Capítulo 2 - La cláusula doce #3
La conversación no duró más de dos minutos, pero Renata la recordaría muchas veces en las semanas siguientes, cada vez con una lectura ligeramente distinta, hasta que finalmente comprendió que aquel breve intercambio junto a la máquina de café había sido, probablemente, el primer movimiento de un ajedrez mucho más complejo del que ella, en aquel momento, no tenía ni la más remota idea.
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Aquella misma tarde, ya en el hotel, Renata llamó a Marta para contarle, en términos vagos que no violaran ninguna cláusula de confidencialidad, que había llegado bien a Milán y que el encargo prometía ser interesante.
—¿Interesante bueno o interesante estresante? —preguntó Marta, que la conocía lo suficiente como para distinguir los matices en su voz incluso a través del teléfono.
—Las dos cosas, probablemente —admitió Renata—. Es una negociación complicada, con mucho dinero de por medio y gente que no se fía mucho unos de otros.
—Suena a tu tipo de trabajo favorito, entonces. Siempre dices que las negociaciones fáciles te aburren.
—Puede ser. —Renata sonrió, mirando por la ventana de su habitación hacia las luces de Milán—. Oye, ¿cómo va todo por el Aurora? ¿Han dicho algo más de esa fusión de la que hablabas?
—Nada nuevo, la verdad. Seguimos todos con la mosca detrás de la oreja, pero nadie suelta prenda todavía. —Marta suspiró—. En fin, espero que se resuelva pronto, sea lo que sea. La incertidumbre es lo peor.
Renata no respondió de inmediato, sintiendo el peso de todo lo que no podía decir, y cambió de tema hacia asuntos más ligeros antes de que su hermana notara el silencio incómodo que se había instalado entre ambas, sin saber todavía que aquella incertidumbre de la que hablaba Marta tenía, en aquel mismo instante, un nombre y una cara sentados a pocos metros de distancia de ella en una sala de reuniones de Milán. ***
Aquella primera tarde, después de la reunión inaugural, Renata tuvo ocasión de observar con más detenimiento al resto del equipo que rodeaba a Dario: su asistente personal, una mujer llamada Chiara que gestionaba su agenda con una eficiencia casi militar, y dos analistas jóvenes, recién incorporados al departamento de estrategia, que apenas se atrevían a hablar en presencia del consejero delegado.
El contraste entre la formalidad reverencial con la que el equipo italiano trataba a Dario y la familiaridad, casi desenfadada, con la que este le hablaba a ella durante las pausas, no le pasó desapercibido, y empezó a preguntarse, sin atreverse todavía a nombrarlo del todo, qué significaba exactamente aquel trato distinto.
Chiara, con quien Renata coincidió brevemente junto a la máquina de café esa misma tarde, le hizo un comentario que se le quedaría grabado durante días.
—Es la primera vez en los tres años que llevo trabajando para él que lo veo relajarse durante una negociación —dijo la asistente, con una sonrisa cómplice que no dejaba claro si hablaba en sentido profesional o algo más—.
Normalmente sale de estas sesiones con un humor de perros.
Hoy ha sonreído dos veces. Yo lo he contado.
—Será el cansancio acumulado que le hace perder la compostura —bromeó Renata, aunque el comentario de Chiara se le quedó resonando durante el resto del día, un pequeño indicio de algo que ella misma empezaba a sentir pero que todavía no sabía cómo nombrar sin que le temblara la voz.
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Esa noche, ya en su habitación de hotel, Renata dedicó un rato a preparar el glosario técnico que sabía que necesitaría para las semanas siguientes: términos de derecho societario italiano que no coincidían exactamente con sus equivalentes españoles, expresiones idiomáticas del mundo financiero milanés que había escuchado esa tarde y que quería asegurarse de traducir con precisión la próxima vez que aparecieran.
Era un trabajo meticuloso, casi artesanal, que muy pocos de sus clientes llegaban a apreciar del todo, pero que para ella constituía la base invisible sobre la que se sostenía cualquier interpretación de calidad.
Mientras completaba aquel glosario, recibió un mensaje breve de Ilaria Bassi confirmando el horario de la sesión del día siguiente, y, un minuto después, uno de Dario, el primero que le enviaba fuera del contexto estrictamente profesional del despacho.
Gracias por el trabajo de hoy. Ha sido la primera negociación en meses en la que he sentido que realmente entendían mis palabras del todo, no solo su traducción literal.
Renata leyó el mensaje varias veces, sorprendida por la calidez inesperada, y tardó varios minutos en decidir cómo responder, consciente ya, aunque todavía no quisiera admitírselo del todo a sí misma, de que aquel breve intercambio marcaba el inicio de algo que iba a complicarle la vida profesional de maneras que todavía no podía ni imaginar.
Es mi trabajo entender del todo, no solo traducir , escribió finalmente, repitiendo casi sin darse cuenta las mismas palabras que le diría a Dario en persona pocos días después, en su primer paseo nocturno por las calles de Milán.