Capítulo 7 - La confrontación
Dario tardó cuatro días en decidir cómo actuar, cuatro días durante los cuales la negociación oficial se congeló bajo la excusa de "cuestiones técnicas pendientes de la auditoría" mientras, entre bastidores, Dario Conti desmontaba en silencio la confianza de dos décadas depositada en Marco Ferri.
Contrató a un bufete externo de Roma, ajeno por completo al círculo habitual del Grupo Conti, para verificar de manera independiente la autenticidad de los correos y rastrear la titularidad real de Meridia Suelo S.L.
Renata, que seguía trabajando cada día en la traducción de la documentación de la auditoría, fue testigo privilegiado, aunque silencioso, de cómo se iba cerrando el cerco.
El quinto día, un jueves, Dario convocó una reunión a las siete de la mañana, antes de que llegara nadie más al despacho, y le pidió a Renata que estuviera presente porque necesitaría su interpretación para una conversación que, según le advirtió, iba a ser extremadamente difícil.
—Voy a confrontar a Marco esta mañana —dijo, mientras esperaban en la sala de reuniones vacía, el amanecer todavía gris tras los ventanales—.
Habla español razonablemente bien, pero en un momento así prefiero que no haya ambigüedad posible en ninguna de las dos direcciones.
Necesito que traduzca exactamente lo que yo diga y exactamente lo que él responda, sin suavizar nada, aunque sea muy duro de escuchar.
—Lo haré. —Renata dudó un instante—. ¿Estás seguro de que quieres que yo esté en esta sala? Es algo muy personal para ti.
—Precisamente por eso la quiero aquí. —Dario la miró con una gravedad que Renata no le había visto nunca, ni siquiera en los momentos más tensos de la negociación con Vidal—.
Es la única persona en este edificio en la que confío sin ninguna reserva.
Si voy a perder a mi mejor amigo dentro de media hora, necesito tener a alguien en quien confiar de verdad sentada a mi lado.
Marco Ferri llegó a las siete y media, con el paso relajado de quien no sospecha nada, un hombre de unos cuarenta y cinco años, con entradas incipientes y una sonrisa fácil que se le heló en la cara en cuanto vio la expresión de Dario y la carpeta cerrada sobre la mesa.
—¿Qué pasa? —preguntó, sentándose despacio—. Pareces que has visto un fantasma.
Dario abrió la carpeta y deslizó una copia impresa del hilo de correos sobre la mesa, sin decir palabra.
Renata, sentada junto a Dario, observó cómo Marco Ferri leía las primeras líneas, cómo el color se le iba de la cara progresivamente, línea a línea, hasta que llegó a su propio nombre al final del hilo.
—Dario, esto...
—En español, por favor, para que la traducción sea exacta —dijo Dario, con una voz tan controlada que resultaba más aterradora que cualquier grito—. Quiero que quede constancia precisa de todo lo que digas.
Marco Ferri tragó saliva, miró a Renata como si acabara de reparar en su presencia, y después volvió a mirar a Dario.
—Puedo explicarlo.
—Adelante.
—No es lo que parece del todo. —Ferri se pasó una mano por la cara, y Renata tradujo cada palabra al español con precisión clínica, aunque por dentro sentía el peso de estar presenciando la destrucción de una amistad de quince años—.
Empezó como una cobertura, Dario. Un seguro por si la fusión salía mal y algunos de esos hoteles terminaban cerrando de todas formas por causas de mercado, algo que iba a pasar con o sin nuestra intervención.
Roig se puso en contacto conmigo hace ocho meses, cuando el proyecto de fusión todavía estaba en fase muy preliminar, y me planteó la posibilidad de posicionarnos de antemano en el suelo, para no dejar que fuera solo ella quien se beneficiara si los cierres llegaban a producirse.
—¿Un seguro? —repitió Dario, y aunque hablaba en italiano, Renata percibió el desprecio en cada sílaba antes incluso de traducirlo—.
¿Llamas seguro a conspirar con la directora financiera de la otra parte para provocar el cierre de siete hoteles y repartiros el suelo mientras yo negociaba de buena fe una cláusula de protección de empleo?
—No estaba pensado para provocar nada, solo para posicionarnos si...
—El correo dice literalmente que activaríais el plan "en cuanto pase el periodo de protección que Dario está negociando" —interrumpió Dario, golpeando la mesa con el dedo sobre la línea impresa—.
Eso no es una cobertura pasiva, Marco. Es una estrategia activa para vaciar de contenido mi propia negociación en cuanto dejara de estar legalmente blindada.
Estabas esperando a que yo terminara de proteger a esa gente para poder empezar a destruirla con seguridad jurídica.
Marco Ferri no respondió de inmediato. Renata, traduciendo cada intercambio con una precisión que le costaba un esfuerzo casi físico, observó cómo el hombre parecía derrumbarse por dentro, la seguridad inicial desmoronándose en algo parecido a la vergüenza.
—Tengo tres hijos en la universidad y una hipoteca en Como que no puedo pagar solo con mi sueldo, por bueno que sea —dijo al fin, con la voz quebrada—.
Cuando Roig me lo propuso, la cifra que ofrecía era...
Dario, eran cuatro millones de euros en dos años.
No pude decir que no. Sé que eso no es excusa, pero es la verdad.
—No es excusa —confirmó Dario—. Es una traición, Marco. A mí, a mi abuelo, a cada trabajador de esta empresa que confía en que las decisiones que tomamos arriba no se basan en cuánto podamos robarles por debajo de la mesa.
—Lo sé.
—Quedas suspendido de tus funciones con efecto inmediato, y voy a poner esto en manos de la fiscalía, tanto en Italia como, si Roig ha actuado con la connivencia de Costa Serena, en España también.
—Dario se puso en pie, y Renata vio en su rostro una mezcla de dolor y determinación que le resultó casi insoportable de traducir con neutralidad—.
No voy a protegerte de las consecuencias legales de esto, aunque hayas sido mi amigo durante quince años.
Precisamente porque lo has sido, esto me duele más de lo que puedo expresarte ahora mismo.
Marco Ferri se levantó despacio, con el rostro descompuesto, y antes de salir de la sala se detuvo un momento, mirando a Dario con algo que parecía, absurdamente, alivio.
—En el fondo me alegra que lo hayas descubierto —dijo—. Llevo ocho meses sin poder dormir bien.
Salió sin esperar respuesta, y en cuanto la puerta se cerró tras él, Dario se dejó caer en la silla más cercana, con la cabeza entre las manos. Renata dejó su libreta sobre la mesa y se acercó a él sin dudarlo, olvidando por completo cualquier distancia profesional, y le puso una mano en el hombro.
—Lo has hecho bien —dijo—. Muy bien, teniendo en cuenta las circunstancias.
—No se siente bien. —Dario levantó la cabeza, con los ojos brillantes de una emoción que no había mostrado ante Marco pero que ahora, a solas con ella, ya no se molestaba en ocultar—.
Se siente como si me hubieran arrancado algo.
Quince años, Renata. Estuvo en el hospital conmigo cuando murió mi abuelo.
Y todo este tiempo estaba calculando cuánto dinero podía sacar de la ruina de gente que ni siquiera conoce.
—Lo sé. —Renata se arrodilló junto a su silla, tomándole las manos entre las suyas—.
Y ahora tienes que decidir qué hacer con Beatriz Roig y con Ernesto Vidal, y hacerlo de una manera que proteja a la gente de esos siete hoteles sin destruir la parte legítima de esta fusión, que también existe. Es mucho para cargar en un solo día.
—Lo sé. —Dario le apretó las manos, y por un momento se quedaron así, en silencio, el amanecer ya convertido en mañana plena tras los ventanales—. Gracias por estar aquí. No solo por traducir. Por estar, sin más.
—No pienso irme a ninguna parte —dijo Renata, y en el instante en que pronunció esas palabras se dio cuenta de que ya no hablaba de aquella mañana concreta, ni de aquella sala de reuniones, sino de algo mucho más grande y mucho más aterrador que llevaba semanas creciendo dentro de ella sin que se atreviera a nombrarlo del todo.
• • •
La convocatoria de Ernesto Vidal y Beatriz Roig se produjo esa misma tarde, con los abogados de ambas partes presentes y un ambiente que Renata jamás había experimentado en dos semanas de negociación: un silencio glacial que ni siquiera las cifras más agresivas de los primeros días habían logrado producir.
Dario expuso las pruebas con una frialdad quirúrgica que a Renata le costó reconocer en el mismo hombre que esa mañana había llorado, casi, arrodillado frente a ella.
Beatriz Roig negó cualquier implicación al principio, alegando que Meridia Suelo era una sociedad de un familiar lejano de la que ella no tenía ningún control real, una explicación que se desmoronó en cuanto los abogados del bufete romano presentaron el registro mercantil mostrando que la propia Beatriz Roig figuraba como apoderada de la sociedad desde su constitución.
Ernesto Vidal, por su parte, juró y perjuró que no sabía nada, que Beatriz Roig había actuado por su cuenta, y aunque Renata no tenía forma de verificar si aquello era cierto, algo en la manera desesperada en que lo repetía, mirando a los abogados en lugar de a Dario, le hizo sospechar que su ignorancia, si era real, había sido una ignorancia deliberadamente cultivada, del tipo que permite a un consejero delegado no hacer demasiadas preguntas mientras los números cuadren.