La clausula del silencio Capítulo 3 - Las calles de Milán #3
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Capítulo 3 - Las calles de Milán #3

No volvieron a escribirse el resto del fin de semana, cada uno respetando el descanso del otro con una disciplina que a Renata, mirando atrás, le parecería casi cómica dado lo que estaba a punto de suceder entre ellos apenas unos días después, en aquella caminata nocturna por las calles vacías de Milán que cambiaría, sin que ninguno lo supiera todavía, el curso de las semanas siguientes. ***

El lunes siguiente, de vuelta en la sala de reuniones tras el fin de semana de descanso, la negociación entró en una fase distinta: la discusión detallada de los contratos laborales del personal directivo de ambas cadenas, un asunto que requería un vocabulario jurídico mucho más preciso que las cifras de valoración de los días anteriores.

Renata pasó buena parte de la mañana traduciendo cláusulas sobre indemnizaciones, periodos de preaviso y pactos de no competencia, consciente de que cualquier imprecisión en aquel terreno podía generar disputas legales años después de que la fusión se hubiera cerrado.

Fue durante una de esas discusiones, mientras los abogados de ambas partes debatían sobre la duración de un pacto de no competencia para los directivos salientes, cuando Renata reparó por primera vez en un pequeño detalle que, en aquel momento, le pareció simple curiosidad profesional: Beatriz Roig insistía, con un empeño que superaba con creces el interés habitual de una directora financiera en asuntos de recursos humanos, en que los contratos de los directivos regionales incluyeran una cláusula de confidencialidad reforzada, casi idéntica en su severidad a la que la propia Renata había firmado semanas antes.

—Es un poco extraño, ¿no le parece? —comentó Renata esa noche, durante una de sus conversaciones telefónicas con Dario, mencionando el detalle casi de pasada—. Que insista tanto en blindar el silencio de sus propios directivos regionales, en una fusión que se supone que busca transparencia.

Dario, al otro lado de la línea, guardó silencio un momento, pensativo.

—Puede que no sea nada —dijo finalmente—. O puede que sea exactamente el tipo de detalle que deberíamos vigilar más de cerca. Gracias por decírmelo. Voy a pedirle a Ilaria que revise con más atención esas cláusulas.

Aquella conversación, aparentemente menor, resultaría después ser uno de los primeros hilos sueltos que, sumado a otros igual de pequeños, terminaría por tejer la sospecha que llevaría, días después, al descubrimiento del anexo trece, aunque ni Renata ni Dario pudieran saberlo todavía mientras hablaban por teléfono aquella noche tranquila, ajenos por completo a la tormenta que se avecinaba. ***

El martes de la segunda semana, Ernesto Vidal propuso un cambio en la estructura de gobernanza del futuro consejo de administración conjunto que generó la discusión más técnica de toda la negociación hasta ese momento: la distribución exacta de sillones entre representantes españoles e italianos, y sobre todo, quién ostentaría el derecho de veto en decisiones estratégicas superiores a un determinado umbral económico.

Renata tradujo durante casi tres horas seguidas cláusulas sobre mayorías cualificadas, derechos de arrastre y cláusulas antidilución, un vocabulario tan técnico que exigía una concentración casi absoluta, dejando poco espacio para cualquier pensamiento que no fuera puramente profesional.

Fue precisamente ese nivel de exigencia técnica lo que, paradójicamente, ayudó a Renata a mantener cierta distancia emocional durante aquellos días, ocupada como estaba en no cometer ningún error de precisión que pudiera comprometer cláusulas legales de semejante complejidad.

Dario, por su parte, pareció notar aquel cambio de ritmo y, durante una breve pausa a media tarde, se acercó a ella con dos cafés.

—La veo muy concentrada hoy —dijo, con un tono que mezclaba admiración y algo parecido a la preocupación—. ¿Todo bien?

—Este tipo de cláusulas no perdonan ambigüedades —respondió Renata, aceptando el café con gratitud—. Un matiz mal traducido en un derecho de veto puede costarles millones dentro de cinco años, si surge algún conflicto entre los consejeros.

—Confío plenamente en su precisión. —Dario la miró un momento con una intensidad que, en medio de aquella jornada tan técnica, resultó casi desconcertante—.

Es una de las cosas que más admiro de usted, Renata.

La manera en que se toma en serio cada palabra, como si cada una de ellas importara de verdad.

—Es que importan de verdad.

—Lo sé. —Sonrió, con una calidez que contrastaba con la aridez del vocabulario jurídico que llevaban horas manejando—. Por eso confío en usted más que en cualquier abogado de esta sala.

Aquella breve conversación, apenas un minuto entre cláusula y cláusula, bastó para recordarle a Renata, en medio de la maraña técnica de la negociación, que bajo la superficie profesional de todo aquello seguía latiendo algo mucho más personal, algo que ambos seguían intentando, con distinto grado de éxito, mantener a raya mientras el trabajo continuara exigiendo toda su atención.