Capítulo 2 - La cláusula doce #2
—Ernesto Vidal tiene fama de interrumpir —dijo Ilaria—.
No se lo tome como algo personal. Es su manera de intentar desestabilizar al otro lado de la mesa.
Dario ya está acostumbrado y no muerde el anzuelo, pero usted tendrá que decidir, en fracciones de segundo, a quién traduce primero si ambos hablan al mismo tiempo.
—Traduciré siempre a quien haya empezado a hablar primero, y retendré en la memoria lo que diga el segundo hasta que le llegue el turno. Es lo que hago siempre.
—Me alegra oírlo. La última intérprete que trabajó para nosotros en una operación similar se puso tan nerviosa con las interrupciones de Vidal que empezó a mezclar cifras entre un idioma y otro. Costó una semana entera de reuniones adicionales corregir la confusión que generó aquel malentendido.
Renata guardó aquel dato en la misma carpeta mental donde archivaba todo lo relevante de un encargo, y cuando por fin la puerta se abrió y Ernesto Vidal entró en la sala con su séquito de cuatro personas, comprendió de inmediato a qué se refería Ilaria: el español hablaba con la energía física de alguien acostumbrado a llenar cualquier silencio antes de que otro pudiera ocuparlo, gesticulando, subiendo el tono al final de cada frase como si esperara aplausos.
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Durante la pausa de media mañana, mientras Dario e Ilaria se retiraban a un despacho contiguo para una llamada urgente con el consejo, Renata se quedó a solas unos minutos con Beatriz Roig en la sala de reuniones, ambas revisando papeles en un silencio que la directora financiera española rompió con una pregunta que a Renata le pareció, en su momento, meramente cortés.
—¿Lleva mucho tiempo trabajando con el Grupo Conti?
—Es la primera vez —respondió Renata, sin levantar la vista de su libreta—. Me contrataron para esta operación específicamente.
—Interesante. Bassi & Associati suele trabajar siempre con los mismos dos o tres intérpretes de confianza. Debe de haber algo especial en su perfil para que la hayan elegido a usted para una operación de esta envergadura.
Había algo en el tono de Beatriz, una curiosidad demasiado calculada para ser simple charla de pasillo, que hizo que Renata levantara la mirada y sostuviera la de la directora financiera durante un instante más largo de lo estrictamente cordial.
—Hablo italiano y español con fluidez nativa y tengo experiencia específica en el sector hotelero. Supongo que eso ha sido suficiente.
—Por supuesto. —Beatriz sonrió, esa sonrisa profesional que no llegaba a los ojos y que Renata aprendería, con el paso de los días, a reconocer como una máscara habitual en ella—.
Es solo curiosidad. En este tipo de operaciones, cuanta menos gente nueva entre en la sala, mejor duermo yo por las noches.
Renata no respondió, pero anotó mentalmente aquel comentario, tan aparentemente inocente y tan cargado, en retrospectiva, de un significado que solo se revelaría días más tarde: Beatriz Roig no confiaba en las personas ajenas al círculo cerrado de la operación no por prudencia general, sino porque tenía algo concreto que ocultar de cualquier mirada nueva capaz de fijarse en los detalles equivocados.
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Aquella noche, ya en su habitación de hotel, Renata llamó a una amiga de la universidad, Cristina, que trabajaba como abogada mercantil en Barcelona, con la excusa de ponerse al día después de meses sin hablar.
La conversación derivó, como ocurría siempre entre ellas, hacia el trabajo, y Renata, con cuidado de no mencionar ningún nombre ni ningún dato identificable, le preguntó de forma hipotética por el funcionamiento habitual de las cláusulas de confidencialidad en operaciones de fusión.
—Depende mucho de la redacción concreta —dijo Cristina—, pero en general, si firmas un NDA de ese calibre y luego incumples, te expones a una indemnización por daños que puede ser brutal, sobre todo si la parte contraria puede demostrar que el incumplimiento le causó un perjuicio económico cuantificable.
¿Por qué lo preguntas? ¿Te ha tocado un encargo raro?
—Curiosidad profesional —dijo Renata, y cambió de tema antes de que Cristina pudiera insistir, sintiendo, mientras colgaba el teléfono, que aquella llamada solo había servido para confirmar lo que ya temía: que el contrato que había firmado dos noches antes era, efectivamente, una jaula tan sólida como parecía sobre el papel, y que cualquier grieta que quisiera abrir en ella tendría que ser mucho más ingeniosa que una simple confesión precipitada.
Volvieron a la sala de reuniones justo cuando la delegación española regresaba de la pausa, y durante el resto de la tarde Renata se obligó a mantener la distancia profesional que su trabajo exigía: la voz baja junto al oído, la neutralidad en el rostro, el bolígrafo firme sobre la libreta.
Pero cada vez que se inclinaba hacia Dario para susurrarle una traducción, era más consciente que la anterior de que aquella cercanía impuesta por el oficio empezaba a significar, para ella, algo que no tenía ningún derecho a significar.
Y cada vez que Beatriz Roig, la directora financiera española, cruzaba una mirada rápida con los abogados al mencionarse los siete hoteles deficitarios, Renata anotaba el gesto en un rincón de su memoria, junto al nombre de Aurora, sin saber todavía que estaba empezando, sin quererlo, a construir el expediente de algo que acabaría por partirle la vida en dos. ***
Durante la pausa de media tarde, mientras la delegación española hacía llamadas privadas, Renata aprovechó unos minutos a solas para revisar sus notas y anticipar el vocabulario técnico que probablemente surgiría en la siguiente ronda de discusión, centrada en la estructura fiscal de la operación.
Beatriz Roig se acercó a la máquina de café, donde Renata esperaba su turno, y por primera vez en el día le dirigió la palabra directamente, en un inglés cuidadoso pero con un ligero acento que delataba su incomodidad con el idioma.
—Es usted muy buena —dijo la directora financiera, sin ningún preámbulo—. He trabajado con muchos intérpretes en fusiones internacionales y pocos consiguen mantener el ritmo que usted lleva sin perder matices. Sobre todo cuando Conti se pone especialmente cortante, cosa que hace a menudo.
—Gracias —dijo Renata, con la cautela profesional que aplicaba siempre ante cualquier intento de acercamiento de un cliente, por inocente que pareciera—. Intento que ninguna de las dos partes pierda información por mi culpa.
—Eso espero. —Beatriz Roig sonrió, una sonrisa que a Renata, en aquel momento, todavía le pareció simplemente la cortesía profesional de una ejecutiva experimentada, y que solo semanas después, con el descubrimiento del anexo trece, recordaría con un escalofrío retrospectivo, preguntándose cuánto de aquel acercamiento inicial había sido génuino interés y cuánto un intento temprano de evaluar hasta qué punto la intérprete podía convertirse en un obstáculo para sus planes—.
Es un placer trabajar con una profesional tan sólida.
Espero que estas dos semanas sean productivas para todos.