Capítulo 52
El punto de encuentro estaba en un bajo, entre una farmacia y una tienda de arreglos de ropa. Tenía la puerta de cristal, con letras blancas de vinilo y un horario debajo, y un timbre con una pegatina que decía «Pulse y espere».
Había llegado sola, en autobús, con un cuarto de hora de adelanto. En la parada de antes había un colegio. Era la hora de salida, y en la acera esperaban madres y padres con mochilas pequeñas colgadas del brazo. Al bajar saqué la carta del juzgado para mirar otra vez el número del portal.
Casi todo el cuarto de hora lo pasé en la acera, delante del cristal, con mi reflejo encima de las letras. Llevaba el pelo recogido y una camisa que me quedaba ancha de hombros. La había planchado por la mañana, y la volví a planchar después de comer, porque se me había arrugado al sentarme.
Por la acera pasaba gente con bolsas. Una mujer entró en la farmacia con un carrito de la compra, salió sin él y volvió a entrar a buscarlo. Me miré los zapatos. Los había limpiado la noche antes, con un trapo húmedo.
Dos veces levanté la mano hacia el timbre antes de tiempo y la volví a bajar. A las cinco menos cinco lo toqué.
Me abrió una mujer de unos cuarenta años, con una rebeca verde y una tarjeta con su foto colgada del cuello con un cordón. Me preguntó el nombre, lo buscó en una lista que llevaba en una carpeta y se apartó para dejarme pasar.
—Soy la técnica que va a estar en la visita.
Dentro olía a suelo recién fregado y a rotulador.
La sala estaba al fondo de un pasillo corto.
Tenía una mesa baja, cuatro sillas pequeñas de plástico y dos de adulto, una estantería con cuentos y una cocinita de juguete, y una ventana con el estor a media altura.
Encima de la mesa baja, una caja de pañuelos de papel, con uno asomando.
En la pared había dibujos de otros niños, sujetos con chinchetas: casas con humo, soles con cara, una familia de cinco en fila, del más alto al más bajo.
Encima de la puerta, un reloj redondo, de los de colegio.
La técnica se quedó en la puerta, con la carpeta abrazada, y habló desde allí.
—Es una hora. Yo estoy en la sala todo el tiempo y tomo notas. Lo que anote va al juzgado. Con la niña no se habla del procedimiento, ni se habla mal de su padre. Si ella quiere contacto, puede haberlo. Si no quiere, no se fuerza. Al acabar, usted espera aquí diez minutos antes de salir.
—Vale.
—¿Puede apagar el móvil, por favor?
Saqué el mío del bolso y lo apagué. La pantalla se quedó negra. Lo volví a guardar en el bolsillo de dentro, con la cremallera cerrada.
—La traen a las cinco —dijo, y salió.
Me quedé de pie junto a la mesa baja, con el bolso colgado. La caja de pañuelos estaba justo en el centro de la mesa.
Me senté en una de las sillas pequeñas y las rodillas me quedaron a la altura de la mesa. Me levanté y me cambié a una de las grandes. Desde allí la mesa quedaba muy abajo, y cuando ella entrara la iba a mirar desde arriba. Volví a la pequeña.
Las manos me sobraban. Las puse en las rodillas. Luego encima de la mesa, cruzadas. Luego otra vez en las rodillas.
El martes había tenido la segunda entrevista de la valoración, con la psicóloga del juzgado.
Nora entra en los sitios mirando primero las cosas.
Lo hacía ya en brazos, de bebé, y lo seguía haciendo con seis años: la lámpara, la ventana, lo que hubiera encima de las mesas, y al final las personas.
En los cumpleaños se quedaba un rato en la puerta, mirando los globos, antes de darle un beso a nadie.
En uno se quedó tanto rato mirando la piñata colgada que la tuve que entrar en brazos.
En el pediatra miraba la báscula, la camilla y la caja de los palitos, y solo después a la doctora.
Nora guarda las cosas en cajas de zapatos: las piedras en una, los cromos en otra. Las gomas del pelo, en una caja de cerillas que le di yo.
La técnica volvió a entrar, cerró la puerta y se sentó en un rincón, en una de las sillas grandes, con un cuaderno de tapas negras en las rodillas. En la tapa tenía una pegatina con un número. Quitó el capuchón del bolígrafo. Nora todavía no había llegado.
Escribió algo, sin mirarme.
Vi moverse el bolígrafo de un lado a otro, una línea, otra. Se paró. Escribió una tercera, más corta. Miré la estantería.
Me puse derecha en la silla pequeña, con la espalda separada del respaldo. Me sequé las palmas en el pantalón.
El reloj de encima de la puerta marcaba las cinco y tres.
Hacía un ruido pequeño con cada segundo, que solo se oía cuando la técnica dejaba de escribir.
Fuera pasó una moto, y luego nada. Por debajo del estor se veían piernas pasar por la acera, de la rodilla para abajo.
En la estantería, los cuentos estaban colocados por tamaños, del más grande al más pequeño, y uno estaba del revés, con el lomo hacia dentro.
Me entraron ganas de ponerlo bien. Me quedé sentada.
En el autobús había ido preparando qué decirle primero, parada tras parada, con las mismas palabras cada vez: lo del diente, y que el abrigo le quedaba bien, fuera el que fuera. Por qué había tardado tanto, eso no se podía decir en esta sala. Ahora no me salía nada, ni lo que sí se podía.
Las cinco y cinco. La técnica cambió de página y alisó la hoja nueva con la palma.
A las cinco y siete miró el reloj de la puerta. Yo no había apartado los ojos de él.
Intenté saber cómo estaba. Tenía el estómago cerrado, las manos frías y el corazón deprisa. Lo mismo me pasaba de pequeña antes de un examen y la víspera de una fiesta. Me toqué la cara con el dorso de la mano. Estaba seca.
Tuve el bolso cerrado un rato en las rodillas, con los dedos encima del cierre. Por fuera se le notaba la forma de la copia, un rectángulo doblado contra la cartera.
Abrí el bolso y saqué la copia.
Estaba doblada por las mismas marcas, más blandas ya. Donde se cruzaban los dobleces, el papel se había abierto en un agujero pequeño. La llevaba en el bolso desde que salí, entre la cartera y las llaves, sin sacarla.
La desdoblé por las esquinas, para no tirar del agujero, y la dejé en las rodillas, boca abajo. Por detrás estaba en blanco. La sujeté con las palmas, planas.
La técnica levantó la vista del cuaderno, la bajó a mis rodillas y luego al cuaderno. El bolígrafo volvió a moverse.
Esperé a que dejara de escribir. Le di la vuelta. Bajé los ojos hasta el final, sin pararme en lo de arriba.
Abajo, en la casilla del cierre, a máquina:
«La paciente recoge a su hija sin incidencias observables.»
Y al lado, a mano:
«Sonríe. Nadie nota nada.»
Se abrió la puerta de la sala. Entró aire del pasillo, más frío, con olor a lejía. El bolígrafo de la técnica se paró.
Era Nora. Detrás de ella, en el pasillo, una mujer con la misma tarjeta colgada del cuello le soltó la mano y se quedó fuera.
Llevaba un abrigo rojo que yo no conocía, abrochado con un botón saltado. En el hueco del diente de abajo le asomaba una punta blanca.
Se paró en el umbral, con una mano en la puerta. Miró la cocinita, y la miró más rato que a lo demás. Miró la ventana, los dibujos de la pared, el rincón de la técnica. Miró la mesa baja.
Después me miró a mí.
La técnica tenía el bolígrafo levantado encima del cuaderno.
La copia seguía en mis rodillas, boca arriba.
Sonreí.