Capítulo 4 - El anexo trece #2
—Nuestros clientes en España tienen fidelidad a la marca Costa Serena —argumentó Ernesto Vidal, y Renata tradujo la frase con la misma neutralidad de siempre, aunque ya empezaba a captar en la voz del consejero delegado español un patrón que se repetía cada vez que se sentía acorralado: hablaba más despacio, alargaba las vocales, como si ganar tiempo con la cadencia pudiera compensar la falta de argumentos sólidos—.
Eliminar el nombre de la noche a la mañana sería un suicidio comercial.
—Nadie ha hablado de eliminarlo de la noche a la mañana —respondió Dario, con la paciencia calculada que empleaba siempre en los primeros minutos de cualquier fricción, antes de que la conversación se tensara del todo—.
Hablo de un plan de transición de tres años, con estudios de mercado que validen cada fase.
Pero al final, señor Vidal, este grupo se va a llamar Conti Ospitalità, con submarcas regionales donde tenga sentido comercial, no al revés.
La discusión se prolongó cerca de una hora, con Renata sosteniendo el ritmo de la traducción entre ambos idiomas sin apenas margen para respirar, hasta que llegaron a un acuerdo provisional: cinco años de coexistencia de marcas, con revisión a mitad de plazo según los datos de mercado.
Fue justo después de cerrar aquel punto, con ambas delegaciones visiblemente cansadas y dispuestas a hacer una pausa, cuando Beatriz Roig se levantó para ir al aseo y dejó, sin darle importancia aparente, la carpeta de anexos financieros sobre la mesa que después resultaría contener el documento que lo cambiaría todo.
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Después de que Dario le pidiera guardar silencio sobre lo que habían descubierto, Renata pasó el resto de la tarde interpretando de manera casi automática, con la mente dividida entre las cifras que salían de su boca y la imagen del anexo trece grabada en su memoria como una fotografía que no podía dejar de mirar.
En un momento de la sesión, mientras Ernesto Vidal explicaba una modificación menor en el calendario de pagos, sorprendió a Beatriz Roig observándola con una atención que no le había dedicado en días anteriores, una mirada breve pero evaluadora, como si intentara calibrar cuánto sabía la intérprete y si aquel conocimiento suponía algún riesgo.
Renata sostuvo la mirada el tiempo justo para no parecer evasiva y después volvió a concentrarse en su libreta, con el corazón latiéndole con fuerza.
No podía saber, en aquel momento, si Beatriz Roig sospechaba que la carpeta se le había extraviado con documentación sensible, o si simplemente estaba siendo paranoica después de un descubrimiento que le había cambiado la percepción de toda la operación.
Pero el instinto profesional que había desarrollado en once años de interpretar situaciones de alta tensión le decía que aquella mirada no era casual, y que tendría que ser más cuidadosa que nunca en los días siguientes.
Aquella noche, de vuelta en su habitación de hotel, Renata llamó a su madre en Génova, necesitando oír una voz familiar que no tuviera nada que ver con fusiones, anexos ni cláusulas de confidencialidad.
—Suenas cansada, cariño —dijo su madre, con esa capacidad casi telepática que tienen las madres para detectar el peso exacto de las palabras de sus hijas incluso a través del teléfono—. ¿Va bien el trabajo en Milán?
—Va bien, mamá. Solo es un encargo largo y agotador.
—¿Y ya está? ¿Nada más que contar? —Su madre soltó una risa suave—. Te conozco desde hace treinta y cuatro años, Renata. Cuando dices "nada más" con esa voz, siempre hay algo más.
Renata sonrió a pesar de sí misma, sentada en el borde de la cama con las luces de Milán titilando al otro lado de la ventana.
—Puede que haya conocido a alguien —admitió, sorprendida de lo bien que sentaba decirlo en voz alta, aunque fuera de manera tan vaga—. Pero es complicado. Es el cliente para el que estoy trabajando, y hay reglas muy estrictas sobre mezclar lo profesional con lo personal en este tipo de encargos.
—Las reglas las escriben personas que nunca han estado enamoradas de verdad —dijo su madre, con la ligereza despreocupada de alguien que llevaba treinta y ocho años felizmente casada con un hombre que había conocido, precisamente, en un contexto profesional que las convenciones de la época también desaconsejaban—.
Ten cuidado, eso sí. Pero no dejes que un contrato te diga lo que puedes o no puedes sentir, cariño.
Eso nunca ha funcionado con nadie de esta familia.
Colgaron poco después, y Renata se quedó un rato más sentada en la oscuridad, pensando en las palabras de su madre y en la carpeta con el anexo trece, dos hilos de su vida que empezaban a entrelazarse de una manera que todavía no podía prever del todo, pero que ya intuía que la conducirían, tarde o temprano, a un lugar del que no habría marcha atrás posible. ***
Ilaria Bassi, que llevaba veinte años ejerciendo el derecho mercantil y que había visto pasar por su despacho decenas de fusiones más o menos limpias, se acercó a Renata al día siguiente del descubrimiento del anexo trece con una pregunta que a Renata le pareció, en aquel momento, extrañamente perspicaz.
—Dario me ha pedido que solicite una auditoría independiente completa —dijo la abogada, mientras revisaba unos documentos junto a Renata en la pequeña sala que le habían asignado como despacho temporal—.
No me ha dado muchos detalles sobre el motivo, solo que ha encontrado algo en la documentación que le preocupa. ¿Usted sabe algo de esto?
Renata sintió que el corazón le daba un vuelco, consciente de que cualquier respuesta que diera debía sortear con precisión quirúrgica los límites de lo que la cláusula doce le permitía revelar.
—Traduzco documentos, Ilaria —dijo, con la mayor naturalidad que pudo reunir—. No me corresponde a mí opinar sobre lo que el señor Conti decide hacer con la información que encuentra en ellos.