Capítulo 6 - El nombre de Marco Ferri #2
—Vas a tener que ser muy cuidadosa a partir de ahora —dijo él—.
Si Roig o Ferri sospechan que usted sabe algo, o que hay algo entre nosotros, van a intentar usar cualquier cosa para desacreditarla como intérprete y anular así el valor probatorio de la documentación que ha traducido.
No puede ni imaginarse hasta qué punto se va a complicar esto en las próximas semanas.
—Lo sé —dijo Renata, y apretó su mano con más fuerza—. Pero prefiero que se complique sabiendo la verdad, que seguir tranquila viviendo dentro de una mentira.
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Aquella noche, Renata no pudo dormir. Se quedó despierta en la habitación del hotel, con el portátil abierto sobre las rodillas, releyendo mentalmente cada palabra del correo de Marco Ferri, calculando qué significaría aquello para Marta si el plan se hubiera ejecutado sin que nadie lo descubriera: el hotel Aurora cerrado dentro de dos años con la excusa de pérdidas continuadas, su hermana en paro con una hipoteca recién firmada, mientras Beatriz Roig y Marco Ferri se repartían en secreto el valor del suelo sobre el que se había levantado el sueño de tantas familias que habían trabajado allí durante generaciones.
A las dos de la madrugada, incapaz de contener más la angustia, llamó a Marta, sabiendo que probablemente estaría dormida y que la despertaría sin ninguna explicación que pudiera darle.
—¿Renata? —La voz de su hermana sonó espesa de sueño y alarmada al mismo tiempo—. ¿Qué pasa? Son las dos de la mañana.
—Nada, nada malo —mintió a medias, porque no podía decirle la verdad completa—. Solo quería oír tu voz. Ha sido una semana rara en el trabajo y necesitaba saber que estás bien.
—Estoy bien, tonta. Preocupada por lo del hotel, pero bien. —Hubo un silencio breve, y después la voz de Marta se volvió más suave, más despierta—. Oye, ¿va todo bien contigo? Llevas semanas rara. Más rara de lo normal, quiero decir.
Renata cerró los ojos, sintiendo el peso combinado de la cláusula doce, del secreto de Marco Ferri, del beso en el parque que no podía contarle a nadie, y de todo lo que llevaba guardando desde que firmó aquel contrato dieciocho días antes.
—Estoy bien —dijo, aunque su voz se quebró levemente en la última sílaba—. Solo cansada. Duerme, anda. Perdona por despertarte.
—Renata.
—¿Sí?
—Sea lo que sea, cuando puedas contármelo, aquí voy a estar. —Marta bostezó, ajena por completo a la ironía de lo que acababa de decir—. Te quiero, hermana rara.
—Y yo a ti. Más de lo que te imaginas.
Colgó y se quedó mirando el techo de la habitación del hotel durante mucho rato, pensando que jamás en once años de carrera había cargado con un silencio tan pesado como el que llevaba encima aquella noche, y preguntándose, no por primera vez, cuánto tiempo más sería capaz de sostenerlo antes de que algo, en alguna parte, terminara por romperse. ***
Antes de encontrar el hilo de correos que lo cambiaría todo, Renata había pasado buena parte de la mañana del tercer día de auditoría clasificando documentación mucho menos dramática: facturas de mantenimiento, contratos de suministro de lencería y actas de reuniones de departamento que, en su mayoría, confirmaban que Costa Serena era, más allá del fraude que estaba a punto de descubrir, una empresa gestionada con razonable competencia en su día a día.
Aquel detalle, pensó después, hacía aún más triste lo que estaba a punto de encontrar: no se trataba de una empresa corrupta de arriba abajo, sino de una organización sana infiltrada por la codicia puntual de dos personas con acceso privilegiado a información que nadie más llegaba a ver.
Uno de los auditores suizos, un hombre metódico llamado Felix Brunner que apenas hablaba durante las largas jornadas de trabajo, se detuvo junto a su mesa a media mañana para preguntarle, en un inglés cuidadoso, si había encontrado algo relevante en los correos de la dirección financiera.
—Todavía estoy revisando —dijo Renata, con la carpeta de Meridia Suelo todavía sin abrir sobre su mesa, sin saber que apenas una hora después contendría la revelación que destrozaría la confianza de Dario en su amigo de toda la vida—. Hay mucho volumen.
—Tómese el tiempo que necesite —dijo Brunner—. Preferimos precisión a velocidad. Un solo documento mal traducido puede invalidar semanas de trabajo si alguna vez esto termina en un tribunal.
Aquella frase, pronunciada sin ninguna intención especial, resonaría en la mente de Renata semanas después, cuando la validez legal de sus propias traducciones se convirtiera en el arma que Beatriz Roig intentaría usar contra ella.
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