Capítulo 9 - El regreso #2
Dario alargó la mano y le rozó la mejilla, secándole una lágrima con el pulgar, un gesto tan tierno que a Renata se le cerró la garganta.
—¿Eso es un sí?
—Es un sí —dijo ella, y esta vez fue ella quien cerró la distancia por completo, quien lo besó primero, sin ningún banco de parque que sirviera de coartada, sin ningún beso robado entre reuniones, sino con la deliberación absoluta de alguien que ha decidido, después de once años de esconderse detrás de las palabras de otros, arriesgarse por fin a decir las suyas propias.
Cuando por fin se separaron, Dario apoyó la frente contra la de ella, ambos con los ojos cerrados, respirando el mismo aire por primera vez sin ninguna cláusula contractual que se lo prohibiera.
—Tengo una última cosa que decirle —murmuró él—. Y esta sí que la he practicado especialmente.
—¿Cuál?
—Mi abuelo decía que un hotel no es un edificio, que es la gente que trabaja dentro.
—Dario sonrió, la primera sonrisa completa que Renata le veía desde Milán—.
Llevo semanas pensando que quizá una vida tampoco es solo el trabajo que uno hace, ni el contrato que uno firma, ni el idioma en que uno decide vivir.
Es la gente a la que uno decide dejar entrar.
Y yo, signorina Coll, quiero dejarla entrar a usted en la mía, sin ninguna cláusula de silencio de por medio.
Renata rio, un sonido claro y ligero que llevaba semanas sin salir de su garganta, y volvió a besarlo, esta vez sin ninguna prisa, con la certeza tranquila de que, por primera vez en su vida adulta, no estaba traduciendo las palabras de nadie más: estaba, por fin, diciendo las suyas. ***
Durante los cuatro días de silencio antes de la llamada de Ilaria Bassi, Renata había intentado, sin mucho éxito, retomar su vida profesional habitual.
Aceptó un encargo de dos días para un congreso de arquitectura sostenible, un trabajo tranquilo y técnico que en cualquier otro momento le habría resultado incluso relajante, y descubrió, para su propia sorpresa, que la rutina de ponerse los auriculares y traducir sobre materiales de construcción y certificaciones energéticas le proporcionaba un extraño consuelo: allí, al menos, nadie esperaba nada de ella salvo precisión técnica, sin ninguna de las complicaciones emocionales que habían marcado las últimas semanas.
Fue durante ese congreso, en una pausa para el café, cuando otra intérprete con la que había coincidido varias veces a lo largo de los años, una mujer llamada Cristina que trabajaba principalmente en el sector farmacéutico, se sentó a su lado con dos cafés y le preguntó, sin rodeos, qué le pasaba.
—Se te ve distinta —dijo Cristina—. Más callada de lo habitual, y eso ya es decir algo, porque tú nunca has sido muy habladora en los descansos.
—He tenido un encargo complicado —admitió Renata, sin entrar en detalles—. De los que te hacen cuestionarte cosas.
—¿De los que te hacen cuestionarte el trabajo, o de los que te hacen cuestionarte la vida?
—Las dos cosas, creo.
Cristina asintió con la comprensión silenciosa de alguien que llevaba también muchos años en la profesión, acostumbrada a los límites imposibles que la interpretación de alto nivel imponía sobre la vida personal de quienes se dedicaban a ella.
—A mí me pasó una vez, hace ya bastantes años —dijo—.
Un encargo para una farmacéutica, dos meses enteros de reuniones sobre un ensayo clínico.
Me enamoré del director médico del proyecto, un hombre casado, así que aquello no tenía ningún futuro posible y lo supe desde el principio.
Pero durante esos dos meses sentí que por fin alguien me veía a mí, no solo a la voz que traducía sus palabras.
Cuando terminó el encargo, terminó también aquello, y tardé casi un año en volver a sentirme entera.
—¿Y ahora?
—Ahora estoy casada con un hombre maravilloso que conocí interpretando, casualmente, en una boda —dijo Cristina, con una sonrisa que le iluminó toda la cara—.
A veces este oficio nos coloca en el centro exacto de las vidas de otras personas durante un tiempo muy intenso y muy breve, y eso puede doler muchísimo cuando termina mal.
Pero también puede, si tienes suerte, abrirte una puerta que de otro modo nunca habrías encontrado.
No sé qué te ha pasado a ti, pero espero que sea de las segundas.
Aquella conversación se le quedó grabada a Renata durante los días siguientes, un pequeño hilo de esperanza que sostuvo, sin saberlo todavía, hasta que la llamada de Ilaria Bassi confirmó que las pruebas del fraude seguían siendo válidas, y hasta que, dos días después, Dario apareció en la puerta de su piso con un español torpe y practicado y una honestidad que Renata no había esperado, pero que había estado, en el fondo, deseando con todas sus fuerzas.
• • •
Después de aquel primer beso en el salón de Chamberí, sin ningún banco de parque ni ninguna cláusula contractual de por medio, Dario se quedó a cenar, y ambos prepararon juntos una tortilla de patatas que él insistió en intentar hacer siguiendo instrucciones de Renata, con un resultado desastroso que terminó por deshacerse en la sartén y que ambos comieron de todos modos, entre risas, sentados en el suelo del salón porque Renata todavía no tenía mesa de comedor en aquel piso pequeño que había alquilado hacía apenas dos años.
—Esto es mucho peor que cualquier negociación que haya llevado en mi vida —dijo Dario, mirando los restos de tortilla desparramados sobre el plato con una expresión de derrota cómica—. Me rindo. La próxima vez cocinas tú.