La clausula del silencio Capítulo 8 - La fotografía #2
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Capítulo 8 - La fotografía #2

Cerró la libreta, apoyó la cabeza contra la ventanilla del avión y se preguntó, mientras las luces de Milán se convertían en un punto lejano en la oscuridad, si alguna vez volvería a sentir que ser invisible era una virtud, o si Dario Conti se había llevado consigo, junto con aquella promesa rota, la única parte de ella que había aprendido, en apenas dos semanas, a no querer esconderse. ***

En el avión de vuelta a Madrid, antes de sacar su libreta de símbolos y escribir aquellas líneas que tanto la sorprendieron a sí misma, Renata se pasó la primera media hora de vuelo mirando por la ventanilla sin ver realmente nada, repasando mentalmente cada palabra de la conversación con Dario, buscando en ellas alguna grieta por la que pudiera colarse la esperanza de que aquello no fuera, en realidad, un final.

Pero cuanto más lo pensaba, más claro le quedaba que la frialdad con la que él la había apartado no admitía muchas interpretaciones alternativas: había tomado una decisión racional, calculada, del mismo modo en que tomaba cualquier decisión empresarial difícil, y la había ejecutado con la misma disciplina implacable que Renata había visto aplicar contra Ernesto Vidal y, días antes, contra su propio amigo Marco Ferri.

Quizá esa era, pensó con amargura mientras el avión sobrevolaba los Alpes, la cualidad que más había admirado en él desde el principio: la capacidad de anteponer lo correcto a lo cómodo, incluso cuando lo correcto le costaba algo profundamente personal.

Solo que ahora, por primera vez, aquella cualidad se había vuelto contra ella, y descubrir que la misma firmeza que la había enamorado era también la que acababa de apartarla de su lado resultaba una ironía demasiado cruel para procesar con serenidad a diez mil metros de altura.

Cuando aterrizó en Madrid, ya de noche, tomó un taxi hasta su piso en Chamberí y, en cuanto cerró la puerta tras de sí, se permitió por fin el derrumbe que llevaba conteniendo desde que salió del despacho de Dario.

Lloró durante casi una hora, sentada en el suelo de su propio salón con la espalda apoyada contra el sofá, sin encender ninguna luz, sintiendo el peso combinado de todo lo que había vivido en las últimas dos semanas: el descubrimiento del fraude, el miedo por Marta, la felicidad breve y luminosa del beso en el parque, y ahora aquel final abrupto que no había visto venir con tanta claridad como debería.

Marta la llamó esa misma noche, sin saber nada de lo ocurrido, únicamente para contarle con entusiasmo que en el hotel Aurora corría el rumor de que la fusión con la cadena italiana iba a incluir garantías reforzadas de continuidad de plantilla, un rumor que resultaría ser cierto pero cuyo origen Marta todavía no podía sospechar.

—¡Parece que al final todo va a salir bien!

—dijo su hermana, con una alegría que a Renata se le clavó en el pecho como una aguja, porque sabía exactamente cuánto le había costado a ella misma que las cosas salieran bien para Marta, y cuánto le estaba costando ahora, en cambio, en el terreno personal—. ¿No es una noticia estupenda?

—Es una noticia estupenda —dijo Renata, con la voz todavía ronca de tanto llorar, esperando que su hermana lo achacara al cansancio del vuelo—. Me alegro muchísimo por ti, Marta. De verdad.

—¿Estás bien? Suenas rarísima.

—Solo cansada. Ha sido un vuelo largo.

Colgó poco después, prometiéndose a sí misma que en cuanto se sintiera con fuerzas le contaría a Marta toda la verdad, o al menos la parte de la verdad que ya no estaba protegida por ninguna cláusula de confidencialidad, y se quedó dormida esa noche, por fin, con la libreta de símbolos abierta sobre el pecho, como si necesitara sentir cerca aquel objeto que había sido, durante once años, la herramienta de su invisibilidad y que ahora, extrañamente, empezaba a convertirse en el único lugar donde se permitía existir con sus propias palabras. ***

En los días posteriores a que Beatriz Roig enviara el correo con la fotografía comprometedora, mientras Renata volaba de vuelta a Madrid, Dario tuvo que enfrentarse en Milán a las consecuencias internas de aquella filtración: una reunión de urgencia con la junta directiva del Grupo Conti, alarmada por la posibilidad de que la validez de las pruebas contra Marco Ferri quedara comprometida, y una serie de llamadas tensas con el bufete de Roma para evaluar las opciones legales disponibles.

Uno de los miembros más veteranos del consejo, un hombre que había trabajado con el abuelo de Dario desde los años setenta, le planteó sin rodeos si no habría sido más prudente, desde el principio, contratar a un intérprete con quien no existiera ningún riesgo de conflicto personal.

—Con el beneficio de la retrospectiva, seguramente sí —admitió Dario ante el consejo, según le contaría después a Renata, ya reconciliados—.

Pero también les recuerdo que fue esa misma intérprete quien descubrió el fraude que estamos a punto de denunciar ante la fiscalía.

Si hubiéramos contratado a alguien menos meticuloso, menos dispuesto a fijarse en un detalle tan pequeño como una columna mal etiquetada en un anexo financiero, probablemente habríamos firmado esta fusión sin saber nunca lo que Roig y Ferri estaban planeando.

Aquella defensa, pronunciada ante un consejo de administración escéptico y preocupado únicamente por blindar legalmente la operación, no calmó del todo las dudas de algunos miembros más conservadores, pero sí bastó para que nadie propusiera formalmente prescindir de las pruebas recopiladas hasta entonces.

Dario, sin embargo, salió de aquella reunión con la sensación amarga de haber tenido que defender a Renata en su ausencia, sin poder contarle en aquel momento lo agotador que resultaba sostener, al mismo tiempo, la limpieza legal de la operación y la defensa de una relación personal que ni siquiera se había atrevido a nombrar del todo ante nadie.

Fue precisamente esa sensación de agotamiento combinado, según le confesaría más tarde, lo que le hizo decidir, apenas cuatro días después, que no podía seguir gestionando aquella situación a distancia, a través de abogados y de correos formales, y que necesitaba, contra cualquier consejo estratégico razonable, subirse a un avión hacia Madrid para arreglar las cosas con Renata en persona, aunque eso significara presentarse en su puerta sin avisar, con un discurso mal ensayado en un idioma que apenas dominaba. ***

Cristina, la intérprete amiga de Renata, la llamó por casualidad esa misma semana, sin saber nada todavía de lo ocurrido en Milán, simplemente para preguntarle si estaría disponible para un encargo conjunto en un congreso médico el mes siguiente.

Al notar la voz apagada de Renata, insistió en verse para tomar un café esa misma tarde, y Renata, necesitada de hablar con alguien que entendiera al menos parte de lo que estaba viviendo, aceptó.

—Me han apartado de un encargo —le contó, sentadas en una cafetería del barrio de Malasaña, sin entrar en los detalles más comprometedores—. Por un conflicto de intereses. Es complicado.

—¿Te enamoraste del cliente? —preguntó Cristina, sin rodeos, con la perspicacia de quien ya había pasado por algo parecido años atrás.

Renata no respondió de inmediato, pero su silencio fue respuesta suficiente.

—Ay, Renata. —Cristina le apretó la mano por encima de la mesa—.

Es el riesgo profesional que nadie te cuenta en la carrera de traducción e interpretación, ¿verdad?

Pasamos tanto tiempo siendo la voz de otras personas que a veces se nos olvida que también tenemos derecho a tener voz propia, y cuando por fin nos atrevemos a usarla, el mundo profesional no siempre está preparado para perdonárnoslo.

—No sé si esto va a solucionarse —admitió Renata, con los ojos húmedos—. Legal ni personalmente.

—Lo legal, con buenos abogados, casi siempre se soluciona de una manera u otra.

—Cristina sonrió con una calidez reconfortante—.

Lo personal es más complicado, pero si de verdad hay algo ahí, si ese hombre es tan valiente como para haberte hablado con sinceridad en medio de una crisis de esa magnitud, no creo que se rinda tan fácilmente.

Los hombres que solo buscan comodidad huyen a la primera señal de complicación.

Los que de verdad valen la pena se quedan a pelear, aunque les cueste.

Aquellas palabras, sencillas pero certeras, acompañaron a Renata durante los días siguientes, un pequeño ancla de esperanza que sostuvo hasta que, apenas una semana después, Dario demostró con creces que Cristina tenía toda la razón, apareciendo en su puerta con un español torpe y un anillo, meses más tarde, que confirmarían aquella intuición de la manera más definitiva posible. ***

Marta, sin saber nada todavía de lo ocurrido en Milán, le envió a Renata un mensaje aquella misma semana con una fotografía del hotel Aurora al atardecer, la fachada teñida de naranja por la luz del sol poniéndose sobre el Mediterráneo, acompañada de un texto sencillo: Sigue en pie.

Y con él, mi trabajo. Gracias por preguntarme siempre cómo estamos, aunque no sepas ni la mitad de lo que esa pregunta significa para mí.

Renata leyó aquel mensaje sentada en su piso vacío de Chamberí, con los ojos llenos de lágrimas que ya no sabía distinguir bien si eran de tristeza por Dario o de alivio por su hermana, y comprendió, mirando la fotografía del hotel bañado en luz dorada, que fuera cual fuera el precio personal que había tenido que pagar en aquellas semanas, jamás se arrepentiría de haber elegido la verdad por encima del silencio que su contrato le exigía.