La clausula del silencio Capítulo 1 - La llamada de Milán #3
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Capítulo 1 - La llamada de Milán #3

Cuando por fin la delegación española llegó, a las cuatro en punto de la tarde tal como Ilaria había anunciado, Renata observó desde la ventana del despacho cómo dos coches oscuros se detenían frente al edificio y de ellos descendía un grupo de personas con la elegancia contenida de quien ha volado en clase business y no quiere que se note el cansancio del viaje.

Reconoció, por las fotografías que había estudiado en el expediente esa misma mañana, a Ernesto Vidal, con su media melena canosa peinada hacia atrás y un traje de un azul demasiado vivo para tratarse de una negociación tan delicada, seguido de una mujer de aspecto serio con una carpeta de cuero bajo el brazo que solo podía ser Beatriz Roig.

No hubo tiempo para presentaciones esa tarde; Ilaria le explicó que el primer encuentro sería puramente protocolario, una cena de bienvenida sin negociación real, y que Renata no sería necesaria hasta la mañana siguiente.

Aquella noche libre, la última que tendría en mucho tiempo antes de que las jornadas se volvieran maratonianas, Renata la aprovechó para pasear sola por el centro de Milán, cruzando la Galleria Vittorio Emanuele II con la sensación extraña de estar viviendo los últimos minutos de una calma que presentía frágil.

Se sentó en un café cercano a la Piazza del Duomo y pidió un espresso que se tomó despacio, observando a los turistas fotografiar la fachada de la catedral, y pensó en su madre, en las historias que le contaba de niña sobre Génova, sobre lo distinta que era la vida en Italia de la vida en España, sobre cómo ella misma, Renata, había crecido siempre en la frontera entre dos mundos sin pertenecer del todo a ninguno, una condición que con los años había terminado por convertir en su mayor virtud profesional: la capacidad de moverse entre lenguas y culturas sin perder nunca el equilibrio.

Aquella noche, tumbada en la cama del hotel antes de dormir, repasó mentalmente el rostro serio de Dario Conti, la manera en que la había mirado al conocerla, esa mezcla de cansancio y determinación que le había parecido, desde el primer segundo, más interesante de lo que cualquier cliente debería parecerle jamás a una intérprete profesional.

Renata mantuvo la mano firme sobre el bolígrafo y siguió escribiendo símbolos en su libreta, cada uno de ellos, por primera vez en once años, un poco más pesado que el anterior. ***

Aquella primera noche en Milán, después de instalarse en la habitación del hotel discreto que Ilaria Bassi había elegido, Renata se permitió el pequeño ritual que practicaba antes de cualquier encargo importante: sacó su libreta de símbolos, todavía en blanco para aquel proyecto, y escribió en la primera página el nombre en clave de la operación, PROYECTO AURORA, seguido de una lista de los términos técnicos del sector hotelero que sabía que iba a necesitar repasar antes de la primera sesión: RevPAR, ADR, ocupación media, EBITDA ajustado, sinergias operativas.

Era un hábito que había desarrollado en sus primeros años de profesión, cuando todavía se ponía nerviosa antes de cada encargo grande, y que había conservado por pura superstición mucho después de que la experiencia le hubiera quitado buena parte del nerviosismo original.

Repasó también, mentalmente, todo lo que sabía sobre el sector hotelero español e italiano, los principales grupos, las tendencias de inversión de los últimos años, cualquier dato que pudiera resultarle útil para entender mejor el contexto en el que se movería durante las semanas siguientes.

Se acostó tarde, con la ciudad de Milán todavía iluminada al otro lado de la ventana, y aunque el cansancio del viaje debería haberla hecho dormir de inmediato, se quedó despierta más tiempo del habitual, pensando en la voz nerviosa de Ilaria Bassi por teléfono, en la palabra Aurora que compartían el nombre en clave de la operación y el hotel de su hermana, y en la sensación difusa pero persistente de que aquel encargo iba a ser distinto a todos los que había aceptado antes.

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A la mañana siguiente, antes de dirigirse al despacho de Bassi & Associati, Renata dio un paseo breve por las calles cercanas a su hotel, un hábito que mantenía siempre que llegaba a una ciudad nueva para un encargo largo: necesitaba orientarse físicamente en el espacio, memorizar un par de rutas alternativas, encontrar la cafetería más cercana donde pudiera desayunar rápido antes de largas jornadas de trabajo.

Milán a esa hora de la mañana tenía un ritmo elegante y apresurado, hombres y mujeres de traje caminando con paso firme hacia sus oficinas, el aroma del café recién hecho saliendo de cada bar, el sonido metálico de las persianas de las tiendas subiendo una tras otra.

Se detuvo un momento frente al escaparate de una papelería, mirando distraídamente unas libretas de piel que le recordaron a la suya propia, ya gastada por el uso de tantos años, y pensó, sin saber todavía cuánta razón tenía, que quizá debería comprar una nueva antes de que terminara aquel encargo, porque algo en el aire de aquella mañana milanesa le decía que las páginas que estaba a punto de llenar iban a pesar más que ninguna de las anteriores.