La clausula del silencio Capítulo 4 - El anexo trece #3
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Capítulo 4 - El anexo trece #3

Ilaria la miró un momento, con esa expresión evaluadora que Renata ya empezaba a reconocer como parte del arsenal profesional de la abogada, y finalmente asintió, aparentemente satisfecha, o al menos dispuesta a no presionar más por el momento.

—Es la respuesta correcta —dijo—. Y la que esperaba de usted, para ser sincera.

Pero permítame decirle algo, aunque no sea santo de mi devoción hablar de estas cosas: si alguna vez encuentra algo en esta operación que le parezca que merece salir a la luz, hágalo a través de los cauces correctos, como parece que está haciendo con la auditoría.

No se calle nunca algo importante solo porque un contrato se lo prohíba técnicamente.

Los contratos protegen intereses legítimos, pero ningún contrato debería obligar a nadie a ser cómplice silencioso de un fraude.

Aquellas palabras, pronunciadas por la misma abogada que le había hecho firmar el NDA más severo de toda su carrera, resonarían en la mente de Renata muchas veces en las semanas siguientes, un permiso tácito e inesperado que la ayudaría, cuando llegara el momento decisivo, a encontrar la claridad moral que necesitaba para actuar sin que el peso de la cláusula doce la paralizara por completo. ***

Marta llamó a Renata de nuevo esa misma noche, sin saber que a pocos metros de su hermana, en un despacho de Milán, acababa de descubrirse el documento que decidiría el destino de su propio puesto de trabajo.

Esta vez la conversación giró en torno a algo mucho más doméstico: la fontanería del piso de Marta se había estropeado y necesitaba consejo sobre si llamar a un fontanero de urgencia o esperar al día siguiente.

—Llama ya, no lo dejes para mañana —dijo Renata, agradecida en secreto por la normalidad de aquel problema tan mundano, un respiro bienvenido después de la tensión del anexo trece—. Una fuga puede empeorar mucho de un día para otro.

—Ya, pero es carísimo que venga de urgencia un domingo por la noche.

—Yo te lo pago si hace falta, no te preocupes por eso.

—No necesito que me pagues nada, solo que me digas si estoy exagerando o no —rio Marta—. A veces se me olvida que ganas mucho más que yo con esto de los idiomas. Deberías haberme convencido de estudiar traducción en vez de gestión hotelera.

—Entonces no tendrías el trabajo que tanto te gusta —dijo Renata, con una punzada de culpa al pensar en lo cerca que había estado aquel trabajo de desaparecer sin que Marta lo supiera todavía—. Llama al fontanero. Y mándame la factura si al final es una barbaridad.

Colgaron poco después, y Renata se quedó un momento mirando el teléfono, pensando en la facilidad con la que su hermana hablaba de fontaneros y facturas domésticas, ajena por completo a que su hermana mayor acababa de pasar la tarde descubriendo un plan que, de haber salido adelante, habría convertido aquella fuga de agua en el menor de sus problemas. ***

Aquella noche, tras descubrir el anexo trece, Dario se quedó trabajando en su despacho mucho después de que el resto del equipo se hubiera marchado, revisando una y otra vez cada página de la documentación que Beatriz Roig había dejado sobre la mesa, buscando cualquier detalle adicional que se le hubiera podido escapar en la lectura apresurada de la tarde.

Renata, que había regresado a su hotel siguiendo su consejo, no pudo evitar enviarle un mensaje pasada la medianoche, preocupada por si seguía despierto dándole vueltas a todo aquello.

¿Sigues en el despacho? , escribió.

Sí. No puedo dormir hasta entender bien qué estoy mirando , respondió Dario casi de inmediato, señal de que efectivamente seguía despierto, probablemente rodeado de papeles y tazas de café frío.

Deberías descansar. Mañana necesitarás la cabeza despejada para decidir cómo actuar.

Lo sé. Pero cada vez que cierro los ojos veo esa columna, "Plan B", como si fuera una advertencia que llevaba semanas delante de mis narices sin que yo supiera leerla.

Renata dudó un momento antes de escribir su siguiente mensaje, consciente de que estaba a punto de cruzar, una vez más, la delgada línea entre la preocupación profesional y algo mucho más personal.

No estás solo en esto , escribió finalmente. Sé que legalmente tengo límites sobre lo que puedo decirte, pero como persona, no como intérprete, quiero que sepas que puedes contar conmigo para lo que necesites mientras resuelves esto.

La respuesta de Dario tardó varios minutos en llegar, y cuando lo hizo, Renata sintió que algo se le encogía en el pecho de una manera que ya no tenía nada que ver con el miedo por Marta ni con la angustia del anexo trece.

Gracias , escribió él. No sabes lo que significa oír eso esta noche. Descansa, Renata. Mañana va a ser un día largo, y quiero que estés a mi lado con fuerzas.

Ella se quedó mirando la pantalla del teléfono un buen rato después de aquel intercambio, preguntándose cuándo exactamente había dejado de ser, para Dario Conti, simplemente la intérprete contratada para una operación multimillonaria, y había empezado a convertirse en algo mucho más difícil de definir con ninguna de las categorías profesionales que su contrato contemplaba.