona que me daba lo que yo había bajado a pedir. Llevaba esperándolo desde el mostrador.

Yo había preguntado en el control, con el pasillo lleno, y no a ella. Hacía cinco minutos le había dicho a la directora que no conocía a ninguna compañera.

—¿Tú la viste?

Miró hacia el control antes de hablar. A eso no contestó.

—Lo que todavía no sabemos es cuánto nos costará decirlo.

Había dicho «nos». Yo no le había pedido que contara conmigo.

—Berta, el desayuno —dijo una auxiliar desde el comedor.

Se fue sin esperarme.