Capítulo 1 - La llamada de Milán #2
Era alto, de hombros anchos, con el pelo negro un poco revuelto de habérselo peinado con los dedos demasiadas veces en las últimas horas.
Tenía la clase de rostro anguloso que en las fotografías resultaría severo y que en persona resultaba, sencillamente, cansado: ojeras discretas, una tensión en la mandíbula que no se debía a ella sino a algo anterior, a semanas de trabajo que Renata no conocía todavía.
—Signorina Coll —dijo él, y le tendió la mano. Su italiano tenía el acento cerrado del norte, de Lombardía, cortante y eficiente—. Espero que tenga buena resistencia. Vamos a pasar muchas horas en esta sala.
—Es mi trabajo, señor Conti.
—Dario. Aquí no hay tiempo para formalidades. —Se volvió hacia Ilaria—. ¿Los españoles ya han llegado al hotel?
—Aterrizan a las cuatro. La primera reunión conjunta es mañana a las nueve.
—Bien. —Dario miró de nuevo a Renata, y esta vez el escrutinio duró un poco más de lo estrictamente profesional, como si intentara decidir si aquella mujer menuda de ojos serios podía sostener el peso de lo que estaba a punto de suceder en esa sala—.
Necesito que sea precisa. No necesito que suavice nada, no necesito diplomacia, necesito exactitud.
Si alguien dice algo desagradable, quiero oírlo desagradable. ¿Puede hacer eso?
—Llevo once años haciendo exactamente eso.
Algo parecido a una sonrisa, breve y sin calidez, cruzó la boca de Dario.
—Perfecto. Entonces empecemos.
Se sentaron a la mesa —Dario en un extremo, Ilaria a su lado con una carpeta de cuero, Renata en la silla contigua, la que le permitiría inclinarse hacia él para susurrarle la traducción sin que su voz llegara al resto de la sala— y durante la hora siguiente repasaron el calendario de la operación, los puntos de fricción esperados, los nombres de los ejecutivos españoles que llegarían al día siguiente.
Renata escuchaba, tomaba notas en su libreta con el sistema de símbolos que había desarrollado a lo largo de los años, y en algún momento, mientras Dario explicaba la estructura societaria de la fusión con esa voz grave y sin adornos que Renata ya intuía que sería difícil de olvidar, oyó de nuevo el nombre.
Costa Serena Hoteles. Veintitrés establecimientos. Incluido, mencionado de pasada, casi sin énfasis, un hotel de tres estrellas en Valencia llamado Aurora.
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Terminada la primera sesión de trabajo, Ilaria Bassi acompañó a Renata hasta el hotel donde se alojaría durante las dos semanas siguientes, un edificio discreto de cuatro estrellas a diez minutos a pie del despacho, elegido, según explicó la abogada, precisamente por su discreción y por no figurar en ninguna lista de establecimientos frecuentados por periodistas de economía.
—Mañana la reunión conjunta empieza a las nueve en punto —dijo Ilaria, mientras esperaban el ascensor en el vestíbulo—.
Le recomiendo que llegue con media hora de margen.
El señor Conti es puntual hasta la obsesión; considera la impuntualidad una falta de respeto, y no le falta razón, teniendo en cuenta cuánto dinero se pierde por cada minuto que una sala como esta permanece en silencio.
—¿Lleva mucho tiempo trabajando con él?
—Desde que se hizo cargo del grupo, hace seis años, tras la muerte de su padre.
—Ilaria bajó un poco la voz, aunque estaban solas en el vestíbulo—.
Es un buen cliente. Exigente, pero justo.
No es de los que gritan cuando algo sale mal; es de los que se quedan callados y analizan qué falló, lo cual, se lo advierto, puede resultar todavía más intimidante.
Renata asintió, archivando el dato junto a las demás piezas sueltas que llevaba recopilando desde la llamada telefónica de la noche anterior.
Once años de profesión le habían enseñado que la información nunca sobraba, que cada detalle aparentemente irrelevante podía, en el momento menos esperado, encajar en un patrón mayor.
Subió a su habitación, deshizo la maleta con la eficiencia mecánica de quien ha repetido el mismo gesto en decenas de ciudades distintas, y se sentó junto a la ventana con el expediente de la operación que Ilaria le había entregado: veintitrés hoteles, sus balances de los últimos tres ejercicios, un organigrama de ambas empresas, un glosario de términos técnicos del sector hotelero en italiano y español que ella misma había ampliado con notas propias durante el vuelo.
Repasó los nombres de los siete hoteles deficitarios uno por uno, memorizando ubicaciones y cifras como hacía siempre antes de una negociación importante.
Cuando llegó al quinto de la lista —Hotel Aurora, Valencia, ciento veinte habitaciones, pérdidas acumuladas de cuatrocientos mil euros en tres años— se detuvo con el dedo sobre el papel durante casi un minuto entero, como si la simple presión física pudiera cambiar lo que allí estaba escrito.
Llamó a Marta esa misma noche, con la excusa de preguntarle cómo había ido el día, y la conversación transcurrió con la normalidad de siempre: la hipoteca, un compañero de trabajo que las tenía a todas hartas con sus quejas constantes, un plan para ir juntas a la playa cuando Renata volviera de Milán.
En ningún momento mencionó el nombre del hotel de su hermana ni el expediente que tenía abierto sobre la cama, y colgó con la sensación incómoda de haber empezado a construir, sin decidirlo del todo, una doble vida profesional que hasta entonces jamás había necesitado.
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A la mañana siguiente, antes de que empezara la primera sesión conjunta, Renata llegó al despacho con cuarenta minutos de margen, tal como Ilaria le había recomendado, y se encontró con que Dario ya estaba allí, solo en la sala de reuniones, repasando papeles con una taza de café humeante junto al codo.
—Llega pronto —dijo él, sin levantar la vista.
—Me han dicho que usted valora la puntualidad.
Dario alzó entonces los ojos, y algo parecido a la sorpresa cruzó su rostro, como si no esperara que ella hubiera captado ya, en apenas un día, un rasgo de su carácter que la mayoría de sus colaboradores tardaban meses en descubrir.
—Ilaria habla demasiado —dijo, aunque sin verdadero reproche—. Siéntese. Todavía tenemos media hora antes de que lleguen los españoles. Aprovechemos para que le explique cómo me gusta trabajar en sala, para que no tengamos sorpresas durante las próximas dos semanas.
Renata se sentó frente a él, libreta en mano, y escuchó mientras Dario describía su método con la precisión de un hombre acostumbrado a optimizar hasta el último minuto de su jornada: quería traducciones cortas, sin paráfrasis innecesarias; prefería que ella le indicara, con un gesto discreto, cuándo detectaba que la otra parte mentía o suavizaba una cifra, algo que Renata, tras un instante de duda, aceptó hacer siempre que fuera evidente por el lenguaje y no por interpretación personal suya; y, sobre todo, insistió en que nunca, bajo ninguna circunstancia, quería que ella filtrara sus propias opiniones en la traducción.
—He tenido intérpretes que, sin darse cuenta, suavizan mis palabras porque les incomoda mi franqueza —dijo—. Eso me ha costado dinero más de una vez. Necesito que usted sea exactamente lo contrario: un canal limpio, sin fricción, sin editorializar.
—Un canal limpio es lo único que he sido siempre, señor Conti.
—Dario —corrigió él, por segunda vez—. Y le creo. Hay algo en su manera de escuchar, incluso ahora mismo, que me dice que no necesito repetírselo dos veces.
Aquel comentario, dicho sin ninguna intención evidente de coqueteo, se quedó sin embargo flotando entre ellos con un peso que Renata no supo, todavía, cómo interpretar, y cuando la puerta se abrió minutos después para dar paso a Ilaria Bassi y al resto del equipo legal, ella se alegró, por primera vez en su carrera, de tener una excusa profesional para apartar la mirada de un cliente antes de que esa mirada dijera algo que no debía decir todavía.
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