Capítulo 5 - El banco del parque
Ernesto Vidal tenía una explicación preparada para la columna del "Plan B", y la soltó a la mañana siguiente con la fluidez de quien ha ensayado la respuesta toda la noche.
—Es un anexo estándar de nuestro departamento de patrimonio inmobiliario —dijo, en cuanto Dario planteó la pregunta sin rodeos, apenas dos minutos después de que empezara la sesión—.
Toda cadena hotelera de nuestro tamaño mantiene análisis de valor alternativo de sus activos, incluida la opción de reconversión de suelo, como parte de la diligencia debida estándar.
No implica ninguna intención de cerrar esos establecimientos.
Es papeleo de gestión de riesgos, señor Conti, nada más.
Renata tradujo la respuesta con su precisión habitual, observando de reojo cómo Dario escuchaba con los brazos cruzados y una expresión que no dejaba traslucir si la explicación le convencía o no.
—Entonces no tendrá inconveniente en incluir en el acuerdo de fusión una cláusula explícita que prohíba la venta o recalificación del suelo de cualquiera de los veintitrés hoteles durante un mínimo de diez años tras el cierre de la operación —dijo Dario—.
Si de verdad es solo papeleo de gestión de riesgos sin intención real, esa cláusula no debería costarle nada aceptarla.
Un silencio se instaló en la sala, el tipo de silencio que Renata había aprendido a reconocer en dos semanas de negociación como el sonido de alguien calculando cuánto podía perder por decir que no.
Beatriz Roig, la directora financiera, cruzó una mirada con Ernesto Vidal, y esta vez la mirada no fue tan rápida ni tan discreta como las anteriores; duró casi un segundo entero, suficiente para que Renata, y a juzgar por su expresión también Dario, la captaran con toda claridad.
—Necesitaríamos estudiarlo con nuestro consejo —dijo Vidal al fin, en un tono que había perdido buena parte de su seguridad anterior—. Diez años es un plazo muy largo para inmovilizar activos que podrían necesitar reestructuración por motivos legítimos de mercado.
—Entonces cinco años —propuso Dario, sin ceder terreno—. Y una auditoría independiente, encargada conjuntamente por ambas partes, de la situación real de esos siete hoteles antes de que se firme nada. Si el negocio es tan sólido como usted asegura, esa auditoría solo puede beneficiarles.
La reunión se prolongó otras tres horas de tira y afloja, y para cuando llegó la pausa del mediodía, Ernesto Vidal había aceptado, con evidente disgusto, una cláusula de cinco años de protección del suelo y una auditoría independiente que empezaría la semana siguiente.
Fue una victoria a medias, la clase de acuerdo que deja a ambas partes convencidas de haber cedido demasiado, pero para Renata, que había pasado la mañana entera con el estómago encogido pensando en Marta y en el hotel Aurora, fue la primera noticia buena en días.
• • •
Aquella tarde, con la sesión suspendida hasta el día siguiente para que ambas delegaciones consultaran con sus respectivos consejos, Dario le pidió a Renata que lo acompañara a caminar por los Jardines Indro Montanelli, a pocas calles del despacho.
Era la primera vez en dos semanas que tenían tiempo libre a plena luz del día, y el aire de finales de septiembre en Milán tenía ya un filo de otoño que Renata agradeció después de tantas horas de aire acondicionado.
—Gracias —dijo Dario, mientras caminaban despacio por un sendero bordeado de plátanos—. Por lo de ayer. Sin ese anexo yo habría firmado esta operación creyendo en una promesa que quizá nunca tuvieron intención de cumplir.
—Solo hice mi trabajo. Traducir lo que había en la página.
—No es verdad, y los dos lo sabemos. —Se detuvo junto a un banco y, con un gesto que a Renata le pareció casi tímido en un hombre que dirigía un imperio hotelero, le indicó que se sentara—.
Podría haberme dado una traducción vaga, "cierre" podría haberlo suavizado como "reorganización", nadie lo habría notado.
Eligió ser precisa cuando la precisión le costaba algo.
Eso no es un trabajo, Renata. Es una decisión.
Renata se sentó a su lado, consciente de que la distancia entre ambos, esta vez sin una mesa de negociaciones de por medio, era la más corta que habían compartido desde que se conocieron.
—Tenía miedo de que fuera real —admitió—. Lo del cierre. Por mi hermana.
—Lo sé. Se le nota en la cara cada vez que se menciona Valencia.
—Dario la miró de perfil, con una atención que no tenía nada que ver con las cifras de una fusión—.
¿Por qué no me lo dijo directamente? Que su hermana trabaja en el Aurora, quiero decir.
Podría haberme ayudado a entender antes por qué le importaba tanto.
—Porque no podía —dijo Renata, y por primera vez desde que firmó el contrato sintió el peso literal de la cláusula doce, un peso físico en el pecho—.
El acuerdo de confidencialidad que firmé me prohíbe usar cualquier información de esta operación para beneficio propio o de terceros, y eso incluye advertir a mi propia hermana de que su trabajo podría estar en peligro.
Si se lo hubiera dicho a usted directamente, sin que apareciera en un documento oficial, habría estado utilizando mi posición de un modo que el contrato prohíbe explícitamente.
Dario guardó silencio un momento, procesando aquello con una expresión que Renata no supo leer del todo: sorpresa, quizá, o una especie de respeto incómodo.
—Eso es una posición terrible en la que estar —dijo al fin—. Sentada en la mesa donde se decide el futuro de la persona que más le importa en el mundo, y obligada por contrato a no decir una palabra.
—Es la posición que acepté al firmar.
—¿Y si yo le dijera ahora mismo, fuera de la sala de reuniones, sin que conste en ningún documento, que voy a hacer todo lo posible para que ningún hotel cierre sin garantías reales para su plantilla? ¿Eso también estaría prohibido?
Renata sintió que algo se le aflojaba en el pecho, un alivio tan intenso que le sorprendió lo cerca que había estado de las lágrimas sin darse cuenta.
—No —dijo—. Eso puedo escucharlo.
—Pues escúchelo. —Dario se giró hacia ella en el banco, y la distancia entre sus rostros se redujo un poco más, en un gesto que ya no tenía ninguna coartada profesional que lo justificara—.
Voy a proteger esos puestos de trabajo, Renata.
No porque usted tenga una hermana en el Aurora, sino porque es lo correcto y porque se lo prometí a mi abuelo.
Pero también, si soy sincero, porque no soportaría que la persona que me ha enseñado, en dos semanas, más sobre lo que significa la integridad que cualquier consejo de administración en diez años, tuviera que vivir con la culpa de haber estado callada mientras algo malo le pasaba a su familia.
—Dario...
—Sé que no debería decir esto —la interrumpió él, con una urgencia contenida que Renata no le había oído nunca—.
Sé que usted trabaja para mí, que hay un contrato, que esta operación todavía no ha terminado y que cualquier cosa que pase entre nosotros ahora mismo podría parecer, si alguien lo mirara desde fuera, una forma de presión inapropiada sobre alguien en su posición.
Pero llevo dos semanas viéndola sostener el peso de dos idiomas, dos delegaciones enfrentadas y ahora el miedo por su hermana, todo al mismo tiempo, sin que se le note en la voz cuando traduce, y no sé cómo seguir fingiendo que eso no me ha hecho quererla conocer de verdad.
El silencio que siguió fue distinto a cualquiera de los anteriores, cargado de una tensión que ya no era profesional ni contenida por ninguna cláusula contractual, sino puramente humana, puramente física.
Renata miró los ojos oscuros de Dario, la manera en que la luz de la tarde le suavizaba las facciones angulosas, y sintió que la distancia que había mantenido durante once años entre ella y cualquier cosa que se pareciera a un sentimiento propio se resquebrajaba de una manera que no sabía cómo detener ni si de verdad quería hacerlo.
—Esto es una mala idea —dijo, aunque no se movió.
—Probablemente la peor idea que he tenido en años —coincidió Dario, y tampoco se movió.
Fue ella quien acortó los últimos centímetros, o quizá fue él, o quizá fue simplemente que dos semanas de tensión contenida encontraron por fin la única salida posible: un beso breve, casi tímido al principio, que se profundizó cuando ninguno de los dos hizo ademán de retirarse.
Renata sintió la mano de Dario en su mejilla, cálida y firme, y por un instante, sentada en un banco de un parque de Milán a las cinco de la tarde, olvidó por completo los veintitrés hoteles, la cláusula doce, el nombre de Aurora y todo lo demás, y solo existió el momento presente, sin traducción posible.
Cuando se separaron, ninguno de los dos habló durante un rato. Dario le sostuvo el rostro un momento más, como si necesitara asegurarse de que aquello había sido real, y después dejó caer la mano con una expresión que mezclaba felicidad y una preocupación evidente.
—Esto complica todo —dijo.
—Lo sé.
—No puedo permitir que nadie en la negociación sepa que esto ha pasado. Por usted, sobre todo. Si Vidal se entera de que hay algo personal entre nosotros, usará eso para cuestionar su neutralidad como intérprete y podría intentar anular cualquier cosa que hayamos acordado alegando parcialidad.
—Lo sé —repitió Renata, y sintió, con una claridad incómoda, que acababan de añadir un segundo secreto a la lista de cosas que no podía contarle a nadie: el del anexo trece, y ahora este.
Caminaron de vuelta al despacho en un silencio cargado de todo lo que acababa de cambiar entre ellos, manteniendo una distancia cuidadosamente profesional en cuanto entraron en el radio de las cámaras de seguridad del edificio, y Renata pasó el resto de la tarde preguntándose cuántos secretos más iba a tener que sostener antes de que aquella operación llegara a su fin, y si sería capaz de sostenerlos todos sin que se le quebrara algo por dentro. ***