Capítulo 9 - El regreso #3
—La próxima vez cocino yo —confirmó Renata, riendo con una ligereza que llevaba semanas sin sentir—. Pero admito que ha sido la negociación más divertida en la que he participado nunca, aunque no haya habido intérprete de por medio.
—No necesitábamos intérprete —dijo él, poniéndose serio de repente, con una mirada que hizo que a Renata se le acelerara el pulso—.
Creo que es la primera vez en mi vida que hablo con alguien sin necesitar que nadie traduzca lo que quiero decir.
Y contigo, curiosamente, es la primera vez en la tuya que hablas sin traducir lo que sientes.
Renata no respondió con palabras. Se inclinó hacia él, sentados los dos en el suelo entre los restos de una tortilla desastrosa, y lo besó despacio, con la certeza tranquila de que, después de once años dedicados a hacer invisibles sus propias palabras, había encontrado por fin a alguien frente a quien no necesitaba esconderse en absoluto. ***
Antes de que Ilaria Bassi la llamara con la noticia de la cronología verificada, Renata había recibido también, sin esperarla, una llamada de Beatriz Roig, la única conversación directa que mantendrían jamás.
La exdirectora financiera, con una voz que había perdido toda la seguridad calculada de las semanas anteriores, le pidió, casi le suplicó, que testificara a su favor alegando que la relación con Dario había comenzado antes de la traducción del hilo de correos, ofreciéndole a cambio una cantidad de dinero que Renata, atónita, tardó unos segundos en procesar del todo.
—No voy a mentir por usted —le dijo Renata, con una firmeza que la sorprendió incluso a ella misma—.
Ni por dinero ni por ninguna otra razón.
Lo que tradujimos aquel día es exactamente lo que dice el documento, y la cronología de los hechos es la que es.
Si tiene un problema con eso, hable con sus abogados, no conmigo.
—Va a arruinarme —dijo Roig, con una desesperación que, por un instante fugaz, hizo que Renata sintiera algo parecido a la compasión, rápidamente sofocada al recordar los siete hoteles, las familias que habrían perdido su sustento, y la ambición fría con la que aquella mujer había estado dispuesta a sacrificar todo eso por un beneficio personal—.
Tengo una hija en la universidad, una hipoteca...
—Debió pensar en todo eso antes de firmar como apoderada de Meridia Suelo —respondió Renata, sin dejarse ablandar—.
Yo también tengo una hermana con una hipoteca, y estuvo a punto de perder su trabajo por culpa de su plan.
No voy a sentir pena por usted mientras siga sin asumir ninguna responsabilidad por lo que hizo.
Colgó el teléfono con las manos temblorosas, más por la tensión de la conversación que por cualquier duda sobre lo que acababa de decir, y se sirvió un vaso de agua que bebió despacio, sentada en su cocina, pensando en lo mucho que había cambiado en apenas unas semanas: la misma mujer que once años atrás había elegido la interpretación precisamente para no tener que defender opiniones propias acababa de sostener, sin titubear, una posición moral clara frente a alguien que intentaba comprarla, y descubrió, con una sorpresa serena, que aquella firmeza no le había costado nada del pánico que siempre había imaginado que le costaría tener una voz propia. ***
Después de que Dario le propusiera, en el pequeño salón de Chamberí, la posibilidad de conocerse de verdad sin contratos ni cláusulas de por medio, y después de aquel primer beso deliberado que ninguno de los dos necesitó justificar con ninguna excusa profesional, se quedaron un buen rato sentados en el sofá, hablando de todo lo que no habían podido hablar durante las semanas de la negociación: los planes de Dario para reestructurar la gobernanza del grupo fusionado, las ganas de Renata de reducir poco a poco su ritmo de encargos de interpretación de alta tensión para dedicarse a proyectos que le permitieran, por fin, sentir que su voz importaba tanto como la de cualquiera de sus clientes.
—Podrías escribir —le dijo Dario en un momento de la conversación, con una seriedad que sorprendió a Renata—.
Tienes una manera de observar a la gente, de captar los matices de lo que dicen y lo que callan, que me parece un talento desperdiciado si solo lo usas para traducir las palabras de otros toda la vida.
—Nunca lo he pensado en serio —admitió Renata—. Siempre me pareció más seguro traducir que crear algo propio.
—Ya no tienes que sentirte segura escondiéndote —dijo él, tomándole la mano—. Al menos no conmigo.
Aquella conversación plantó una semilla que Renata no olvidaría, y que meses después, ya instalada en Madrid con Dario, retomaría en sus ratos libres, empezando a escribir, casi como terapia al principio, breves relatos inspirados en las decenas de historias humanas que había presenciado a lo largo de once años de interpretación, historias que jamás habría podido compartir mientras estuvieran protegidas por alguna cláusula de confidencialidad, pero que, convenientemente disfrazadas de ficción, empezaron a darle una voz propia que nunca antes se había atrevido a reclamar del todo para sí misma.