Capítulo 3 - Las calles de Milán
Los siguientes tres días se disolvieron en un mismo patrón agotador: reuniones desde las nueve hasta las ocho de la tarde, pausas breves para café, cenas de trabajo que se alargaban hasta la medianoche en restaurantes discretos donde ambas delegaciones seguían negociando entre platos de risotto que nadie terminaba.
Renata empezó a conocer los tics de cada uno de los presentes —la forma en que Ernesto Vidal se aclaraba la garganta antes de mentir a medias, el modo en que Beatriz Roig subrayaba con el dedo índice las cifras que no quería que se discutieran demasiado— y, sobre todo, empezó a conocer a Dario Conti de una manera que ninguna sesión de interpretación debería permitir.
Sabía que se frotaba el puente de la nariz cuando una cifra le indignaba antes de que su rostro reflejara nada.
Sabía que su italiano se volvía aún más cerrado, casi imposible de descifrar para un oído no entrenado, cuando estaba furioso pero no quería que se notara.
Sabía que a las siete de la tarde, sin excepción, pedía que le rellenaran la taza de café aunque llevara todo el día bebiéndolo, no porque lo necesitara sino porque el gesto de sostener algo caliente entre las manos parecía calmarlo.
Y sabía, porque su trabajo consistía precisamente en estar más cerca de él que nadie más en aquella sala, que cuando se inclinaba para susurrarle una traducción él giraba la cabeza exactamente lo justo para que sus alientos casi se rozaran, un gesto que en cualquier otra persona Renata habría interpretado como mala educación y que en Dario empezaba a sentir, contra toda lógica profesional, como una forma de atención que no se merecía ni podía permitirse.
La noche del tercer día, la cena se prolongó más que ninguna.
Habían llegado a un punto muerto sobre la valoración de los siete hoteles deficitarios —Dario insistía en descontar un veinte por ciento del precio total, Ernesto Vidal se negaba en redondo— y ambas delegaciones, agotadas, decidieron aparcar las cifras y cenar sin hablar de negocios, un alto el fuego tácito que duró exactamente cuarenta minutos antes de que alguien volviera a mencionar el tema.
Cuando por fin se levantaron de la mesa, pasaba la una de la madrugada y Renata tenía la sensación de que le habían exprimido el cerebro como un limón.
Salió del restaurante al aire fresco de la calle milanesa, buscando en el bolso las llaves de la habitación del hotel, y se encontró con que Dario había salido detrás de ella, sin chaqueta, con la corbata aflojada y el primer botón de la camisa desabrochado.
—La acompaño al hotel —dijo—. Está de camino al mío.
—No hace falta, puedo caminar sola diez minutos.
—Lo sé. Pero yo también necesito caminar diez minutos antes de irme a dormir, o no dormiré nada.
—Empezó a andar sin esperar respuesta, y Renata, tras un instante de duda, echó a andar a su lado por las calles vacías del centro de Milán, donde solo el zumbido lejano de algún tranvía nocturno rompía el silencio.
Caminaron un rato sin hablar. Era la primera vez en tres días que estaban juntos sin la mesa de negociaciones entre ellos, sin cifras que traducir, sin la máscara profesional que ambos llevaban puesta desde las nueve de la mañana, y Renata notó cómo algo en los hombros de Dario se destensaba con cada paso, como si la ciudad vacía le devolviera un poco del aire que la sala de reuniones le robaba.
—¿Puedo preguntarle algo que no tiene nada que ver con hoteles? —dijo él por fin.
—Puede preguntar. No prometo responder.
—Justo. —Sonrió, y la luz amarilla de una farola le iluminó el perfil un segundo—. ¿Por qué interpretación? Con su nivel de idiomas podría haber sido diplomática, abogada internacional, lo que quisiera.
Renata pensó la respuesta más tiempo del que hacía falta, no porque no la supiera sino porque hacía años que nadie se la pedía.
—Porque me gusta ser el puente y no el destino —dijo al fin—.
Cuando interpreto, las palabras no son mías.
No tengo que defenderlas, no tengo que cargar con sus consecuencias, solo tengo que hacer que lleguen intactas de un lado a otro.
Es una forma de estar en el centro de todo sin estar nunca del todo expuesta.
—Eso suena a una elección muy deliberada para alguien que dice que solo quiere ser invisible.
—Puede que lo sea. —Se encogió de hombros—.
Mi padre era funcionario de aduanas, mi madre profesora de instituto.
Crecí viéndolos discutir sobre política en la mesa hasta que se levantaban enfadados.
Aprendí pronto que tener una opinión propia sale caro.
Traducir la opinión de otros, en cambio, no cuesta nada.
Dario se detuvo en mitad de la acera, y ella tuvo que pararse también, sorprendida por la brusquedad del gesto.
—Eso es lo más triste que me han dicho en mucho tiempo —dijo él, y no había burla en su voz, solo una especie de sorpresa genuina—.
Usted tiene opiniones, signorina Coll. Las tiene sobre todo lo que ha pasado en esa sala estos tres días, lo he visto en su cara aunque intente disimularlo.
Solo que ha decidido que su trabajo es no decirlas.
—Es mi trabajo no decirlas.
—Lo sé. Y por eso confío en usted más que en cualquiera de las personas de esa mesa, incluidos mis propios abogados. Porque usted es la única persona en esta operación cuyo silencio no esconde una agenda.
Renata sintió aquellas palabras como una piedra en el estómago.
Su silencio no esconde una agenda. Si Dario supiera que llevaba tres días anotando en un rincón de su memoria cada mirada cruzada entre Beatriz Roig y los abogados, cada evasiva de Ernesto Vidal sobre el futuro de los siete hoteles deficitarios, cada vez que el nombre Aurora aparecía en un documento y le apretaba el pecho como una mano fría, quizá no confiaría tanto en ella.
—No me conoce tanto —dijo, con más aspereza de la que pretendía.
Dario la miró con atención, como si intentara descifrar de dónde había salido aquella dureza repentina.
—Tiene razón —dijo despacio—. No la conozco. Pero llevo tres días queriendo hacerlo, y eso, para alguien que ha pasado los últimos cuatro años sin querer conocer a nadie fuera de una sala de reuniones, es más de lo que sé qué hacer con ello.
El silencio que siguió a esa frase fue distinto a todos los anteriores.
Renata sintió el impulso, físico y absurdo, de dar un paso hacia él, y se obligó a quedarse quieta, consciente de la línea invisible pero durísima que la cláusula doce del contrato había trazado alrededor de su relación con aquel hombre.
Él era el cliente. Ella era la intérprete.
Cualquier cosa que sucediera entre ambos, por pequeña que fuera, contaminaba la neutralidad que su trabajo exigía, y sin embargo allí, en una calle vacía de Milán a la una y media de la madrugada, la neutralidad le pareció, por primera vez en once años, una pérdida y no una virtud.
—Deberíamos seguir andando —dijo ella—. Mañana es la reunión con los inversores institucionales. Va a ser un día largo.
—Sí —dijo Dario, y algo en su voz sonó a decepción contenida, aunque reanudó el paso sin insistir—. Mañana va a ser un día largo.
Caminaron el resto del trayecto en un silencio distinto al del principio, cargado de todo lo que no se habían dicho, y cuando llegaron a la puerta del hotel de Renata, Dario se detuvo un paso por detrás de ella, respetando una distancia que a ella le pareció, de repente, dolorosamente correcta.
—Buenas noches, signorina Coll.
—Buenas noches, Dario.
Fue la primera vez que lo llamaba por su nombre de pila sin que él se lo hubiera pedido en ese momento concreto, y algo en la manera en que a él se le iluminó brevemente la cara le dijo a Renata que aquel pequeño gesto había significado más de lo que debería.
Subió a su habitación, se quitó los zapatos de tacón que llevaba puestos desde las ocho de la mañana y se sentó en el borde de la cama sin encender la luz, mirando las luces de Milán a través de la ventana. Sacó el teléfono y, antes de poder pensárselo dos veces, escribió un mensaje a Marta.
¿Sigue todo raro en el Aurora?
La respuesta llegó casi de inmediato, porque su hermana, como ella, tampoco dormía bien últimamente.
Peor. Hoy nos han dicho que la próxima semana viene una auditoría "internacional". No sé qué significa eso pero no me gusta nada. ¿Por qué lo preguntas?
Renata miró el mensaje durante un largo rato, el pulgar suspendido sobre la pantalla, sin saber qué responder porque cualquier respuesta honesta violaría un contrato que había firmado con su propia firma, en su propia letra, apenas cuatro días antes.
Por nada , escribió al fin. Curiosidad de hermana pesada. Te quiero. Duerme algo.
Dejó el teléfono en la mesilla de noche y se quedó mirando el techo durante mucho tiempo antes de conseguir dormirse, con la sensación, cada vez más nítida, de que las dos mitades de su vida —la profesional, blindada por un contrato feroz, y la personal, atada a una hermana y a un hotel llamado Aurora— habían empezado a converger en un punto que no iba a poder esquivar mucho más tiempo. ***
A la mañana siguiente, Renata llegó a la sala de reuniones con quince minutos de margen, tal y como Ilaria le había recomendado el primer día, y se encontró a Dario ya sentado en su lugar habitual, revisando papeles con una taza de café humeante junto al codo.
Alzó la vista al oírla entrar y, durante una fracción de segundo, algo parecido a la timidez cruzó su rostro, como si ambos recordaran a la vez la conversación de la noche anterior y no supieran muy bien cómo comportarse a la luz del día, dentro de los límites de una sala de reuniones donde cualquier gesto fuera de lugar podía ser interpretado por los presentes.
—Buenos días, signorina Coll —dijo él, recuperando el tono formal con un esfuerzo casi audible.
—Buenos días, señor Conti.