La clausula del silencio Capítulo 2 - La cláusula doce
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Capítulo 2 - La cláusula doce

La primera reunión conjunta empezó con puntualidad militar a las nueve de la mañana, y en cuanto la delegación española entró en la sala, Renata comprendió por qué Dario Conti había insistido tanto en la precisión.

Costa Serena Hoteles había enviado a cuatro personas: el consejero delegado, un hombre de sesenta años llamado Ernesto Vidal que hablaba con la seguridad cansada de quien ha cerrado demasiados tratos; su directora financiera, Beatriz Roig, que llevaba una carpeta tan gruesa que parecía sostener el peso de toda la negociación en sus manos; y dos abogados que apenas abrieron la boca durante la primera hora, limitándose a tomar notas.

—Bienvenidos a Milán —dijo Dario, de pie, en inglés, el idioma que habían acordado usar para las formalidades protocolarias antes de que empezara la negociación real, momento en el que cada parte volvería a su lengua y Renata entraría en escena—. Espero que el vuelo haya sido cómodo.

Ernesto Vidal respondió algo cortés sobre el vuelo y el clima milanés, y durante los primeros veinte minutos la reunión se deslizó por esa capa fina de cortesía diplomática que precede a cualquier negociación de verdad.

Renata, sentada a la derecha de Dario, con su libreta abierta y el bolígrafo listo, empezó a relajarse pensando que quizá el día sería más protocolario que tenso.

Se equivocaba.

En cuanto Ernesto Vidal cambió al español para abordar la primera cifra —la valoración que Costa Serena exigía por sus veintitrés hoteles—, Renata se inclinó hacia Dario y empezó a traducir en voz baja, casi pegada a su oído, la única manera de que su susurro no interrumpiera el ritmo de la reunión ni llegara al resto de la mesa.

Era una postura que había adoptado cientos de veces con otros clientes, un gesto puramente técnico, la boca a pocos centímetros de la oreja del oyente, la voz reducida a un hilo que solo él pudiera captar.

Nunca antes había sido tan consciente de la distancia.

Dario olía a algo cítrico y a café, y cuando ella hablaba él giraba levemente la cabeza para escucharla mejor, de modo que durante fracciones de segundo sus rostros quedaban a una distancia que en cualquier otro contexto habría resultado impropia.

Renata mantuvo la voz firme y el ritmo constante mientras traducía la cifra de Ernesto Vidal —una cantidad de nueve dígitos que a ella le sonó, incluso en su neutralidad profesional, desproporcionada— y notó, con una punzada de irritación hacia sí misma, que su pulso se había acelerado un poco.

Concéntrate , se dijo. Es tu trabajo. Es una oreja. Habla y ya está.

Dario escuchó la cifra sin mover un músculo de la cara y respondió en italiano, rápido, cortante, con una frase que Renata tradujo de inmediato al español para toda la sala:

—Esa cifra no refleja el estado real de sus activos, señor Vidal. Hemos revisado los balances de los últimos tres ejercicios y siete de sus veintitrés hoteles están operando en pérdidas. No voy a pagar como si tuviera veintitrés hoteles rentables cuando tengo dieciséis.

Un silencio tenso se instaló en la sala. Ernesto Vidal apretó la mandíbula.

—Esos siete hoteles están en proceso de reestructuración —respondió en español, y Renata volvió a inclinarse hacia Dario para traducir, notando cómo Beatriz Roig, la directora financiera, cruzaba una mirada rápida con uno de los abogados, un gesto minúsculo que a Renata, entrenada durante once años en leer lo que no se decía, no se le escapó.

—Reestructuración es una palabra elegante para pérdidas que llevan tres años sin resolverse —dijo Dario, y Renata tradujo su desdén con la misma sequedad con la que él lo había pronunciado, tal y como él le había pedido el día anterior. No suavice nada.

La negociación continuó así durante cuatro horas, un ir y venir de cifras, cláusulas y silencios calculados, con Renata funcionando como el puente tenso entre dos idiomas y dos voluntades que no tenían ninguna intención de ceder con facilidad.

Para cuando hicieron una pausa a la una del mediodía, tenía la garganta seca y una sensación extraña en el estómago, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante horas sin darse cuenta.

—Café —dijo Dario, apareciendo a su lado en el pasillo mientras la delegación española se dispersaba hacia el aseo y las máquinas expendedoras—. Necesita uno. Se le nota en la cara.

—Estoy bien.

—No he dicho que no lo esté. He dicho que necesita un café. —Había un asomo de humor seco en su voz, el primero que Renata le oía desde que se conocieron—. Venga, hay una máquina decente en mi despacho. Las de aquí son un insulto al café italiano.

Ella dudó un instante —mezclar la distancia profesional con un café en un despacho privado no era exactamente el protocolo que solía seguir— pero la curiosidad, y quizá algo más que no quiso nombrarse a sí misma, pesó más que la cautela, y lo siguió por el pasillo hasta un despacho de esquina con las mismas vistas al Duomo que la sala de reuniones, aunque desde un ángulo distinto.

El despacho era austero para tratarse del consejero delegado de un imperio hotelero: un escritorio de líneas limpias, una estantería con fotografías en blanco y negro que Renata no tuvo tiempo de examinar, y en la pared, junto a la ventana, una fotografía antigua de un hombre mayor con delantal, de pie frente a la puerta de un hotel pequeño y modesto.

—Mi abuelo —dijo Dario, siguiendo su mirada mientras preparaba dos cafés en una máquina de cápsulas que parecía fuera de lugar entre tanta elegancia—.

Empezó con una pensión de doce habitaciones en Rapallo en 1962.

Le pagaba a la lavandera con la propina que le dejaban los clientes porque no tenía para pagarle de otro modo.

—¿Y ahora tiene cuarenta y un hoteles.

—Cuarenta y uno, y si esta operación sale adelante, sesenta y cuatro.

—Le tendió una taza—. Mi abuelo murió hace cuatro años.

La última vez que hablé con él en el hospital me dijo que un hotel no es un edificio, que es la gente que trabaja dentro.

Lo repetía tanto que me lo aprendí como una oración.

Hay días, como hoy, en los que negociando cifras con hombres como Ernesto Vidal me olvido de si lo sigo creyendo.

Renata bebió un sorbo de café, sorprendida por la franqueza inesperada de aquella confesión.

No era propio de un consejero delegado en mitad de una negociación multimillonaria compartir dudas con la intérprete, y se preguntó, mientras el café le calentaba las manos, si aquello era simple cansancio acumulado o si Dario Conti tenía la costumbre de decir en voz alta lo que la mayoría de hombres en su posición se guardaban.

—¿Y usted lo cree? —preguntó ella—. ¿Que un hotel es la gente que trabaja dentro?

Algo cambió en la expresión de Dario, una guardia que bajaba un grado.

—Quiero creerlo. Por eso insisto en la cláusula de mantener los puestos de trabajo del personal de base en cualquier fusión que hagamos. Vidal se ha resistido a esa cláusula toda la mañana, ¿se ha dado cuenta?

Renata sí se había dado cuenta. Había traducido, sin darle demasiada importancia en el fragor de las cifras, el modo en que Ernesto Vidal esquivaba cualquier pregunta directa sobre la continuidad del personal de los siete hoteles deficitarios, desviando la conversación hacia la valoración global cada vez que Dario mencionaba el tema.

En ese momento, con el café templándole las manos y el nombre de Aurora todavía latiéndole en algún rincón de la memoria, aquel detalle adquirió un peso nuevo.

—Sí —dijo—. Lo he notado.

—Voy a presionar en eso esta tarde. Necesito una garantía por escrito, no promesas verbales.

—Dario la miró entonces con una atención distinta, como si acabara de recordar que ella no era solo una voz que traducía sus palabras sino una persona con criterio propio—.

Habla usted un español precioso, por cierto.

Y un italiano perfecto. ¿Dónde aprendió?

—Mi madre es italiana, de Génova. Crecí entre dos idiomas.

—Eso explica por qué no suena a intérprete de manual. Suena a alguien que entiende lo que dice, no solo lo que traduce.

Renata sintió que se ruborizaba, algo que no le ocurría con clientes desde hacía años, y se obligó a apartar la mirada hacia la fotografía del abuelo con delantal.

—Es mi trabajo entenderlo —dijo—. No puedo traducir bien lo que no comprendo del todo.

—Pues es usted muy buena en su trabajo. —Dario apuró su café y dejó la taza sobre el escritorio con un gesto que daba por terminada la pausa—. Deberíamos volver. Vidal se pondrá nervioso si tarda demasiado y pensará que estamos conspirando contra él.

—¿Y no lo estamos? —preguntó ella, con más soltura de la que pretendía, y se arrepintió al instante: aquello sonaba demasiado a coqueteo, demasiado a algo que no debía permitirse con un cliente en mitad de una negociación de miles de millones.

Pero Dario sonrió, esta vez de verdad, una sonrisa breve que le suavizó por completo el rostro anguloso y le devolvió, por un instante, algo de la juventud que las ojeras y la tensión de la mandíbula le habían robado.

—Todavía no —dijo—. Pero el día es largo, signorina Coll. Todavía es largo.

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Antes de que la delegación española llegara aquella primera mañana, Ilaria Bassi había insistido en repasar con Renata el protocolo exacto de la sala: quién se sentaría dónde, qué documentos podían mostrarse abiertamente sobre la mesa y cuáles debían permanecer en las carpetas hasta que se solicitaran expresamente, y sobre todo, el orden en que debía producirse la traducción cuando dos personas hablaran a la vez, algo que, le advirtió la abogada con una media sonrisa cansada, ocurría con más frecuencia de la deseable en cuanto las cifras empezaban a doler.