Capítulo 9 - El regreso
Madrid en octubre tenía una luz distinta a la de Milán, más baja y más dorada, y Renata pasó los primeros cuatro días de vuelta en su piso del barrio de Chamberí sin apenas salir, alternando entre la angustia por la posible demanda de Beatriz Roig y un dolor más silencioso, más íntimo, que no tenía nada que ver con contratos ni cláusulas de confidencialidad.
Marta la llamaba cada día, preocupada por su silencio, y Renata inventaba excusas sobre exceso de trabajo que cada vez sonaban más huecas incluso a sus propios oídos.
Fue Ilaria Bassi quien rompió aquel encierro, llamándola al quinto día con una voz que, por primera vez desde que se conocían, sonaba casi alegre.
Renata sintió que algo se aflojaba en su pecho, aunque el alivio llegaba mezclado con una tristeza que no sabía nombrar del todo.
—¿Eso significa que las pruebas siguen siendo válidas?
—Significa que Beatriz Roig se ha quedado sin su única baza legal —dijo Ilaria—.
Su abogado nos ha comunicado esta mañana que retira la demanda amenazada contra usted.
Sabe que perdería, y sabe que además abriría la puerta a que se investigue con más profundidad su propia implicación en Meridia Suelo. Ha decidido cortar pérdidas.
—¿Y la fusión?
—Costa Serena ha presentado un nuevo plan de gobernanza sin Beatriz Roig ni Ernesto Vidal, que ha dimitido esta misma semana ante la presión de su propio consejo.
El nuevo equipo directivo ha aceptado, sin discusión, todas las condiciones que planteó el señor Conti: diez años de protección de suelo para los siete hoteles, no cinco, y garantías reforzadas de continuidad de plantilla para todos los establecimientos, incluido el hotel Aurora de Valencia.
La operación se firma la semana que viene.
Renata se sentó en el sofá de su salón, con el teléfono todavía pegado a la oreja, sintiendo cómo las lágrimas le corrían por las mejillas sin que pudiera contenerlas, una mezcla de alivio, agotamiento y una tristeza tan profunda que le costaba entender por qué, en mitad de una victoria tan clara, se sentía tan devastada.
—Gracias por contármelo, Ilaria.
—Hay algo más —dijo la abogada, y algo en su tono cambió, se volvió más personal, menos profesional—.
El señor Conti me ha pedido específicamente que sea yo quien le dé esta noticia, y no él, porque dice que no tiene ningún derecho a llamarla después de cómo la trató.
Pero también me ha pedido que le diga que, si alguna vez está dispuesta a escucharlo, él tiene algo que decirle que no le corresponde a un abogado transmitir.
Renata se quedó en silencio un largo momento, con el corazón latiéndole de un modo que no había sentido desde que subió al avión de vuelta a Madrid.
—Dígale que... —empezó, y se detuvo, insegura de qué palabras usar para expresar algo que llevaba días intentando no sentir—. Dígale que no tengo nada que decirle todavía. Pero que tampoco tengo nada que perdonarle, si eso es lo que teme.
• • •
En el vuelo de Milán a Madrid que Dario tomó apenas dos días después de que Ilaria le confirmara que las pruebas seguían siendo válidas, tuvo tiempo, por primera vez en semanas, de repasar con calma todo lo ocurrido desde aquella primera llamada de Ilaria Bassi anunciando la necesidad de contratar a una intérprete de confianza.
Pensó en el momento exacto en que Renata había traducido, sin suavizar nada, la palabra "cierre" en el anexo trece, arriesgando su propia comodidad profesional por decir la verdad.
Pensó en la noche del banco del parque, en la confianza que ella le había demostrado al hablarle de su hermana pese al riesgo legal que eso suponía.
Y pensó, sobre todo, en la expresión de su rostro cuando él la apartó de su lado, una expresión que llevaba días sin poder quitarse de la cabeza.
Sacó su teléfono varias veces durante el vuelo, escribiendo y borrando mensajes que le parecían insuficientes para lo que necesitaba decirle, hasta que finalmente decidió que ningún mensaje sería suficiente, que aquello merecía decirse en persona, mirándola a los ojos, aunque tuviera que presentarse sin avisar en la puerta de su piso como un adolescente torpe.
Practicó mentalmente, durante el resto del vuelo, las frases en español que llevaba días preparando con la ayuda de una aplicación de idiomas y de Chiara, su asistente, quien había accedido a corregirle la pronunciación durante los últimos dos días con una paciencia que Dario le agradecería siempre.
Cuando el avión aterrizó en Madrid, ya de noche, Dario sintió por primera vez en mucho tiempo algo parecido al nerviosismo puro, el mismo tipo de nerviosismo que no experimentaba desde sus primeros años al frente del Grupo Conti, cuando cada decisión importante le parecía capaz de hundir todo lo que su abuelo había construido.
Pero esta vez, comprendió mientras tomaba un taxi hacia el barrio de Chamberí, el riesgo no tenía nada que ver con hoteles ni con fusiones: tenía que ver, simplemente, con la posibilidad de haber dejado escapar, por miedo, lo mejor que le había pasado en años.
• • •
Dos días después, un jueves por la tarde, alguien llamó al timbre del piso de Renata en Chamberí.
Ella, que esperaba el reparto de un pedido, abrió la puerta sin mirar por la mirilla, y se encontró con Dario Conti, sin chaqueta, con la camisa arrugada del vuelo y una expresión de quien no ha dormido bien en más de una semana, de pie en el rellano con las manos hundidas en los bolsillos como si no supiera qué hacer con ellas.
—¿Puedo pasar? —preguntó, en español, un español torpe y con acento marcado que Renata no le había oído usar nunca, porque durante toda la negociación siempre se habían comunicado a través de ella—. He estado practicando. No es muy bueno todavía, pero quería intentar decir esto sin intérprete.
Renata se apartó de la puerta sin decir nada, todavía demasiado sorprendida para articular una respuesta, y Dario entró en el pequeño salón, mirando alrededor con la incomodidad de quien invade un espacio que no le pertenece.
—Firmamos la fusión ayer —dijo, volviendo al italiano, más cómodo—. Diez años de protección para los siete hoteles. El Aurora está a salvo. Su hermana está a salvo.
—Lo sé. Ilaria me lo contó.
—No he venido por eso. —Dario se pasó una mano por el pelo, el mismo gesto nervioso que Renata recordaba de la primera reunión en Milán, hacía apenas un mes que parecía, ahora, toda una vida—.
He venido porque llevo nueve días arrepintiéndome de la manera en que la aparté de mi lado, y necesitaba decírselo en persona, no a través de un abogado, no a través de un correo, sino mirándola a la cara, aunque tuviera que coger un avión para hacerlo.
—Hiciste lo que creíste correcto para proteger la operación —dijo Renata, aunque su voz sonó menos convencida de lo que pretendía.
—Hice lo que creí correcto para protegerme a mí mismo del miedo de perderlo todo —corrigió Dario, con una honestidad que la sorprendió—.
Me dije que la apartaba por el bien de la operación, por el bien de los trabajadores, incluso por su propio bien, y en parte era verdad.
Pero también tenía miedo, Renata. Miedo de que si me permitía seguir queriéndola en mitad de aquel desastre, y luego lo perdía todo de todas formas, no me quedara nada.
Así que elegí perderla a usted primero, de forma controlada, antes de arriesgarme a perderlo todo a la vez de forma que no pudiera controlar.
Renata sintió que la distancia cuidadosa que había mantenido desde que abrió la puerta empezaba a resquebrajarse.
—Eso es exactamente lo que yo llevo haciendo toda mi vida —dijo, con la voz quebrada—. Elegir la distancia controlada antes que el riesgo de sentir algo de verdad y perderlo. Por eso me hice intérprete, ¿recuerdas? Para no tener que arriesgar nada propio.
—Lo recuerdo perfectamente. Cada palabra de esa conversación en el banco del parque.
—Dario dio un paso hacia ella—. Y por eso sé que lo que le hice fue peor que un simple error táctico.
Fue confirmarle que tenía razón en no confiar nunca en nadie del todo, justo cuando usted había empezado, por primera vez en once años según sus propias palabras, a arriesgarse a hacerlo conmigo.
—Dario...
—Déjeme terminar, por favor, porque he practicado esto en italiano y en español durante todo el vuelo y si me interrumpe voy a perder el hilo.
—Había un temblor de humor nervioso en su voz que aligeró, por un instante, la densidad del momento—.
Renata Coll, usted entró en mi vida como una voz al oído en una sala de reuniones, y en dos semanas se convirtió en la única persona en la que confié de verdad en mitad de la peor traición profesional que he vivido.
Vi su integridad cuando eligió traducir la verdad aunque le costara algo.
Vi su coraje cuando decidió contarme lo del hilo de correos en persona, arriesgando su propio contrato.
Y vi, el día que la aparté de mi lado, el error más grande de mi vida, porque elegí protegerme del miedo en lugar de protegerla a usted, que es exactamente lo contrario de lo que se merecía.
Renata sintió que las lágrimas volvían a correrle por las mejillas, esta vez sin ningún intento de contenerlas.
—No he venido a pedirle que vuelva a trabajar para mí —continuó Dario, acortando la distancia entre ambos hasta que solo quedó el espacio de un paso—.
He venido a preguntarle si hay alguna posibilidad, por pequeña que sea, de que me permita conocerla de verdad, sin contratos, sin cláusulas de confidencialidad, sin ninguna de las excusas profesionales que ambos hemos usado durante semanas para no arriesgarnos del todo.
Solo usted y yo, sin ningún idioma que traducir entre nosotros, porque por primera vez en mi vida quiero decir las cosas directamente, con mis propias palabras torpes, aunque suenen mal en un idioma que apenas domino.
—Suenan bien —dijo Renata, con una voz rota por la emoción—. Suenan exactamente bien.