La clausula del silencio Capítulo 8 - La fotografía
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Capítulo 8 - La fotografía

La venganza de Beatriz Roig llegó dos días después, en forma de un correo electrónico enviado simultáneamente a Ilaria Bassi, a los abogados de ambas partes y, con una crueldad calculada que Renata no pudo evitar admirar incluso mientras la destruía por dentro, a la propia junta directiva del Grupo Conti.

El correo, escrito con la precisión gélida de alguien que ha pasado toda una carrera profesional aprendiendo a herir sin levantar la voz, afirmaba que la intérprete contratada para la operación, Renata Coll, mantenía una relación sentimental con el consejero delegado Dario Conti desde al menos dos semanas atrás, y adjuntaba, como prueba, una fotografía granulada tomada con teleobjetivo desde algún punto de los Jardines Indro Montanelli: Renata y Dario sentados en el banco, en el instante exacto del beso.

Beatriz Roig concluía el correo con una acusación que, aunque interesada y oportunista, tenía la suficiente base legal como para resultar devastadora: que toda la documentación traducida por Renata Coll durante la operación, incluidos los correos que habían destapado el fraude de Meridia Suelo, debía considerarse comprometida por conflicto de intereses, dado que la intérprete mantenía una relación personal no declarada con una de las partes desde, como mínimo, el momento en que se tomó la fotografía.

Renata se enteró del correo a media mañana, cuando Ilaria Bassi la llamó a su despacho con una expresión que no auguraba nada bueno.

—Necesito que me diga la verdad ahora mismo —dijo la abogada, sin preámbulos, deslizando una copia impresa del correo y la fotografía sobre la mesa—. ¿Es cierto lo que afirma la señora Roig?

Renata miró la fotografía, el instante congelado de un momento que había sido, para ella, uno de los más honestos de su vida adulta, ahora convertido en un arma arrojadiza en manos de alguien dispuesto a destruir todo lo que hiciera falta para salvar su propio pellejo.

—Sí —dijo, porque mentir en ese momento habría sido, además de inútil, una traición más a todo lo que le quedaba de integridad—. Es cierto.

Ilaria Bassi cerró los ojos un momento, como si necesitara procesar el peso de aquella confirmación antes de continuar.

—¿Es consciente de lo que esto significa?

—preguntó—. La cláusula doce de su contrato establece la neutralidad absoluta como condición esencial del encargo.

Si existe una relación personal no declarada con una de las partes, cualquier abogado medianamente competente puede argumentar que toda su traducción, incluida la del hilo de correos de Meridia Suelo, está viciada por parcialidad.

Podrían invalidar las pruebas que hemos presentado contra Roig y Ferri.

Podrían, en el peor de los casos, presentar una demanda contra usted por incumplimiento contractual con daños que ascenderían a una cifra que probablemente no podría pagar en el resto de su vida.

Renata sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

No había pensado en las consecuencias legales de aquel beso más allá de la incomodidad profesional que Dario había mencionado el mismo día que ocurrió; no había calculado, en ningún momento, que pudiera convertirse en el arma que desmontara todo lo que habían conseguido descubrir sobre el fraude.

—¿Qué puedo hacer? —preguntó, con la voz reducida a un hilo.

—Ahora mismo, nada que no empeore la situación.

—Ilaria se frotó las sienes—. Voy a tener que informar al señor Conti de esto de inmediato, y él tendrá que decidir cómo proceder.

Le sugiero que se prepare para la posibilidad de que la aparten del encargo con efecto inmediato, y que contrate a un abogado propio, porque las implicaciones para usted podrían ser muy serias.

Dario la citó en su despacho una hora después, y Renata entró con la sensación de estar caminando hacia su propia sentencia.

Lo encontró de pie junto a la ventana, de espaldas a la puerta, con una tensión en los hombros que no tenía nada que ver con la furia que había mostrado dos días antes frente a Marco Ferri.

Aquella era una tensión distinta, más íntima y más triste.

—Lo siento —dijo Renata, antes de que él pudiera hablar—. Sé que esto complica todo. Sé que quizá he puesto en riesgo la validez de las pruebas contra Roig y Ferri, y eso es imperdonable, porque afecta a mucha gente que no tiene nada que ver con lo que pasó entre nosotros.

Dario se giró, y Renata vio en su rostro un cansancio que parecía haberle añadido años en cuestión de horas.

—Mis abogados dicen que tenemos dos opciones —dijo, sin rodeos—.

Una es que usted se retracte, que niegue la relación y alegue que la fotografía es ambigua, susceptible de otras interpretaciones.

Un abrazo de consuelo, dirían, no un beso.

Eso debilitaría el argumento de Roig lo suficiente para que las pruebas del fraude sigan teniendo validez.

—¿Y la otra opción?

—La otra opción es que asumamos la verdad tal como es, que yo declare formalmente que la relación empezó después de que usted ya hubiera entregado la traducción decisiva del hilo de correos de Meridia Suelo a los auditores, lo cual es cierto, la traducción se hizo tres días antes de aquel beso, y que confiemos en que un tribunal, si llega a eso, entienda la diferencia cronológica y no invalide pruebas que fueron generadas con total imparcialidad antes de que existiera ningún conflicto de intereses.

Renata sintió una punzada de esperanza ante aquella segunda opción, la única que no le exigía negar algo que, por primera vez en once años de carrera profesional, no estaba dispuesta a negar.

—Prefiero la verdad —dijo—. Aunque sea más arriesgada.

—Lo sé. —Dario se acercó un paso, y por un momento Renata pensó que iba a tomarle la mano como había hecho dos días antes, pero se detuvo, manteniendo una distancia que dolía más que cualquier grito—.

Pero tengo que pensar también en las consecuencias para usted, Renata, no solo para la operación.

Si Roig decide llevar esto hasta el final, podría enfrentarse a una demanda que la arruinaría, y todo por haber hecho lo correcto conmigo cuando podría haberse callado como le exigía el contrato.

—No me arrepiento de nada de lo que he hecho.

—Yo tampoco. —La voz de Dario se quebró levemente—. Pero me arrepiento de haberla puesto en esta posición. Debí mantener la distancia que le pedí a mí mismo la primera noche que caminamos juntos por Milán. Si lo hubiera hecho, ahora usted no estaría a punto de perderlo todo por mi culpa.

—No es tu culpa —dijo Renata, dando un paso hacia él que anulaba la distancia que Dario acababa de imponer—. Es mía tanto como tuya. Los dos elegimos ese banco, los dos elegimos acercarnos. No voy a dejar que cargues tú solo con la culpa de algo que decidimos juntos.

Dario la miró con una intensidad que mezclaba deseo y desesperación a partes iguales, pero cuando habló, su voz sonó más fría de lo que Renata esperaba, una frialdad que reconoció, con el corazón encogido, como la misma que él había mostrado al confrontar a Marco Ferri, la frialdad de alguien que se protege a sí mismo apartando lo que más le importa.

—Necesito que se aparte del encargo con efecto inmediato —dijo—.

No porque dude de usted, sino porque cualquier interacción adicional entre nosotros solo dará más munición a Roig.

Ilaria contratará a otro intérprete para lo que queda de negociación, y usted volverá a Madrid mientras mis abogados resuelven la cuestión legal de la validez de sus traducciones anteriores.

—Dario...

—Es lo mejor para todos —la interrumpió él, y aunque Renata pudo ver el esfuerzo que le costaba pronunciar aquellas palabras, la determinación de su voz no dejaba espacio para la discusión—.

Para la operación, para los trabajadores de esos siete hoteles que todavía necesitan que esta fusión se cierre con las protecciones adecuadas, y para usted, que no merece que su nombre quede manchado por una demanda que yo podría haber evitado si hubiera tenido la disciplina de mantener la distancia que le pedía el contrato.

Renata sintió que algo se le rompía por dentro, un dolor tan agudo que durante un instante le costó respirar.

Había esperado muchas cosas de aquella conversación —miedo, incertidumbre legal, incluso el fin de la operación—, pero no había esperado que Dario, el mismo hombre que dos días antes le había dicho arrodillado que no soportaría verla cargar sola con la culpa, la apartara ahora de su lado con la misma frialdad calculada con la que gestionaba una cifra desfavorable en una mesa de negociación.

—Entiendo —dijo, con una voz que apenas reconoció como suya—. Volveré a Madrid esta misma tarde.

—Renata...

—No —dijo ella, levantando una mano para detenerlo—. Has tomado una decisión y la entiendo, aunque me duela. No voy a hacer que sea más difícil de lo que ya es.

Salió del despacho sin mirar atrás, caminó por el pasillo de mármol gris con la espalda recta y la barbilla alta, la misma compostura profesional que había perfeccionado durante once años de carrera, y solo cuando llegó al ascensor y las puertas se cerraron a su espalda, sola por fin, se permitió apoyar la frente contra el espejo frío y llorar en silencio durante los seis pisos que tardó en llegar al vestíbulo.

•     •     •

Aquella noche, en el avión de vuelta a Madrid, con la ciudad de Milán encogiéndose bajo las nubes hasta desaparecer del todo, Renata sacó su libreta de símbolos, la misma que había usado durante quince días para traducir cifras y cláusulas, y por primera vez en once años escribió algo en ella que no era la traducción de las palabras de otra persona, sino las suyas propias.

Hice lo correcto. Descubrí el fraude, protegí a Marta, protegí a cientos de trabajadores que ni siquiera saben mi nombre. Y perdí, en el mismo movimiento, lo único que en años había sentido como mío.