Capítulo 4 - El anexo trece
La reunión con los inversores institucionales resultó ser, contra todo pronóstico, la más tranquila de la semana: un grupo de fondos de pensiones alemanes y un banco de inversión luxemburgués escucharon la presentación conjunta de Dario y Ernesto Vidal sobre las sinergias de la fusión, hicieron preguntas técnicas sobre flujos de caja y se marcharon después de dos horas sin dejar ningún rastro de la tensión que dominaba el resto de las sesiones.
Renata tradujo cifras de EBITDA y proyecciones a cinco años con la misma precisión mecánica de siempre, pero su atención, por primera vez en la operación, no estaba del todo en la sala.
Estaba en la carpeta.
Beatriz Roig había dejado, al final de la reunión con los inversores, una carpeta de anexos financieros sobre la mesa mientras iba al aseo, y Dario, que necesitaba revisar un dato antes de la siguiente sesión, le pidió a Renata que se la acercara.
—Es el anexo trece, creo. El de la valoración por establecimiento. Ábralo, por favor, quiero que me traduzca los encabezados de las columnas mientras lo busco en mi propia copia.
Renata abrió la carpeta y pasó las hojas hasta encontrar una tabla con veintitrés filas, una por cada hotel de Costa Serena, con columnas de ingresos, gastos, EBITDA y una última columna encabezada con una palabra en español que no aparecía en ningún otro documento de la operación: Plan B .
—¿Qué dice esa última columna? —preguntó Dario, sin levantar la vista de su propia copia, que evidentemente no incluía esa página.
Renata sintió que el pulso se le aceleraba de un modo que nada tenía que ver con el cansancio acumulado de la semana.
—Dice "Plan B" —tradujo, procurando que su voz sonara tan neutra como siempre—. Y hay una columna de cifras al lado, con la etiqueta "Valor de venta de suelo urbanizable si cierre".
Dario levantó la cabeza de golpe.
—¿Cómo dice?
—Valor de venta de suelo urbanizable si cierre —repitió Renata—. Aparece en siete filas. Las mismas siete, si no me equivoco, que aparecen marcadas como deficitarias en los balances que hemos revisado estos días.
Dario le arrancó la carpeta de las manos con una brusquedad que no era propia de él y estudió la página durante casi un minuto entero, en silencio, mientras a su alrededor la sala empezaba a llenarse de nuevo con los asesores que regresaban del descanso.
Renata vio cómo la mandíbula de Dario se tensaba, cómo sus dedos, normalmente relajados, se cerraban sobre el borde de la carpeta hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Guárdese esto —dijo en voz muy baja, en italiano, deslizando la carpeta de vuelta hacia ella con disimulo justo cuando Beatriz Roig entraba de nuevo en la sala—. No diga nada todavía. Necesito pensar.
El resto de la sesión de la tarde transcurrió con una tensión distinta a la habitual, una tensión que Renata reconoció porque la sentía ella misma: la de alguien que acaba de ver algo que no puede dejar de ver.
Dario preguntó, con aparente naturalidad, por los planes de reconversión de los siete hoteles deficitarios, y Ernesto Vidal respondió con la misma vaguedad de siempre, hablando de "opciones abiertas" y "estudios en curso", sin mencionar en ningún momento la palabra "suelo urbanizable" ni la posibilidad de vender los terrenos si los hoteles cerraban.
Cuando la reunión terminó, ya de noche, Dario pidió a Renata que se quedara un momento mientras el resto de la sala se vaciaba.
—Necesito que me confirme algo —dijo en cuanto se quedaron solos, con la puerta cerrada—. La palabra "cierre" en esa columna. ¿Podría significar otra cosa en español? ¿Un uso técnico distinto, algo que no sea literalmente cerrar el hotel?
—No —dijo Renata—. En el contexto de una tabla financiera de hostelería, "cierre" significa exactamente lo que parece que significa.
Y "suelo urbanizable" es un término del derecho urbanístico español muy concreto: se refiere al terreno que puede recalificarse para construir.
Si un hotel cierra y su suelo es urbanizable, alguien puede vender ese terreno a un promotor inmobiliario por mucho más de lo que vale el hotel en funcionamiento.
Dario se pasó las dos manos por el pelo, un gesto que Renata ya empezaba a reconocer como el equivalente de un grito contenido.
—Llevo toda la semana negociando de buena fe el mantenimiento de los puestos de trabajo de esos siete hoteles —dijo, más para sí mismo que para ella—.
Y resulta que hay un documento, dentro de sus propios anexos, que contempla cerrarlos y vender el suelo.
¿Por qué iban a incluir eso en la documentación si no fuera una posibilidad real que están barajando?
—No lo sé —dijo Renata, y era verdad, aunque una parte fría y calculadora de su mente ya empezaba a construir una hipótesis que no le gustaba nada—.
Pero si yo tuviera que adivinar, diría que ese anexo no estaba pensado para que usted lo viera.
Es un documento interno de Costa Serena que se ha colado por error entre los papeles que Beatriz Roig trajo hoy.
Dario la miró entonces con una intensidad distinta, como si de pronto recordara que Renata no era solo la voz que traducía sus palabras, sino la única persona en aquella operación con acceso directo, y sin filtro, a ambos idiomas y a ambas partes.
—¿Usted conoce alguno de esos siete hoteles? —preguntó—. ¿Ha estado en alguno?
La pregunta cayó sobre Renata como una losa, porque era precisamente la pregunta que llevaba días temiendo que alguien le hiciera.
Podía mentir. Podía decir que no, que eran solo nombres en una hoja de cálculo, y la conversación seguiría su curso sin que ella tuviera que revelar nada sobre su vida privada, nada que pudiera comprometer la distancia profesional que el contrato exigía.
—Uno de ellos está en Valencia —dijo, en cambio, porque mentirle a Dario en ese momento le pareció, de repente, una traición más grave que cualquier violación técnica de la cláusula doce—. El hotel Aurora.
—¿Y por qué me lo dice con esa cara?
Renata dudó. Estaba a punto de cruzar una línea que el contrato le prohibía cruzar de manera explícita: la cláusula doce no distinguía entre información que pudiera perjudicar a terceros conocidos y desconocidos, ni hacía excepciones para hermanas con hipotecas recién firmadas.
Pero mirando el rostro de Dario, la genuina angustia que veía en él ante la posibilidad de que su propia operación estuviera a punto de traicionar la promesa que le había hecho a su abuelo moribundo, Renata decidió arriesgar lo mínimo posible sin mentir del todo.
—Porque conozco a alguien que trabaja allí —dijo—. Y me preocupa lo que le pueda pasar si ese anexo es real y no un error.
Dario asintió despacio, sin presionarla para que dijera más, algo que Renata agradeció con una intensidad que la sorprendió a sí misma.
—Voy a pedir una auditoría independiente de todos los anexos financieros antes de firmar nada —dijo—.
Y voy a preguntarle directamente a Vidal por esa columna mañana, en cuanto empiece la reunión.
Si tiene una explicación razonable, bien.
Si no la tiene, esta operación no sigue adelante en los términos actuales, se lo prometo.
—No puede prometerme eso —dijo Renata—. Yo no soy nadie en esta negociación. Soy la intérprete.
—Es la persona que ha visto lo que nadie más en esta sala quería que yo viera —dijo Dario, y dio un paso hacia ella que redujo la distancia entre ambos a algo peligrosamente parecido a lo personal—. Eso la convierte en alguien, signorina Coll, le pese a usted o no.
Se quedaron así un momento, más cerca de lo que el protocolo de ninguna negociación permitiría jamás, y Renata sintió el impulso, otra vez, de acortar los pocos centímetros que los separaban.
Fue Dario quien retrocedió primero, con visible esfuerzo, pasándose una mano por la cara como si necesitara borrar algo de su propia expresión.
—Perdóneme —dijo—. No es el momento ni el lugar, y usted está trabajando para mí. No debería...
—No pasa nada —dijo Renata, aunque su voz sonó menos firme de lo que pretendía.
—Sí pasa. —Dario recogió su chaqueta del respaldo de la silla, un gesto brusco que Renata reconoció como su manera de imponerse disciplina—.
Mañana va a ser un día difícil. Necesito que esté a mi lado en esa mesa siendo exactamente lo que ha sido hasta ahora: precisa, imparcial, la única persona en quien puedo confiar sin reservas.
No puedo permitirme que eso se complique con... otra cosa. Por su bien y por el mío.
Renata asintió, aunque una parte de ella, la parte que llevaba once años entrenándose para no tener reacciones propias, protestó en silencio contra la palabra "otra cosa", como si nombrar aquello que crecía entre ellos como algo menor pudiera hacerlo desaparecer.
—Buenas noches, Dario.
—Buenas noches, Renata.
Fue la primera vez que él la llamaba por su nombre de pila, y aunque la frase que lo acompañaba había sido una despedida cargada de distancia deliberada, el nombre en sí, pronunciado con aquel acento cerrado del norte de Italia, se le quedó a Renata resonando en el oído durante todo el camino de vuelta al hotel, mezclado con la palabra "cierre" y el nombre "Aurora" en una tormenta que no sabía cómo iba a poder capear sola. ***
Antes de encontrar el anexo trece, la mañana había empezado con una discusión distinta que Renata tradujo con la misma atención de siempre, sin saber todavía que en apenas unas horas todo lo que creía saber sobre la operación cambiaría por completo.
El primer punto del orden del día era la integración de las marcas comerciales: Costa Serena insistía en mantener su nombre como submarca regional en España durante al menos una década, mientras que el equipo de comunicación de Dario prefería una transición más rápida hacia una única identidad de grupo que aprovechara la reputación centenaria del apellido Conti en el sector del lujo hotelero europeo.