La clausula del silencio Capítulo 10 - El hotel Aurora
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Capítulo 10 - El hotel Aurora

Un año después, el hotel Aurora de Valencia celebró su cuarenta aniversario con una fiesta en el jardín trasero que Marta llevaba meses organizando con un entusiasmo que Renata no le había visto desde antes de todo aquel episodio de auditorías y rumores de cierre.

Habían colgado guirnaldas de luces entre los naranjos del patio, contratado un catering local y a un grupo de música que tocaba versiones de boleros, y prácticamente toda la plantilla del hotel, desde las camareras de piso hasta el nuevo director regional que Costa Serena había nombrado tras la salida de Ernesto Vidal, se había reunido para celebrar que, contra todo pronóstico ocho meses atrás, el hotel seguía en pie, con todos sus puestos de trabajo intactos y un plan de renovación financiado por el nuevo grupo fusionado que prometía convertirlo en uno de los establecimientos insignia de la costa mediterránea.

Renata observaba la fiesta desde una mesa junto a los naranjos, con una copa de cava en la mano, viendo a Marta reír con sus compañeros bajo las luces, y sintió una punzada de una felicidad tan simple y tan completa que todavía, después de todo lo que habían pasado, le costaba creer que fuera del todo real.

—Tu hermana baila fatal —dijo Dario, sentándose a su lado con dos platos de jamón que había conseguido rescatar de la mesa del catering antes de que desaparecieran—. Lo digo con todo el cariño del mundo.

—Baila fatal desde que tenía cinco años. Nuestra madre intentó apuntarla a clases de sevillanas y la profesora la echó al segundo mes.

—Me encanta esa historia. —Dario le ofreció uno de los platos, y Renata lo aceptó con una sonrisa, todavía maravillada, después de ocho meses juntos, por lo fácil que resultaba la conversación entre ellos cuando ninguno de los dos tenía que traducir nada para el otro—.

¿Sabes? Marco me escribió la semana pasada.

Renata levantó la vista, sorprendida. Marco Ferri había sido procesado en Italia por administración desleal, había llegado a un acuerdo de conformidad que incluía la devolución íntegra de las ganancias derivadas de Meridia Suelo y una pena suspendida a cambio de su colaboración plena con la fiscalía, y desde entonces Dario no había vuelto a mencionar su nombre con nada que no fuera un silencio cargado de dolor todavía sin cicatrizar del todo.

—¿Qué te decía?

—Que ha empezado a trabajar como asesor financiero independiente, sin clientes grandes, casi como voluntariado, ayudando a pequeñas empresas familiares a evitar justo el tipo de tentación en la que él cayó.

—Dario removió el cava de su copa, pensativo—.

No sé si voy a perdonarlo alguna vez del todo.

Pero me alegra saber que está intentando construir algo bueno con lo que queda.

—Beatriz Roig no ha tenido tanta suerte, por lo que sé.

—Inhabilitada para ejercer cargos de responsabilidad financiera durante ocho años, y con un proceso penal en marcha en España por administración fraudulenta.

—Dario se encogió de hombros, sin ningún rastro de compasión en la voz—.

A diferencia de Marco, ella nunca mostró ni un ápice de arrepentimiento.

Hasta el final insistió en que solo estaba "protegiendo sus intereses legítimos".

Con esa gente es difícil sentir otra cosa que alivio de que ya no tenga poder para hacerle daño a nadie más.

La música cambió a algo más lento, y Dario dejó su plato sobre la mesa, tendiéndole la mano a Renata con un gesto teatral que le arrancó una carcajada.

—¿Me concede este baile, signorina Coll?

—Sigo sin ser Coll para ti en las escrituras del piso que acabamos de comprar juntos, por cierto —dijo ella, tomando su mano y dejándose llevar hacia el pequeño espacio despejado entre las mesas donde ya bailaban algunas parejas—. Ese detalle legal deberíamos solucionarlo pronto.

—Sobre eso —dijo Dario, deteniéndose en mitad del jardín, con una expresión que de pronto se volvió seria bajo las luces de las guirnaldas—.

Llevo semanas pensando en cómo plantear exactamente esta conversación, y he decidido que, después de todo lo que hemos vivido escondiendo cosas el uno del otro por culpa de un contrato, no voy a esconder esto ni un segundo más.

Se sacó del bolsillo de la chaqueta una cajita pequeña, y Renata sintió que el corazón le daba un vuelco tan fuerte que por un momento no pudo respirar.

—Dario...

—No he preparado ningún discurso elaborado, porque la última vez que practiqué un discurso en español para usted terminé llorando en su salón, y prefiero decir esto simplemente.

—Abrió la cajita, revelando un anillo sencillo, sin ostentación, del tipo que Renata habría elegido para sí misma si alguna vez se hubiera permitido imaginar aquel momento—.

Renata Coll, la mujer que tradujo la verdad cuando le habría sido mucho más fácil traducir el silencio. ¿Quieres casarte conmigo?

A su alrededor, la música seguía sonando, las conversaciones de la fiesta continuaban ajenas a lo que estaba ocurriendo en aquel rincón del jardín, y Marta, que se había acercado sin que ninguno de los dos lo notara, se llevó las manos a la boca al comprender lo que estaba a punto de pasar.

—Sí —dijo Renata, con la voz quebrada por una felicidad que no necesitaba ninguna traducción, en ningún idioma, para que Dario la entendiera—. Sí, quiero.

Cuando él le deslizó el anillo en el dedo y la levantó del suelo entre risas y un abrazo que duró mucho más de lo estrictamente necesario, Renata escuchó, entre los aplausos que empezaban a llegar de las mesas cercanas donde la gente había reparado por fin en lo que sucedía, la voz clara de Marta gritando algo sobre organizar la boda en el propio hotel Aurora, y pensó, con los ojos llenos de lágrimas felices y el aroma a azahar de los naranjos flotando en el aire cálido de la noche valenciana, que once años dedicados a hacer invisibles sus propias palabras la habían conducido, contra todo pronóstico, hasta el único momento de su vida en el que no necesitaba decir nada en absoluto para que la entendieran del todo.

•     •     •

Antes de que Dario le propusiera matrimonio en el jardín del hotel Aurora, había habido ocho meses de una vida en común que Renata, mirando atrás aquella noche, no había imaginado posible durante los peores días de la operación en Milán.

Dario había dividido su tiempo entre la sede central del grupo, ahora renombrado formalmente Conti Ospitalità tras completarse la fusión, y Madrid, donde había alquilado un apartamento a pocas calles del piso de Renata, hasta que, tras cuatro meses de vuelos constantes entre ambas ciudades, decidieron juntos comprar un piso más grande en el barrio de Salamanca donde pudieran instalarse los dos sin que ninguno tuviera que renunciar del todo a su ciudad de origen, ya que Dario había insistido en conservar también un pequeño apartamento en Milán para las semanas que la gestión del grupo todavía le exigía pasar allí.

Renata, por su parte, había reducido progresivamente su actividad como intérprete de eventos aislados y había aceptado, no sin cierta ironía dado todo lo ocurrido, un puesto de asesora de comunicación internacional para el nuevo Conti Ospitalità, un cargo que le permitía seguir trabajando con los dos idiomas que definían su identidad profesional sin tener que volver a sentarse nunca más en una sala de negociaciones bajo la sombra de una cláusula de silencio como la que había firmado aquel primer día.

El nuevo grupo fusionado, bajo la dirección de Dario, había implementado en los meses siguientes una política de transparencia financiera que incluía auditorías externas anuales obligatorias y un canal directo de denuncias protegido para cualquier empleado que detectara irregularidades, una medida que Dario había impulsado personalmente, según le confesó a Renata una noche, precisamente para que ningún otro trabajador de la empresa tuviera que vivir jamás la angustia que ella había vivido al descubrir el fraude sin saber a quién acudir con seguridad.

Marta, por su parte, había sido ascendida a subdirectora del hotel Aurora tras la marcha del antiguo director regional, un ascenso que se había ganado a pulso durante los meses de incertidumbre y que Renata, sentada entre los invitados de aquella fiesta de aniversario bajo los naranjos, celebraba con un orgullo que no tenía nada que ver con haber salvado su puesto de trabajo desde las sombras, sino con haber visto a su hermana pequeña crecer profesionalmente por mérito propio, ajena todavía, incluso meses después, a la magnitud completa de lo que Renata había hecho por ella sin poder contárselo en su momento.

Fue precisamente aquella noche, después de la propuesta de matrimonio, cuando Renata decidió por fin contarle a Marta toda la verdad, sentadas las dos junto a la barra improvisada del jardín mientras la fiesta continuaba a su alrededor.

—Así que por eso me llamaste a las dos de la madrugada aquella vez —dijo Marta, con los ojos muy abiertos, después de escuchar la historia completa del anexo trece, del hilo de correos de Meridia Suelo y de la cláusula doce que le había impedido advertirla durante semanas—.

Renata, podrías habérmelo contado en cuanto pudiste.

Habría entendido perfectamente por qué no podías antes.

—Lo sé. Pero necesitaba contártelo del todo, no a medias, y necesitaba también estar segura de que no ponía en riesgo nada legal para ti al contártelo demasiado pronto.

—Renata le apretó la mano a su hermana, con los ojos húmedos—.

Lo único que me importaba de verdad, durante todas esas semanas, era que tu trabajo estuviera a salvo.

Todo lo demás, incluido lo que pasó con Dario, fue una consecuencia que ni siquiera imaginaba cuando empezó todo.