Capítulo 6 - El nombre de Marco Ferri
La auditoría independiente empezó un lunes lluvioso, con un equipo de seis personas de una consultora suiza instalándose en una sala de reuniones anexa a la principal, cargados de portátiles y cajas de documentos que Costa Serena había accedido, con visible mala gana, a poner a su disposición.
Renata pasó los primeros dos días de aquella semana haciendo un trabajo distinto al habitual: en lugar de interpretar en directo durante las negociaciones, la destinaron a traducir por escrito la documentación que los auditores iban solicitando, decenas de páginas de contratos, actas de consejo y correos internos que debían pasar del español al italiano para que el equipo de Dario pudiera revisarlos.
Fue en el tercer día, revisando una carpeta de correos electrónicos internos de Costa Serena que los auditores habían marcado como relevantes para el análisis de los siete hoteles deficitarios, cuando Renata encontró algo que le heló la sangre.
Era un hilo de correos entre Beatriz Roig y una dirección de correo que no pertenecía a ningún dominio corporativo reconocible: meridiasuelo.consultoria en un dominio genérico, sin ningún membrete oficial.
El asunto del hilo, en español, decía simplemente: "Valoración terrenos post-cierre — confidencial".
Renata, con el pulso acelerado, empezó a traducir el contenido para incluirlo en el informe de los auditores, tal y como su encargo requería, y cuanto más leía, más claro le quedaba que aquello no era el "papeleo estándar de gestión de riesgos" que Ernesto Vidal había descrito dos semanas antes.
Los correos, fechados a lo largo de los últimos ocho meses, describían con un lenguaje cada vez menos velado un plan para provocar el cierre técnico de los siete hoteles deficitarios en los dos años posteriores a la fusión, alegando pérdidas continuadas, y vender después el suelo urbanizable de cada uno de ellos a una sociedad limitada llamada Meridia Suelo S.L.
La sociedad, según un documento adjunto que Renata también tuvo que traducir, tenía como administradora única a una tal Carla Roig Ferrer, con el mismo apellido que Beatriz Roig.
Pero lo que hizo que a Renata se le cayera literalmente el bolígrafo de la mano fue el último correo del hilo, fechado apenas diez días antes de que ella recibiera la primera llamada de Ilaria Bassi.
Estaba dirigido a Beatriz Roig y firmado por un remitente cuyo nombre Renata reconoció al instante porque lo había visto decenas de veces en las carpetas de la operación, siempre a un lado de Dario, siempre presentado como su mano derecha y amigo de toda la vida.
Marco Ferri. Director financiero del Grupo Conti.
Beatriz, confirmado por mi parte. En cuanto se cierre la fusión y pase el periodo de "protección" que Dario está negociando, activamos el plan según lo hablado.
Cinco años es más tiempo del que me gustaría, pero también es más tiempo para preparar el terreno sin levantar sospechas.
Mi 40% de Meridia sigue en pie mientras mantengamos esto entre nosotros dos.
No puede saberlo nadie, y mucho menos él.
Renata leyó el correo tres veces, cada vez con más dificultad para respirar con normalidad.
No era Costa Serena en solitario quien planeaba vaciar de contenido la promesa que Dario le había hecho a su abuelo moribundo.
Era su propio director financiero, el hombre en quien confiaba más que en nadie después de dos décadas de amistad, quien estaba orquestando el fraude desde dentro, en connivencia con la directora financiera española.
Se levantó de la mesa, con las piernas temblorosas, y salió al pasillo con la excusa de ir al aseo, necesitando un minuto para pensar antes de decidir qué hacer con lo que acababa de descubrir.
El contrato que había firmado le exigía guardar silencio absoluto sobre cualquier información que conociera en el ejercicio de sus funciones, sin excepción, con independencia de las consecuencias para terceros.
Pero aquella información no afectaba solo a terceros anónimos: afectaba directamente a Dario, a quien estaban traicionando dentro de su propia empresa, y afectaba a Marta, cuyo puesto de trabajo dependía de que aquel plan no se ejecutara jamás.
Y sin embargo, técnicamente, aquel correo formaba parte de la documentación que los auditores independientes habían solicitado, la misma documentación que su encargo la obligaba a traducir para que constara en el informe conjunto.
No estaba filtrando nada por iniciativa propia: estaba haciendo, letra por letra, el trabajo que le habían contratado para hacer.
La diferencia entre cumplir su contrato y romperlo, comprendió con un alivio que le supo amargo, dependía de un tecnicismo tan fino como un hilo de coser.
Terminó de traducir el hilo de correos completo, palabra por palabra, sin omitir ni suavizar nada, y lo entregó al jefe del equipo de auditores junto con el resto de la documentación de esa jornada, tal y como haría con cualquier otro documento del encargo.
Después, con el corazón latiéndole con fuerza, buscó a Dario en su despacho.
Lo encontró solo, revisando cifras en la pantalla de su ordenador, y en cuanto ella cerró la puerta a su espalda, él levantó la vista y algo en su expresión debió de alarmarle, porque se puso en pie de inmediato.
—¿Qué pasa?
—Los auditores tienen un documento que deberías ver en cuanto lo suban al informe —dijo Renata, procurando que su voz sonara serena aunque por dentro le temblaba todo—.
Es un hilo de correos entre Beatriz Roig y una dirección externa.
Yo lo he traducido esta mañana como parte de mi trabajo con el equipo de auditoría, y va a constar en el informe oficial, así que no estoy filtrándote nada que no vayas a recibir de todos modos.
Pero prefiero que lo sepas por mí antes de que lo leas en frío en un documento.
Dario se quedó muy quieto.
—Dígamelo.
—Hay un plan para provocar el cierre técnico de los siete hoteles en los próximos dos años y vender el suelo urbanizable a una sociedad llamada Meridia Suelo, controlada por una familiar de Beatriz Roig.
—Renata respiró hondo antes de decir el resto—.
Y en el hilo de correos hay un mensaje de Marco Ferri confirmando que tiene un cuarenta por ciento de esa sociedad y pidiendo que no se te diga nada.
El silencio que siguió fue el más largo y más denso que Renata había presenciado en las dos semanas que llevaba en aquella operación.
Vio cómo la información atravesaba a Dario en oleadas sucesivas —incredulidad primero, después una furia contenida que le blanqueó los nudillos apoyados en el escritorio, y finalmente algo que se parecía mucho al dolor puro, el dolor específico de descubrir que la traición viene de la persona en la que uno menos esperaba tener que dudar.
—Marco —dijo, casi en un susurro, como si necesitara oír el nombre en voz alta para empezar a creérselo—. Marco estuvo en mi boda. Fue el padrino de mi hermana. Trabajó codo con codo con mi abuelo durante quince años antes de que yo asumiera el cargo.
—Lo siento muchísimo.
—¿Está segura? —Dario levantó la vista, y en sus ojos había una súplica que Renata reconoció, la súplica de alguien que quiere, contra toda evidencia, que le digan que se ha equivocado—. ¿Segura del todo? ¿No hay ninguna posibilidad de que sea un malentendido, un correo sacado de contexto?
—El correo dice literalmente "mi cuarenta por ciento de Meridia" y "no puede saberlo nadie, y mucho menos él".
—Renata se acercó un paso, incapaz de mantener la distancia profesional ante la evidente devastación que veía en su rostro—.
No hay ambigüedad posible en esa frase, Dario. Lo siento muchísimo.
Dario se dejó caer en su silla como si le hubieran cortado las piernas, y durante un largo minuto no dijo nada, con la mirada perdida en algún punto del escritorio. Renata se sentó frente a él, sin saber qué más hacer salvo estar presente, y esperó.
—Llevo quince días luchando contra Vidal y Roig pensando que la amenaza venía solo de fuera —dijo Dario al fin, con una voz que había perdido toda la firmeza habitual—.
Nunca se me ocurrió mirar dentro de mi propia casa.
Marco revisaba cada cifra que yo presentaba en esta negociación.
Cada cláusula que yo pensaba que estaba protegiendo a esos trabajadores, él la leía antes que nadie, sabiendo perfectamente que en cinco años pensaba destruirla desde dentro.
—¿Qué vas a hacer?
—Todavía no lo sé. —Se frotó la cara con las dos manos, un gesto de agotamiento absoluto—.
Necesito verificar el documento con calma, hablar con mis abogados, y decidir si esto lo manejo dentro de la empresa o si tiene que salir a la luz de forma que también implique consecuencias legales para Beatriz Roig y, posiblemente, para Vidal, si resulta que él lo sabía.
—Levantó la vista hacia ella—. Gracias por decírmelo antes de que lo leyera solo en un informe.
No sé si tenía derecho contractual a hacerlo, pero le agradezco que lo haya hecho de todos modos.
—Lo he traducido porque era mi trabajo traducirlo —dijo Renata, aunque ambos sabían que había algo más que trabajo en la manera en que se lo había contado en persona, con la puerta cerrada, antes de que se convirtiera en un párrafo frío dentro de un informe de sesenta páginas—.
El resto ha sido... porque me importas. Y porque no soportaba la idea de que te enteraras de esto solo, sin nadie al lado.
Dario alargó la mano por encima del escritorio y ella se la tomó sin dudarlo, un gesto tan simple y tan cargado de significado que a Renata se le hizo un nudo en la garganta.