La clausula del silencio Capítulo 3 - Las calles de Milán #2
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Capítulo 3 - Las calles de Milán #2

Fue suficiente para que ambos entendieran que, dentro de aquellas cuatro paredes, volverían a ser lo que el contrato exigía que fueran: un consejero delegado y su intérprete, nada más.

Renata se sentó en su silla, sacó su libreta y esperó a que llegara la delegación española, agradecida en secreto por la disciplina silenciosa con la que Dario parecía dispuesto a proteger, al menos durante las horas de trabajo, la distancia que ambos sabían que debían mantener.

La sesión de esa mañana giró en torno a un aspecto técnico que Renata no había anticipado: la integración de los sistemas de reservas y fidelización de ambas cadenas, un asunto aparentemente menor comparado con las cifras de valoración de los días anteriores, pero que generó una discusión sorprendentemente acalorada cuando Beatriz Roig insistió en que el sistema de puntos de Costa Serena, mucho más generoso que el italiano, debía mantenerse intacto tras la fusión, mientras que el director de operaciones de Dario argumentaba que aquello supondría un coste anual que ninguna de las proyecciones había contemplado.

Renata tradujo cifras de coste por punto de fidelización, porcentajes de canje y proyecciones de gasto a cinco años con la misma precisión que había aplicado a las cifras de valoración de los hoteles, notando, mientras lo hacía, cómo Beatriz Roig defendía aquel programa de fidelización con una vehemencia que en su momento le pareció simplemente parte de su estilo negociador agresivo, y que solo semanas después, con el hilo de correos de Meridia Suelo ya descubierto, entendería como parte de una estrategia más amplia para mantener el valor aparente de Costa Serena inflado de cara a la fusión, sin que nadie reparara todavía en las grietas que se escondían debajo.

Durante la pausa del almuerzo, mientras la delegación española se retiraba a un restaurante cercano para hacer llamadas privadas a Madrid, Ilaria Bassi se acercó a Renata en el pasillo con una expresión pensativa.

—¿Todo bien? —preguntó la abogada, con esa perspicacia profesional que Renata empezaba a reconocer como una de sus principales herramientas de trabajo—. Le noto distinta desde ayer. Más callada.

—Cansancio, supongo —dijo Renata, procurando que la mentira sonara natural—. Dos semanas de negociación intensiva pasan factura.

—Claro. —Ilaria la miró un momento más de lo estrictamente necesario, y Renata tuvo la sensación incómoda de que la abogada, acostumbrada a leer entre líneas contratos y expresiones faciales por igual, sospechaba que había algo más detrás de aquel cansancio declarado—.

Bueno, si necesita hablar con alguien de algo que no sea trabajo, aquí me tiene.

Llevo veinte años en este oficio y he visto de todo. Nada me sorprende ya.

Renata sonrió, agradecida por el gesto aunque no tuviera ninguna intención de aceptarlo, y volvió a la sala de reuniones pensando que, si Ilaria Bassi ya empezaba a notar grietas en su compostura profesional después de solo tres días, tendría que esforzarse mucho más en las semanas siguientes para que nadie más llegara a sospechar lo que estaba empezando a crecer, contra toda prudencia, entre ella y el hombre para el que trabajaba. ***

El fin de semana que separó la primera semana de negociación de la segunda, Renata tuvo dos días libres que decidió aprovechar para explorar Milán como turista, algo que rara vez se permitía durante sus encargos de trabajo, donde normalmente pasaba cualquier momento libre descansando o preparando el vocabulario técnico de la siguiente sesión.

Visitó la Pinacoteca de Brera por la mañana, perdiéndose durante horas entre los cuadros del Renacimiento italiano, y por la tarde caminó sin rumbo fijo por el barrio de Brera, deteniéndose en pequeñas librerías y tiendas de antigüedades, disfrutando de la libertad poco habitual de no tener que estar en ningún sitio a una hora concreta.

El domingo por la tarde, mientras tomaba un café en una terraza cerca del Naviglio Grande, recibió un mensaje de Dario que la sorprendió por su sencillez: una fotografía de un plato de risotto al azafrán, sin ningún comentario, seguida segundos después de otro mensaje: Domingo de descanso obligatorio.

Mi médico dice que si no dejo de pensar en fusiones hoteleras aunque sea un día a la semana, me va a explotar la cabeza.

Renata sonrió, sola en su mesa junto al canal, y respondió con una fotografía de su propio café, acompañada de: Yo he elegido el arte renacentista como terapia. Caravaggio no juzga tanto como los balances financieros.

¿Caravaggio o risotto? Deberíamos comparar estrategias de desconexión algún día , respondió él, y aunque el mensaje no tenía ninguna intención explícita, algo en el tono desenfadado le pareció a Renata, incluso entonces, el primer indicio claro de que la relación entre ambos, aunque todavía puramente profesional en apariencia, empezaba a moverse hacia un territorio que ninguno de los dos había explorado todavía en voz alta.