La clausula del silencio Capítulo 7 - La confrontación #2
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Capítulo 7 - La confrontación #2

—Esta negociación queda suspendida con efecto inmediato —anunció Dario al final de la reunión, con una autoridad que no dejaba espacio para la réplica—.

No voy a firmar ninguna fusión con una empresa cuya directora financiera ha estado orquestando el desmantelamiento fraudulento de sus propios activos a espaldas de sus trabajadores.

Costa Serena tiene dos semanas para presentar un plan de gobernanza completamente nuevo, sin la señora Roig en ninguna posición de responsabilidad, o esta operación se cancela de manera definitiva y pondré en conocimiento de los reguladores españoles todo lo que hemos descubierto.

Ernesto Vidal, pálido, asintió sin discutir, y la reunión terminó en un silencio que pesaba más que cualquier grito.

Renata, agotada después de un día que había empezado antes del amanecer con la confrontación a Marco Ferri, sintió por primera vez en semanas algo parecido a la esperanza: el fraude había salido a la luz, Dario estaba haciendo lo correcto, y quizá, solo quizá, el hotel Aurora y el puesto de trabajo de Marta saldrían de aquello intactos.

Lo que todavía no sabía, mientras recogía su libreta y salía de la sala de reuniones con las piernas temblorosas de cansancio, era que Beatriz Roig, humillada y desesperada, ya había empezado a buscar una manera de vengarse, y que esa manera tenía un nombre y un apellido que Renata reconocería con horror en cuanto se enterara de lo que estaba a punto de suceder. ***

Los cuatro días que Dario tardó en decidir cómo actuar contra Marco Ferri fueron, para Renata, un ejercicio constante de disimulo.

Seguía acudiendo cada mañana al despacho, seguía traduciendo documentación de auditoría con la misma precisión de siempre, y seguía cruzándose por los pasillos con Marco Ferri, que continuaba trabajando con normalidad, ajeno por completo a que su destino ya estaba prácticamente sellado.

Aquella normalidad fingida le resultaba a Renata casi insoportable: Marco la saludaba con la misma cordialidad de siempre, le preguntaba en su español torpe y simpático si necesitaba algo del departamento financiero para su trabajo, y ella tenía que responder con una sonrisa que le costaba más esfuerzo del que jamás había necesitado en una sesión de interpretación.

—No sé cómo lo soportas —le confesó a Dario una noche, por teléfono, incapaz de seguir callándose la angustia que le producía aquella farsa cotidiana—. Verlo cada día, sonreírle, saber lo que sé.

—Yo tampoco sé cómo lo soporto —admitió Dario, con una fatiga profunda en la voz—.

Pero necesito reunir todas las pruebas antes de confrontarlo, para que no pueda alegar después que actué de forma precipitada o sin fundamento.

Si lo hago mal, un buen abogado podría convertir esto en una demanda por despido improcedente, y entonces Marco no solo se libraría de las consecuencias de lo que hizo, sino que además me costaría una fortuna adicional.

—¿Cuánto más vas a tardar?

—El bufete de Roma dice que necesita dos días más para verificar la titularidad completa de Meridia Suelo con documentación notarial irrefutable. Después de eso, actuaré.

Aquellos dos días finales fueron, para Renata, los más largos de toda la operación.

Trabajaba durante el día con una concentración que le exigía un esfuerzo casi físico, y por las noches hablaba con Dario durante horas, no ya sobre la operación ni sobre Marco Ferri, sino sobre todo lo demás: su infancia en Génova y Madrid, los veranos que pasaba con sus abuelos maternos en la Riviera italiana, la manera en que su padre, funcionario de aduanas, la llevaba de pequeña a ver los barcos entrar en el puerto y le explicaba, con una paciencia que ella no recordaba haber valorado del todo hasta ese momento, de dónde venía cada mercancía y qué historia contaba cada contenedor.

Dario, a su vez, le habló de su madre, fallecida cuando él tenía diecinueve años, de lo mucho que se parecía Renata, según sus propias palabras, a la determinación silenciosa con la que ella había llevado la contabilidad de la primera pensión familiar en Rapallo durante décadas sin que nadie fuera de la familia supiera jamás cuánto trabajo invisible sostenía todo aquel negocio desde dentro.

—Mi madre también era una especie de intérprete —le dijo una noche—. Traducía entre mi abuelo, que solo entendía de hostelería tradicional, y los bancos, que empezaban a exigir balances y proyecciones que él ni siquiera sabía leer. Sin ella, la empresa se habría hundido en los años ochenta.

—Parece que tienes debilidad por las mujeres que traducen cosas invisibles —dijo Renata, con una sonrisa que él no podía ver pero que se le notó en la voz.

—Parece que sí —admitió Dario—. Aunque contigo espero, algún día, que dejes de sentir que tienes que traducirte a ti misma para que alguien te entienda de verdad.

Aquella frase se le quedó grabada a Renata durante el resto de la noche, un eco cálido que la acompañó incluso después de colgar, y que resonaría con más fuerza todavía semanas después, cuando por fin aprendiera a decir las cosas con sus propias palabras, sin ninguna traducción de por medio. ***

Después de la confrontación con Marco Ferri, y antes de la reunión vespertina en la que Dario suspendería formalmente la negociación con Costa Serena, hubo un intervalo de varias horas en las que Dario tuvo que ocuparse de las consecuencias operativas inmediatas de la salida de su director financiero: informar al consejo de administración del Grupo Conti, nombrar un sustituto interino, y coordinar con el bufete de Roma la presentación de la denuncia correspondiente ante las autoridades italianas.

Renata, que no tenía ningún papel formal en aquellas gestiones internas, pasó esas horas trabajando en su pequeña sala, traduciendo la documentación que Ilaria Bassi iba necesitando para preparar la reunión de la tarde, e intentando, sin demasiado éxito, no pensar en cómo estaría Dario sobrellevando todo aquello a solas.

A media tarde, Ilaria entró en su sala con una expresión de cansancio que Renata no le había visto en todas las semanas que llevaban trabajando juntas.

—Ha sido un día muy largo —dijo la abogada, sentándose un momento frente a ella—. Quince años de amistad destruidos en una mañana. No envidio la posición de Dario ahora mismo.