Capítulo 5 - El banco del parque #2
Aquella misma mañana, antes de que Ernesto Vidal aceptara la cláusula de protección del suelo, Renata había pasado casi una hora, mientras ambas delegaciones hacían una pausa técnica para consultar con sus respectivos consejos, sentada a solas en la sala vacía, repasando sus notas y tratando de anticipar cómo podría desarrollarse la confrontación.
Ilaria Bassi entró en algún momento para dejar unos documentos y, al verla tan concentrada, se detuvo un instante.
—¿Cree que Vidal cederá? —preguntó la abogada, apoyándose en el respaldo de una silla.
—Creo que no tiene alternativa —dijo Renata—. Si se niega a una cláusula de protección tan razonable después de que ustedes hayan encontrado ese anexo, va a parecer que confirma exactamente lo que ese documento sugiere.
—Tiene usted buen instinto para esto —dijo Ilaria, con una sonrisa apreciativa—. Más del que suelen tener la mayoría de los intérpretes que contratamos, que se limitan a traducir sin involucrarse en la estrategia. Debería pensar en formarse en derecho mercantil algún día. Tiene madera para ello.
—Prefiero seguir siendo la que traduce —dijo Renata, aunque el comentario se le quedó grabado, un recordatorio incómodo de que su implicación en aquella operación ya empezaba a ser mayor de lo que cualquier intérprete debería permitirse.
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Después del paseo por los Jardines Indro Montanelli y de aquel primer beso que cambió, sin que ninguno de los dos lo dijera en voz alta, las reglas tácitas de todo lo que vendría después, Renata y Dario regresaron por separado al despacho, con cinco minutos de diferencia, siguiendo un plan improvisado sobre la marcha para que nadie los viera llegar juntos.
Renata entró primero, con el pulso todavía acelerado y las mejillas, sospechaba, visiblemente sonrosadas, y se encontró a Ilaria Bassi esperando en el vestíbulo con expresión de urgencia.
—Menos mal que llega —dijo la abogada—. Los inversores luxemburgueses han adelantado la llamada de seguimiento a esta tarde. Necesito que traduzca un resumen ejecutivo de doce páginas al italiano en la próxima hora. ¿Puede con ello?
—Por supuesto —dijo Renata, agradecida en secreto por la distracción, que le dio una excusa perfecta para recuperar la compostura mientras se sumergía en la traducción de cifras de rentabilidad y proyecciones de flujo de caja, un ejercicio tan mecánico y tan alejado de todo lo que acababa de sentir en aquel banco del parque que, paradójicamente, la ayudó a calmarse.
Trabajó sin descanso durante la hora siguiente, con la puerta de la pequeña sala que le habían asignado como despacho temporal cerrada, y cuando por fin entregó el documento traducido, encontró un mensaje de Dario en su teléfono, el primero que le enviaba fuera del contexto estrictamente profesional.
Sigo pensando en el banco del parque. Espero que tú también, aunque sea un poco. — D.
Renata sonrió al leerlo, sola en su pequeño despacho, y tardó varios minutos en decidir cómo responder, consciente de que cada mensaje que intercambiaran a partir de entonces sería, en cierto modo, un documento más que añadir a la lista de cosas que no podía enseñarle a nadie.
Pienso en poco más desde entonces , escribió finalmente. Pero tenemos una operación de miles de millones que cerrar, así que voy a intentar concentrarme el resto del día. Inténtalo tú también.
Imposible , respondió él casi al instante. Pero lo intentaré por los dos.
Guardó el teléfono con una sensación cálida en el pecho que llevaba mucho tiempo sin experimentar, una sensación que, supo con una claridad inquietante, iba a hacer que las semanas siguientes fueran mucho más difíciles de sobrellevar de lo que ya lo eran solo con el peso del secreto del anexo trece. ***
Ernesto Vidal, aquella noche, después de la sesión en la que había tenido que aceptar la cláusula de protección del suelo, llamó a Beatriz Roig a su habitación de hotel, una conversación de la que Renata no tendría noticia hasta mucho después, cuando el hilo de correos completo saliera a la luz durante la auditoría.
Vidal, según se descubriría más tarde, le había expresado a Roig su inquietud por la firmeza inesperada con la que Dario había planteado la exigencia de la cláusula, preguntándose en voz alta si alguien les había filtrado información sobre el contenido del anexo trece.
—Alguien tuvo que verlo —había dicho Vidal, según constaría después en las transcripciones que el bufete de Roma reconstruiría a partir de los registros telefónicos—.
Nadie pregunta por una cláusula de protección de suelo de la nada, con esa precisión, a menos que sepa exactamente lo que está buscando proteger.
Beatriz Roig, con la frialdad que la caracterizaba, le había respondido que probablemente se trataba de una casualidad, que cualquier buen negociador incluiría una cláusula similar como medida de precaución estándar, y le había pedido que no hiciera preguntas que pudieran despertar sospechas innecesarias.
Pero aquella conversación, que Renata desconocía por completo mientras paseaba con Dario por los Jardines Indro Montanelli aquella misma tarde, marcaría el inicio de la creciente paranoia de Beatriz Roig respecto a la intérprete, una paranoia que semanas después se materializaría en la fotografía tomada con teleobjetivo en aquel mismo parque.
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