Capítulo 5 - El banco del parque #3
De vuelta en el despacho tras el paseo, mientras Renata terminaba de revisar la traducción del resumen ejecutivo para los inversores luxemburgueses, Dario entró un momento en su pequeña sala con la excusa de preguntarle algo sobre un término técnico, aunque ambos sabían que la pregunta era solo un pretexto para verse a solas unos minutos más.
—¿Cómo se dice en español "due diligence" cuando quiero que suene menos a jerga anglosajona y más a algo que Vidal no pueda esquivar con tecnicismos? —preguntó, apoyado en el marco de la puerta con una sonrisa que desmentía la seriedad fingida de la pregunta.
—"Diligencia debida" es la traducción correcta, aunque en la práctica todo el mundo en España también dice "due diligence" —respondió Renata, sin poder evitar sonreír también—. ¿Es esa la verdadera pregunta que has venido a hacerme?
—No —admitió Dario, bajando la voz aunque no había nadie más cerca—. He venido a preguntarte si has pensado, aunque sea un poco, en lo de esta tarde.
—He pensado en poco más —confesó Renata, repitiendo casi las mismas palabras que le escribiría por mensaje apenas una hora después—. Pero tenemos trabajo pendiente, Dario, y esto es muy arriesgado para los dos.
—Lo sé. —Él suspiró, con una expresión que mezclaba deseo contenido y una especie de resignación cauta—. Volveré a mi despacho antes de que alguien note que llevo demasiado tiempo aquí preguntando por terminología jurídica que ya sabía de sobra.
Se marchó con una última mirada que dejó a Renata con el pulso acelerado durante el resto de la tarde, consciente de que aquel breve intercambio, aparentemente trivial, era en realidad la confirmación de que ninguno de los dos tenía ya ninguna intención de fingir que lo del parque había sido un simple desliz sin consecuencias. ***
Aquella noche, después del beso en el parque y de la vuelta por separado al despacho, Renata no pudo evitar repasar mentalmente, una y otra vez, cada segundo de aquella tarde mientras se preparaba para dormir en su habitación de hotel.
Había algo casi irreal en la facilidad con la que había sucedido todo, como si dos semanas de tensión contenida hubieran encontrado, por fin, la única salida posible, y sin embargo la parte más racional de su mente, la misma que llevaba once años protegiéndola detrás de la neutralidad profesional, no dejaba de recordarle todos los riesgos que aquel simple gesto conllevaba.
Escribió, y borró, varios mensajes para Marta esa noche, tentada de contarle al menos una versión edulcorada de lo sucedido, algo sobre haber conocido a alguien interesante en el trabajo, sin mencionar nombres ni detalles que pudieran comprometer la confidencialidad de la operación.
Finalmente decidió no enviar nada, consciente de que cualquier alusión, por vaga que fuera, podría generar preguntas que no estaba preparada para responder todavía.
En cambio, sacó su libreta de símbolos y, en una página en blanco, dibujó algo que no tenía nada que ver con ningún sistema de taquigrafía profesional: un pequeño boceto del banco del parque, apenas unas líneas esquemáticas, con dos siluetas sentadas una junto a la otra.
Se quedó mirando el dibujo un buen rato, sonriendo para sí misma como una adolescente, antes de cerrar la libreta y apagar la luz, con la sensación extraña y nueva de que, por primera vez en mucho tiempo, no sabía exactamente hacia dónde se dirigía su vida, y que esa incertidumbre, contra todo pronóstico, no le resultaba aterradora sino, de algún modo, liberadora. ***
Ilaria Bassi, que llevaba dos décadas observando a Dario Conti gestionar sus negocios con una disciplina casi monacal, fue probablemente la primera persona en notar el cambio en su comportamiento tras aquella tarde en los Jardines Indro Montanelli.
Durante la sesión de trabajo de esa misma noche, mientras revisaban los últimos detalles de la cláusula de protección del suelo, sorprendió a Dario mirando el teléfono con una frecuencia que no era habitual en él, sonriendo brevemente ante algún mensaje antes de devolver la atención a los documentos con un carraspeo que a Ilaria, con toda su experiencia legal, no le pasó desapercibido.
—¿Algo interesante en el teléfono? —preguntó, con una ceja arqueada que no dejaba lugar a dudas sobre lo que realmente estaba insinuando.
—Cuestiones familiares —mintió Dario, sin mucha convicción, y siguió trabajando con una concentración renovada que a Ilaria le pareció, en el fondo, casi tierna, aunque decidió no insistir más aquella noche.
La abogada, sin embargo, guardó aquel pequeño momento en algún rincón de su memoria profesional, el mismo instinto que la había convertido en una de las mejores negociadoras mercantiles de Milán advirtiéndole que algo estaba cambiando en la dinámica de aquella operación, algo que probablemente tendría que vigilar de cerca en las semanas siguientes, aunque todavía no pudiera imaginar hasta qué punto aquel cambio terminaría complicando, semanas después, la validez legal de las pruebas más importantes de todo el caso.