La clínica de las esposas
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Capítulo 1
Resultado esperado: la paciente agrede a una compañera en el comedor.
La mujer ya estaba dentro cuando me giré hacia la ventana.
Estaba de pie al otro lado de mi cama, con una chaqueta cerrada hasta el cuello y zapatos de calle. Respiraba deprisa. No había encendido la luz, así que no era la ronda. La ronda había pasado a las once y yo seguía despierta desde entonces.
—Creo que te has equivocado de habitación —dije.
Lo dije bajo. Era mi primera noche en Santa Vela y no quería que lo primero que se supiera de mí en la planta fuera un grito.
La mujer miraba el colchón. Estaba hundido por el lado de la ventana, y por eso yo me había acostado en el otro. Puso la mano en el hueco, con los dedos abiertos.
—A mi hermana le acertaron hasta el último día. Dormía en esta cama.
Miré el hueco debajo de sus dedos. Tenía el tamaño de una persona encogida.
No supe qué contestar a su frase y contesté a lo que sí sabía.
—Yo he llegado esta tarde. No sé quién estaba antes. Esta es la catorce. ¿Cuál es la tuya?
No me lo dijo. Tendría mi edad. Llevaba el pelo recogido de cualquier manera y seguía con la mano en el colchón, como si le costara soltarlo.
Con la otra se bajó un palmo la cremallera de la chaqueta y sacó una hoja doblada. La abrió sobre la sábana, a la altura de mi pecho, y retiró los dedos enseguida.
—Léela ahora.
—Dime antes cómo te llamas.
El timbre estaba en la pared, encima de la mesilla. Me habían enseñado a usarlo por la tarde. Bastaba con estirar el brazo. Pensé que si llamaba vendría la auxiliar, que la auxiliar tendría que escribirlo y que aquella mujer se llevaría una nota por mi culpa. Pensé todo eso con el brazo quieto.
Ella se volvió hacia la puerta. Yo lo oí un segundo después: pasos en el pasillo, de dos personas, con suela dura. La auxiliar de noche llevaba zuecos de goma.
—Léela —repitió.
Seguía junto a la cama. Me miraba a mí y miraba el papel.
Me incorporé y estiré el brazo con la hoja hacia la ventana, sin cambiarme de lado. La persiana no bajaba del todo y por debajo entraba la luz de una farola. Era el final de una página, cortado recto. Tenía una línea impresa.
«Resultado esperado: la paciente agrede a una compañera en el comedor».
Debajo, en letra pequeña, ponía «Día 7».
Leí «agrede» y pensé en Nora. No tenía sentido: la hoja hablaba de una compañera y de un comedor. Pero fue lo que pensé. Su fotografía estaba en la mesilla, al alcance de la mano. En el inventario la habían apuntado como «foto niña». Tuve que empezar la línea otra vez.
Los pasos se pararon delante de la puerta.
Metí la hoja debajo de la almohada. Lo hice antes de saber por qué. En el papel ponía «la paciente» y ponía «agrede», y yo llevaba toda la tarde intentando parecer alguien a quien no hace falta vigilar. La almohada llevaba una funda de plástico debajo de la tela y crujió.
Se encendió la luz del techo. Entraron dos celadores. Uno se quedó sujetando la puerta. Miró la cama vacía, mi bolsa y después a mí, sentada con las manos encima de la sábana. No buscó nada. El otro se acercó a la mujer despacio, con las manos separadas del cuerpo.
—Rut —dijo.
Nada más. Sin apellido y sin levantar la voz, como llamaban allí a las pacientes. A mí llevaban toda la tarde llamándome Cristina.
—Ya voy yo —dijo ella.
Dejó que la cogiera por encima del codo. Al pasar junto a mi cama volvió a mirar el colchón.
—¿Estás bien? —me preguntó el de la puerta.
—Sí.
—Perdona. Ya está.
Apagó la luz y cerró.
Me quedé sentada. Llevaba meses así: primero pensaba que había que hacer algo y después, con suerte, lo hacía. Cuando abrí la puerta ya estaban al fondo del pasillo. Un celador abrió la puerta de la planta y la sujetó. La mujer cruzó la primera, por delante de los dos.
El pasillo estaba a oscuras. La puerta de enfrente de la mía estaba entornada.
—¿Qué haces levantada, Cristina?
La auxiliar de noche venía del control, desde la otra punta, con la linterna apuntando al suelo.
—¿De qué habitación es la paciente Rut?
Se paró a dos pasos de mí. La linterna me alumbró los pies. Yo iba descalza.
—Te vas a quedar fría. Vuelve a la cama.
—Estaba en mi habitación. Se la han llevado dos celadores ahora mismo, por esa puerta. Solo quiero saber de qué habitación es.
Era la pregunta más pequeña que supe hacer. No pregunté qué le pasaba ni por qué había entrado. Pregunté un número.
Miró hacia el fondo. La puerta de la planta estaba cerrada y no se oía a nadie.
—¿Has tenido un mal sueño?
—No. Estaba despierta.
—Eso lo hablas mañana con dirección. Ahora, a la cama.
No dijo que sí y no dijo que no. Se puso la linterna debajo del brazo, sacó una hoja doblada del bolsillo y escribió apoyada en la pared. No vi qué escribía. Vi cuánto: dos líneas. Para poner «sin incidencias» sobra con media.
Por la tarde yo había firmado donde me habían señalado: el ingreso voluntario y una autorización para que informaran a mi madre de cómo iba.
Había entregado el teléfono. Antes de la cena solo había hecho una pregunta: a qué hora eran las llamadas.
Y a las once y cuarto de la primera noche ya tenía dos líneas.
—¿Quieres agua?
—No, gracias. Buenas noches.
Seguía queriendo caerle bien.
Cerré la puerta. No tenía pestillo. La hoja plastificada de las normas golpeó contra la madera.
Las había leído por la tarde. Eran once. La séptima decía «Las pacientes ingresadas, deberán mantener el orden», con una coma entre el sujeto y el verbo. Ninguna de las once decía qué había que hacer cuando una desconocida te dejaba un papel en la cama. Supuse que entraba en la séptima.
La otra cama no tenía sábanas y mi bolsa seguía encima. Me acosté en mi lado, lejos del hueco. Mis copias de la tarde estaban en la mesilla, debajo del resguardo del teléfono.
La hoja no podía quedarse debajo de la almohada.
Ni la puerta ni el armario cerraban con llave.
Pensé en guardarla dentro de uno de los libros.
En el primero estaba el dibujo de Nora, ese en el que ponía «mama» sin tilde.
Yo nunca se la había puesto. Quería esos dos papeles separados.
Decidí llevarla encima en cuanto me vistiera y, hasta entonces, dormir sobre ella.
Dormir era una forma de hablar. Faltaba hora y media para la siguiente ronda. Las rondas con luz sirven para comprobar si duermes y lo comprueban muy bien: si dormías, ya no.
Hice lo que sabía hacer, que era ordenar.
Una paciente de otra planta, desorientada y vestida para irse, había entrado en la habitación equivocada con un papel de otra paciente. De su hermana, quizá. El día 7 de su hermana habría pasado hacía tiempo y no era asunto mío. Era la explicación más sencilla y casi me la creí.
La otra explicación era una broma. Pero para gastarle una broma a la nueva hay que saber en qué cama duerme.
Las dos se podían comprobar por la mañana. Había otra cosa que no se podía comprobar con nadie. Yo no había pegado a nadie en mi vida. Tampoco me había creído capaz de lo que hice tres semanas antes, con Nora en casa. Desde aquella noche ya no sabía de qué no era capaz.
A esa hora Nora llevaba un buen rato dormida, con su padre y con la puerta de su cuarto abierta. Siempre duerme con la puerta abierta.
A la una se encendió el pasillo. La auxiliar abrió mi puerta, dio la luz del techo, me miró, la apagó y siguió hacia el fondo. Dejó la puerta a medio cerrar. Quedó una raya de luz que llegaba hasta la almohada.
Saqué la hoja y la puse en la raya.
Con luz de verdad la leí de otra manera. Ponía «Resultado esperado». Un papel viejo cuenta lo que pasó. Aquel contaba lo que alguien esperaba que pasara. Debajo ponía «Día 7». Mi día 1 había terminado hacía una hora. Si la cuenta era la mía, faltaban seis.
Oí una puerta que no era la mía.
Levanté la vista. La puerta de enfrente estaba abierta. En el marco había una mujer mayor que yo, con una bata y los brazos cruzados, tan despierta como yo. Tenía a la auxiliar a diez pasos y me miraba a mí. A las manos.
Doblé la hoja y la metí debajo de la almohada. Cuando volví a mirar, la mujer ya había cerrado y la auxiliar volvía hacia el control, apagando el pasillo.
A las once y diez esa puerta estaba entornada.
Decidí preguntar por la mujer de la chaqueta en cuanto amaneciera. Con su nombre y con su frase, palabra por palabra.